Entre las supersticiones que practican compulsivamente esos, que se consideran “modernos”, no parece la menos inquietante aquella que parece consistir en la adoración a las máquinas, a las que creen infalibles y omnipotentes, a las que se someten con admiración lacayuna, en las que cifran su existencia.

“Las utopías tecnológicas, como lo prueba la observación de la literatura, no son cosa rara; antes bien son tan frecuentes y se las lee con tanto placer que es lícito presumir una necesidad de tal lectura”, escribió Friedrich Georg Jünger al principio de Die Perfektion der Technik, publicada por Sur en abril de 1968 como Perfección y fracaso de la técnica en versión de H. A. Murena y D. J. Vogelmann. Hacía 1949, Georg Friedrich Jünger advertía que “el utopista no es profeta ni vidente (...). Lo que proyectan sobre el porvenir es tan sólo la posibilidad que emerge del presente y que ellos desarrollan mediante un procedimiento lógico, racional”. Sostenía que si contemplamos ciertas utopías, “pongamos por caso una novela tecnológica, hallaremos que lo utópico no radica, como podría suponerse, en el esquema tecnológico que el autor desarrolla. Cuando nos describe ciudades con calles rodantes, en las cuales cada casa es una perfecta casa de habitar, donde cada techo tiene su propio aeródromo, donde a las amas de casa se les suministran todos sus pedidos mediante un sistema tubular perfecto que desemboca en la cocina, cuando nos asegura que tales ciudades están construidas con una sustancia que en la oscuridad comienza a irradiar una suave luz y que las vestimentas sedosas que allí se llevan son productos extraídos de los desperdicios o de la leche agriada, entonces no es un auténtico utopista. Pues todo esto, ya llegue a realizarse o no, está dentro de la organización tecnológica. Nos conformamos con la comprobación de que tales instalaciones son imaginables y desdeñamos por el momento la cuestión de qué se ganaría con un estado de cosas semejante. La representación sólo se vuelve utopía cuando el utopista abandona ese ámbito de posibilidades, cuando intenta pesuadirnos, pongamos por ejemplo, de que en tales ciudades viven seres humanos mejores y con mayor perfección, de que allí no se conoce la envidia, ni el asesinato ni el adulterio y que en ellas no existe necesidad alguna de leyes ni de policía”.

La representación pragmática, en el tiempo y en el espacio, de alguna de esas utopías ha demostrado que las máquinas también sirven para la infatuación del rencor y la malversación de la moral, para la extorsión, la estafa, el robo, el asesinato y el estupro, y ha propiciado la creación de otra policía con epíteto: “cibernética”.

Un viejo anuncio comercial de esos derivados del Tamagochi, que llaman “teléfonos celulares” y hasta “inteligentes”, imaginaba una ciudad crepuscular, triste, en el que sus habitantes permanecían abstraídos en su maquinita, en una condición que Edgar Allan Poe atribuía a la teoría del mesmerismo, según la cual “el hombre, por el simple ejercicio de su voluntad, puede impresionar a su semejante al punto de sumirlo en un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte, o por lo menos en mayor grado que cualquier otro fenómeno conocido en condiciones normales; que en ese estado la persona utiliza sólo con esfuerzo y en consecuencia débilmente los órganos exteriores de los sentidos”.

Los humanos parece que se convierten en sonámbulos al servicio de las máquinas —o indigentes que ignoran quién es el hipnotizador.

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