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El primer debate presidencial, del pasado domingo, nos dejó una serie de lecciones pero, también, permite desvelar cuál es el verdadero dilema del próximo 2 de junio: la continuidad del fracaso, la mentira, el autoritarismo, la destrucción y la corrupción que representa la autodenominada “cuarta transformación”; o el viraje a un régimen de democracia, vida, verdad y libertad que representa la coalición “Fuerza y Corazón por México”. No es una elección más. Está en juego, literalmente, el futuro de la República. Para nadie es un secreto que López Obrador llegó a la Presidencia con engaños, ofreciendo cosas imposibles de cumplir y, otro tanto, no lo pudo lograr debido a su ineptitud, mentira e hipocresía. Así, la candidata oficial, Claudia Sheinbaum, ofrece construir el “segundo piso de la transformación”. Hasta para eso son torpes. Hablar de “segundos pisos” cuando se les caen el Metro, trenes y estructuras, parece un mal chiste. Peor aún, parten de una falsedad que se repite mil veces, como buen adoctrinamiento, de que las cosas están bien; que la gente está “feliz, feliz, feliz”, y que la estrategia de “abrazos y no balazos” ha dado excelentes resultados, “aunque los medios lo oculten”. Las fobias, prejuicios, traumas y delirios presidenciales han llevado a México a una arena de polarización entre el “pueblo” (cuya propiedad y tutela ostenta como propias), y los conservadores, neoliberales y oligarcas, que estamos del otro lado. Además de ser un exceso retórico, es una verdadera afrenta a la unidad nacional. López Obrador es un estatista mas no un estadista. Y Claudia debe seguir sus pasos. Para eso la pusieron ahí. Por eso afirma que ya no se pertenece. Pero lo que, al parecer, tampoco parece moverla de su rígida posición —y expresión— es la forma tan indolente en que se le resbalan los temas críticos. No respondió una sola de las acusaciones que Xóchitl Gálvez puso sobre la mesa: las casas de Bartlett; los negocios de los hijos y amigos del presidente; el caso Segalmex; las propiedades de Rocío Nahle; la aplicación de tratamiento para los piojos a pacientes de Covid; familiares suyos en los “Panama Papers”; conflicto de intereses con un contratista que, de repente, pasa a la administración pública capitalina; su falta de empatía con las mujeres; la falta de camas y medicamentos en los centros de salud bajo su administración; la caída de la Línea 12 del Metro, por falta de mantenimiento y su pasividad ante el riesgo (luego actualizado), del derrumbe mortal del colegio Rébsamen, ameritó que Xóchitl la definiera, con toda razón, como “una mujer fría y sin corazón”. Sí, es la Dama de Hielo. Y no lo merecemos.
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