“LA LECHE CUAJADA limpia el organismo del hombre; adentro de él ensancha su vida (...) El elíxir de la vida, de los cuentos y de algunas fallas de nuestra desesperanza, es por todos conocido: la LECHE CUAJADA, alimento de Matusalén”, sostiene LA LECHE CUAJADA DE LA MARTONA. Estudio dietético sobre las leches ácidas, “folleto con recetas”, que tiene en la portada la marca del ganado, que también era el logo de la Industria Láctea La Martona, que se publicó en dos ediciones y se repartió en su cadena de lecherías.

Adolfo Bioy Casares, pariente del dueño, recordaba que lo había escrito con Borges en 1935 o 36 en una estancia en Pardo. “Aquel folleto significó para mí un valioso aprendizaje”, escribió en La otra aventura, “después de su redacción yo era otro escritor, más experimentado y avezado”.

Confesaba que aquella semana también intentaron “un soneto enumerativo” y proyectaron “un cuento policial —las ideas eran de Borges— que trataba de un doctor Praetorius, un alemán vasto y suave, director de un colegio, donde por medios hedónicos (juegos obligatorios, música a toda hora) torturaba y mataba niños. Este argumento, nunca escrito, es el punto de partida de toda la obra de Bustos Domecq y Suárez Lynch”.

Quizá no soy el único que ha sospechado que el doctor Praetorius puede proceder de Elias Metchnikoff, cuya “biografía sintética”, como las que Borges escribía en la revista El Hogar, se imprimió en la primera página del folleto y refería que “conquistó celebridad universal por su teoría de la fagocitosis, que revolucionó la medicina por su teoría de la vejez, según la cual esta última depende de causas fisiológicas y patógenas —intoxicaciones intestinales— y es, por tanto, evitable, por su fórmula para la preparación de la maravillosa leche cuajada que lleva su nombre”.

Elias Metchnikoff mereció el Premio Nobel de Medicina en 1908. En agosto de ese año, Franz Kafka empezó a trabajar como asesor jurídico en la Arbeiter-Unfall-Versicherung-Anstalt für das Königreich Böhmen (Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia), “uno de aquellos organismos de la vieja Austria”, según Klaus Wagenbach, “donde se mezclaban íntimamente la burocracia y el abandono”. Entre otras cosas, Kafka, que se jubiló prematuramente como “secretario general” el 1º de julio de 1922, contribuía a la redacción de los informes anuales y se le confió la publicidad para la prevención de accidentes. Acostumbraba dictar sus borradores a un mecanógrafo. En uno de esos artículos publicitarios recomendaba la introducción de árboles redondos de seguridad en las máquinas cepilladoras de carpintería. Sostenía que “las cuchillas del árbol cuadrangular, atornilladas directamente al árbol, giran con el filo descubierto a una velocidad de 3 800 a 4 000 revoluciones por minuto (...). Con estos árboles se trabaja o desconociendo el peligro, lo cual posiblemente lo aumenta, o con la conciencia de un peligro constante que no puede evitarse”.

Paradójicamente esos escritos pueden adoptar a veces la forma de lo que se considera un “género literario” como, por ejemplo, el anuncio que se halla en La Residencia de los Dioses, una de las aventuras de Axtérix concebida por Goscinny y Uderzo. También Juan José Arreola lo ensayó en textos como “Anuncio” y “Baby H. P.”, que empieza: “Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus hijos”...

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