“El 27 de abril/10 de mayo de 1907, tras un tedioso viaje, Stalin y sus compañeros, Tskhakaya y Schaumian, desembarcaron en el puerto inglés de Harwich”, refiere Simon Sebag Montefiori en The young Stalin, publicado por Crítica como Llamadme Stalin. “Cuando tomaron el tren a la estación de Liverpool Street de Londres, se sorprendieron al ver los titulares sensacionalistas de la prensa inglesa, impresionada por la noticia de que había unos exóticos ‘anarquistas’ sueltos por la capital, conocido refugio, entonces y ahora, como extremistas sanguinarios.

“Los delegados se encontraron con una inesperada multitud de reporteros y fotógrafos ingleses, doce detectives de la Special Branch y dos agentes de la Ojrana, así como numerosos simpatizantes, socialistas ingleses o exiliados rusos.

“‘La Historia se escribe en Londres’, afirmaba el Daily Mirror”.

Eran los días del V Congreso de los socialdemócratas, cuyos delegados convergían con pretendido secreto en Islington, en una iglesia, la Brotherhood Church de Southgate Road, en la que el “padre del marxismo ruso Plejanov” inauguró el Congreso y Stalin vio por primera vez a Trotski.

Algo de eso persiste en un pub de White Chapell y en novelas policiales como la del antiguo corresponsal de Reuters y del Daily Mail en Sudáfrica Edgar Wallace, El Tribunal de la Justicia, publicada en 1908 y cuya trama comienza: “Para los ‘Cien Rojos’ era el día cumbre, pues habían logrado organizar un congreso internacional grandioso, primer congreso del anarquismo, en Londres. Y no se trataba precisamente de una reunión clandestina, sino que se celebraba en las mismas barbas de la policía”. Ese congreso también sucedía en un templo de la Nueva Iglesia Presbiteriana en Middlesex, cerca de la estación de Aldgate, en el que irrumpiría la policía en busca de un enemigo común de los anarquistas y la policía; “una organización conocida por el nombre de ‘Los Cuatro Justos’”.

En las novelas policiales; en su gusto por las novelas de detectives, hallaba Chesterton el origen de El hombre que fue Jueves, también publicada en 1908. “Es inevitable que una imagen literaria tenga siempre detrás una idea”, escribió en Illustrated Sunday Herald del 24 de enero de 1926. “Y la idea que subyace detrás de esa imagen mía —un relato de detectives patas arriba— era que, a menudo, quienes creemos que luchan por la justicia asestan golpes terribles a máscaras malvadas que ocultan a personas cuyo objetivo es el mismo que el nuestro y que piensan de nosotros lo mismo que pensamos nosotros de ellos”. Advertía que el verdadero anarquista de esa historia de policías “es un artista decadente. Era un personaje muy habitual cuando lo escribí”.

Una conversación fortuita propició El agente secreto, de Joseph Conrad, publicado en 1907. En el prólogo que escribió para la edición de sus obras completas recuerda que la historia se le reveló cuando un amigo arriesgó “unas pocas palabras sobre los anarquistas”. Conrad señaló “la futilidad criminal de las acciones, la mentalidad y la doctrina anarquistas” y ambos recordaron “la ya entonces vieja historia del intento de volar el observatorio de Greenwich”. Su amigo comentó: “Bah, ese hombre era medio idiota. Su hermana se suicidó después”.

En días sucesivos, Conrad rememoró el pasado reciente; acababa de escribir Nostromo: “América del Sur, un continente de sol, implacable, y de revoluciones cruentas”, y le sobrevino “la imagen de una ciudad enorme, de una ciudad monstruosa”, que se convirtió en el telón de fondo de “la pasión maternal de Mrs. Verloc”.

Cuando el libro se publicó “un visitante de Estados Unidos me contó que los variopintos revolucionarios refugiados en Nueva York habían afirmado que el autor sabía muchas cosas de ellos”.

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