“Acabo de comenzar la lectura del libro de Carlo Ginzburg, que tiene un título que es imposible traducir al francés, Il formaggio e i verni”, le escribió el lunes 16 de febrero de 1976 Fernand Braudel en una carta a Giulio Einaudi que acababa de editarlo y se lo había enviado, “y encuentro que es una obra maestra. Si es posible, quisiera tratar de incluirlo en la colección que dirijo en la Editorial Flammarion. Si usted me da su aprobación, hablaré con mi editor lo más pronto posible”.

A pesar de que, no sin ironía provocadora, Carlo Ginzburg sostenía que no era su mejor libro, ha sido el que se ha impreso en más ediciones en diferentes idiomas como el japonés, el sueco, el estonio, el albanés, y no deja de incitar lecturas y comentarios no sólo de historiadores y frecuentadores librescos. Muchnik Editores lo publicó por primera vez en español en 1981 y Ediciones Península lo sigue editando desde 2001. Como lo advierte Ginzburg en el prefacio “narra la historia de un molinero fruilano —Domenico Scandella, conocido como Menocchio- muerto en la hoguera por orden del Santo Oficio tras una vida transcurrida en el más completo anonimato. Los expedientes de los dos procesos en que se vio involucrado con quince años de diferencia nos facilitan una elocuente panorámica de sus ideas y sentimientos, de sus fantasías y aspiraciones. Otros documentos nos aportan información sobre sus actividades económicas y sus hijos. Incluso disponemos de páginas autógrafas y de una lista parcial de sus lecturas (sabía, en efecto, leer y escribir). Cierto que nos gustaría saber otras muchas cosas sobre Menocchio, pero con los datos disponibles ya podemos reconstruir un fragmento de lo que se ha dado en llamar ‘cultura de las clases subalternas’ o ‘cultura popular’”.

Ginzburg creía haber oído hablar por primera vez de “microhistoria” a Giovanni Levi hacia 1977 o 1978. “Pienso que me apropié de esa palabra nunca antes oída sin pedir elucidaciones respecto de su significado literal: me habré contentado —imagino— con la referencia a la escala reducida de la observación, que el prefijo ‘micro’ sugiere”.

Hacia 2006, en El hilo y las huellas, recordaba que “tiempo después, Giovanni Levi, Simona Cerutti y yo empezamos a trabajar en una colección, publicada por el editor Einaudi; precisamente bajo el nombre ‘Microstorie’. En ella salieron desde entonces una veintena de volúmenes, tanto de autores italianos como extranjeros; algunos de los títulos italianos fueron traducidos a varias lenguas; en algún sitio se habló de ‘escuela microhistórica italiana’. Pero recientemente, gracias a una pequeña investigación léxica retrospectiva descubrí que ya otros habían usado esa palabra que creíamos desprovista de connotaciones”.

Entre lo que descubrió, la palabra también había ocurrido, “como una autodefinición” en Pickett’s Charge. A Microstory of the Final Attack of Gettysburg, July 3, 1863, en el que, hacia 1959, George R. Stewart halla “the climax of the climax, the central moment of our history” en segundos, entre un monte de árboles y una muralla de piedra.

Se detiene asimismo en Pueblo en vilo y en los ensayos acerca de la microhistoria de don Luis González y González, que sugirió que también podía considerarse “historia matria” o “historia yin”, pero Ginzburg se inclinaba por la idea de “microhistoria” que introdujo Raymond Queneau en Las flores azules, sin dejar de conmoverse por el uso que le deparó Primo Levi hacia 1975 en El sistema periódico, al confesar que no se trataba de una autobiografía; que era “o había querido ser una microhistoria, la historia de un oficio y de sus derrotas, victorias y desdichas, tal como cada quien desea contar cuando siente próxima a concluirse la parábola de su propia carrera, y el arte deja de ser largo”.

Las indagaciones rigurosas de Carlo Ginzburg lo inducían a una escritura creativa en la que “las hipótesis, las dudas, las incertidumbres se volvían parte del relato; la búsqueda de la verdad se volvía parte de la exposición de la (necesariamente incompleta) verdad alcanzada”.

Carlo Ginzburg murió el miércoles 17 de junio en Bolonia.

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