Después de unos días caóticos, el presidente de Estados Unidos finalmente decidió posponer hasta el 2 de abril el levantamiento de aranceles de 25% a las exportaciones de México (y Canadá) que cumplan con los criterios del TMEC. Aunque es una buena noticia, la decisión no cubre a todas las exportaciones mexicanas y no disipa de manera definitiva la situación de incertidumbre que hemos estado viviendo en las últimas semanas.

Por lo pronto, la pausa en la decisión sobre los aranceles fortalece la perspectiva de un relajamiento adicional de la política monetaria en nuestro país. Como se recordará, durante la reunión del 6 de febrero de la Junta de Gobierno del Banco de México, cuatro de sus cinco integrantes sugirieron que, de permitirlo el entorno inflacionario, se abriría el espacio para una disminución adicional de 50 puntos base de la tasa de interés de política monetaria.

¿Qué ha pasado desde entonces? Para empezar, no ha habido mayores sorpresas en la trayectoria de la inflación. Además, el escepticismo del mercado sobre la posibilidad de una vigencia prolongada de los aranceles, validado por la decisión del presidente Trump de posponerlos, no obstante la volatilidad observada ha mantenido el tipo de cambio del peso frente al dólar en niveles razonables, permitiendo incluso cierta apreciación.

A esto debemos agregar que con la sola amenaza de aranceles se están materializando riesgos a la baja para el crecimiento. La economía se contrajo a finales de 2024 y desde antes del ascenso de Trump al poder existía una posibilidad elevada de una recesión económica en México en 2025. Sin embargo, la situación ha empeorado con la nueva política comercial estadounidense. La resultante incertidumbre ya está afectando la inversión y seguramente persistirá. Por tanto, el riesgo de recesión es mucho mayor hoy en día.

Este conjunto de factores hace esperar que, salvo en el poco probable caso de que suceda algo muy importante, Banxico baje su tasa de referencia en 50 puntos base durante su reunión del 27 de marzo. Así, no sorprende que 36 de los 38 analistas encuestados por Citi a principios de este mes esperen este resultado.

De toda la serie de circunstancias que rodean cualquier decisión de política monetaria, existen dos sobre las que me parece importante comentar en esta oportunidad.

La primera tiene que ver con la forma en la que varios analistas y miembros de la prensa están interpretando el relajamiento de la política monetaria. Con frecuencia se señala que con estas decisiones el Banco de México está dando mayor relevancia al crecimiento económico que a la inflación. En específico, que lo que se está buscando es fomentar el crecimiento económico a costas del objetivo de inflación.

Para empezar, quisiera resaltar que la gran mayoría de los bancos centrales tiene como mandato prioritario el control de la inflación, porque con los instrumentos de los que disponen esta es la mejor forma de contribuir al crecimiento económico. La política monetaria no tiene un efecto en el crecimiento en el largo plazo. Y en el caso de México, aun de existir en el corto plazo el impacto sería muy modesto.

Por tanto, la disyuntiva entre estimular el crecimiento o alcanzar el objetivo de inflación no existe. En realidad, el reto para Banxico frente a un debilitamiento de la actividad económica, es estimar tanto su profundidad como su impacto en la tasa de inflación. Evidentemente, entre mayor sea la desaceleración de la actividad económica mayor será la moderación de las presiones inflacionarias.

Me parece que, ante las dudas que han surgido, sería útil que la Junta de Gobierno de Banxico explicara con claridad su posición al respecto.

El segundo tema se vincula con las expectativas de inflación. Como es bien conocido, estas son muy importantes para la conducción de la política monetaria, debido a que los precios se determinan en buena medida en función de lo que anticipan los agentes económicos. Dado que las expectativas de corto plazo generalmente son volátiles, mantener estables las de mayor plazo es crucial.

Durante varios años las expectativas para la inflación general en el largo plazo derivadas de las encuestas del Banco de México se mantuvieron ancladas en 3.5%, lo que puede considerarse como un éxito solo parcial de la política monetaria, ya que la meta de inflación es de 3%. Desafortunadamente, desde principios de 2022 dichas expectativas han fluctuado alrededor de 3.6%, situación que parece haberse arraigado con más fuerza desde mediados de 2024. Adicionalmente, según el más reciente Informe Trimestral de Banxico, las expectativas de largo plazo medidas con base en instrumentos de mercado han mostrado una tendencia al alza desde principios de 2021.

Esto no parece un efecto ni temporal ni irrelevante. Me parece que es importante tomar conciencia, entender su origen, comunicarlo al público y cerciorarse de que la cifra cuando menos regrese en breve al 3.5% de años anteriores, aunque por supuesto el objetivo debe ser ubicarla en la meta de inflación de 3%.

Un último comentario. Casi todos los integrantes de la Junta de Gobierno de Banxico coinciden en que ante los avances en la lucha contra la inflación la política monetaria se encuentra en una nueva fase. Sería pésima noticia que una de sus características fuera un desanclaje prolongado de las expectativas de inflación de largo plazo.  Hay que evitarlo. Para ello, lo primero que hay que hacer es reconocer sin ambages la realidad, con todo y sus incomodidades.

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