Es difícil no caricaturizar a Marx Arriaga. Verlo como alguien que perdió todo sentido de la realidad. Frente a una destitución redactada en el peor abogañol —en la Secretaría de Educación Pública (SEP) les dio tanto miedo cesarlo que tuvieron que redactar un oficio casi incomprensible—, Arriaga se atrincheró. Dijo que no se iría. Convocó a una “protesta con propuesta”: 24 horas… por Zoom. En algún momento se dio cuenta de que no le daba la vida. Tuvo que parar para dormir. Pasó días con la misma ropa. Siguió atrincherado. Exigió un oficio formal. Finalmente llegó la comunicación. No le quedó más que irse.
Bien visto, sin embargo, lo de Marx Arriaga no es una excentricidad, ni mucho menos una anomalía. Es una consecuencia casi inevitable del estilo de hacer servicio público que nos heredó la Cuarta Transformación. Arriaga es —aunque hoy el oficialismo quiera negarlo— un fiel discípulo del obradorismo. Alguien que, en su afán de seguir los pasos del líder, terminó convertido en una caricatura tan ridícula como reveladora.
La raíz del problema está en esa concepción —tan extendida en ciertos sectores de nuestra izquierda— que sostiene que el Derecho no importa. Que el sistema jurídico, los abogados y la profesión jurídica son apenas instrumentos de la clase opresora: la burguesía, la mafia del poder, los neoliberales del PRIAN. Y entonces, si la causa es justa, el Derecho estorba. Si la batalla es contra el “sistema”, las reglas se vuelven prescindibles. Porque entre el derecho y “la justicia”, se elige la justicia. Porque no importa el cargo, sino el encargo.
Eso hizo, precisamente, López Obrador. Y si el líder supremo lo hizo, ¿por qué no habría de hacerlo un fiel seguidor como Marx Arriaga?
Si López Obrador no admitió su derrota en 2006, ¿por qué Arriaga habría de aceptar su destitución en 2026?
Si López Obrador ocupó Paseo de la Reforma, ¿por qué Arriaga tendría que desocupar su oficina?
Si López Obrador dijo que 90% lealtad y 10% capacidad, ¿por qué un leal como Arriaga habría de preocuparse por su incompetencia manifiesta?
Si López Obrador se nombró Presidente Legítimo en una asamblea con sus leales, ¿por qué Marx Arriaga no habría de considerarse Director General de Materiales Educativos en Resistencia en un Zoom con los suyos?
Si López Obrador pretendió suspender la Constitución con un memo, ¿por qué Marx Arriaga no habría de firmar nombramientos incluso después de su destitución?
Si López Obrador se autonombró el líder indiscutible de la Cuarta Transformación, ¿por qué Marx Arriaga no habría de asumirse como el líder insustituible de la Nueva Escuela Mexicana?
Por supuesto, hay una diferencia enorme. López Obrador tuvo un mandato popular claro y contundente. Ganó con millones de votos. Se convirtió en el político más influyente de nuestra era. Arriaga no pasó de ser un burócrata de medio pelo, que nunca entendió la función pública y que seguramente pasará al olvido.
Pero ambos, en sus respectivos ámbitos, hicieron un daño profundo. Por su desprecio al Derecho. Por la manera en que erosionaron políticas e instituciones. Por priorizar la narrativa y la ideología por encima del conocimiento y la técnica. López Obrador terminó con la democracia constitucional; Marx Arriaga causó daño a millones de alumnos.
Bien visto, Marx Arriaga es un gran obradorista. Y si hoy el obradorismo se lamenta de sus propios engendros, bien haría en practicar la autocrítica. Su desprecio sistemático por el Derecho, las reglas y los procedimientos es lo que los ha metido en estos laberintos.
Porque quizá no quieren verlo, pero Arriaga no es ni el primero ni el último. Mientras el obradorismo no se haga cargo de sus falencias, todas y todos seguiremos pagando el costo de su desprecio por el Derecho.
Investigador en el II-UNAM y en el Instituto Baker

