No obstante los recientes vaivenes, es una buena noticia que Estados Unidos e Irán hayan firmado un Memorando de Entendimiento que esperan siente las bases para poner punto final al conflicto entre ambos países. Así, aunque la persistencia de tensiones hace surgir dudas sobre la viabilidad de un acuerdo definitivo, el anuncio ha sido bien recibido en los mercados y, en general, ha generado cierto alivio en el resto del mundo.

Los principales componentes del Memorando son un cese inmediato de las hostilidades, incluyendo Líbano; el compromiso de negociar un acuerdo final en un plazo de 60 días, prorrogable; garantías para la navegación en el estrecho de Ormuz; un plan de reconstrucción en Irán con recursos de al menos 300 mil millones de dólares; el levantamiento de las sanciones estadounidenses; el compromiso de Irán de no adquirir ni desarrollar armas nucleares; y la liberación de los activos iraníes congelados por Estados Unidos.

Tanto este país como Irán han cantado victoria a raíz de este acuerdo. La verdad es que esto parece un tanto surrealista, tomando en cuenta que, considerados en su conjunto, los términos acordados llevan a ambos a una situación peor a la que prevalecía antes de que el conflicto iniciara.

La situación en Irán es desastrosa. Fuentes internas y externas ubican el número de iraníes fallecidos durante el conflicto entre 3,500 y 6,000, incluyendo a una parte importante de su cúpula política, militar y de inteligencia. Además, se han propiciado desplazamientos masivos de la población, los servicios básicos se han deteriorado, una porción considerable de la infraestructura ha sido destruida y la guerra ha acentuado gravemente los problemas en una economía que ya estaba muy deteriorada. Es cierto que el acuerdo ayudaría a la reconstrucción del país y que los peores escenarios para Irán no se materializaron, pero no veo cómo puede esto compensar los costos de la contienda.

También me resulta difícil ubicar el triunfo para Estados Unidos. Los principales objetivos que se plantearon como justificantes para la guerra, aunque cambiantes con el tiempo, fueron la destrucción de las capacidades nucleares de Irán, la degradación de su potencial militar, la finalización de su apoyo a milicias terroristas en el Medio Oriente y, de manera implícita, la reconfiguración del poder político en el país. En realidad, el logro de estos objetivos ha sido nulo o insatisfactorio.

A falta de espacio para considerar cada uno de estos puntos, me limito a señalar que si bien el acuerdo preliminar incluye el compromiso iraní de no desarrollar armas nucleares, diversos expertos han planteado dudas de que mejore al que se había logrado durante la administración de Barack Obama, mismo que Donald Trump desechó durante su primer periodo presidencial.

A lo anterior habría que agregar el costo humano y monetario de la guerra para los estadounidenses, las divisiones que esta ha generado al interior del Partido Republicano y el malestar entre el electorado, en parte explicado por su impacto económico. En particular, el efecto sobre los precios ha sido considerable: la inflación general al consumidor se ubicó en 4.2% en mayo, muy por encima de la meta de 2% de la Reserva Federal.

Y esto no es todo. El incremento de las cotizaciones de los energéticos ha tenido un fuerte impacto en la actividad económica de numerosos países, dando lugar, de manera simultánea, a un aumento de la inflación global. Adicionalmente, ante los esfuerzos por atenuar este último mediante subsidios al precio de los energéticos, la refriega ha agravado las presiones sobre las finanzas públicas tanto en economías avanzadas como en emergentes y en desarrollo.

Aun si se concretan los términos del acuerdo y la guerra llega a su fin, no se anticipa un retorno rápido de los precios del petróleo a los niveles que prevalecían antes de la crisis. Esto se explica por la combinación de incertidumbre sobre el resultado final de las negociaciones, los daños a la infraestructura energética de Irán y otros países productores, dudas sobre la rapidez del desminado del estrecho de Ormuz, la necesidad de reponer inventarios en numerosos países y los tiempos que requieren las compañías navieras para reanudar operaciones una vez que se normalice la operación, entre otros factores.

Ante esta situación, varios de los principales bancos centrales, entre ellos el Banco Central Europeo y la Reserva Federal de Estados Unidos, están reaccionando al incremento de los precios del petróleo como si se tratara de un choque permanente, más que uno transitorio.

Por último, es importante señalar un efecto lateral del conflicto que puede afectar de manera importante a países como el nuestro. Es de esperarse que la importancia de las elecciones en Estados Unidos de este año y los costos políticos de la guerra, lleven a las autoridades de ese país a tratar de obtener beneficios compensatorios en otros frentes.

El tratado de libre comercio con Canadá y México es un claro candidato. El otro es el combate al narcotráfico en nuestro país. ¿O serán las críticas de Trump a México sobre este último tema en el contexto de la reciente reunión del G7 y los subsecuentes comentarios del vicepresidente Vance meras coincidencias?

En suma, la guerra en Irán es un conflicto absurdo cuyos resultados no han beneficiado a ninguna de las partes, y cuyas repercusiones para México probablemente serán más fuertes de lo que hoy se reconoce.

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