El discurso público está roto. Y esa fractura antecedió a un inminente desmoronamiento de instituciones milenarias como la iglesia y los partidos políticos.

Se olvidó que el discurso y la homilía son un acto de acompañamiento, no de instrucción, clase ni o regaño. En la burocracia e improvisación se disolvieron como acto de presencia y sus significados y trascendencia decayeron. Dejaron de ser símbolos de vida, se miraron como anzuelos.

Revivir el discurso es un acto de múltiples pistas, una holística que no puede detentarse en el modo en el que se eligen las palabras y los tonos que deben involucrarse. Es generar una lectura emocional de la comunidad, reconocer deseos y duelos colectivos, identificar las heridas sociales. Responder a una pregunta compleja y transversal: ¿Qué necesita esta comunidad para respirar mejor?

Y partir de un conocimiento ancestral, por el que se condujo a través del tiempo la sabiduría: la gente no recuerda conceptos, recuerda historias. Entonces, el discurso debe incluir una anécdota real, es el corazón de la emoción. También reinterpretar una anécdota histórica, bíblica, literaria al contexto y realidad actual, pintar con palabras una escena cotidiana que nos provea de cercanía con la audiencia.

Acercar a los oyentes un símbolo culinario, artesanal o comunitario. Dar un “algo” tangible que sea rememoración y metáfora real.

Ahora, muchos discursos y sermones son pobres porque quien los pronuncia no lee literatura, poesía, filosofía, teatro o crónica.

Desconocen que García Márquez puede encontrar la ternura en lo cotidiano, Rilke ahondar en la interioridad, Simone Weil mirar la atención como oración y Chesterton habilitar la paradoja.

Ignoran la inteligencia espiritual de una Sor Juana, los inhóspitos caminos de la culpa y la sombra de Inés Arredondo…

El discurso y la homilía necesitan un lenguaje vivo, no fórmulas gastadas. Durante mucho tiempo políticos y sacerdotes asumieron que bastaba con saber hablar y olvidaron que necesitaban conmover.

Ritmo, pausas, silencios, estructura narrativa, metáforas, construcción de imágenes y manejo de la voz son insuficientes cuando se emite autenticidad, relevancia y verdad. Están desleídas las palabras que podrían emular un acto poético, se convirtieron en trámite.

Al discurso le falta de forma. Carece de una idea central, un símbolo, una imagen, una invitación práctica y un cierre ritual.

Necesitamos acceder a discursos que hablen de temas trascendentales que no nos atrevemos a nombrar: la soledad moderna, ansiedad, culpa, muerte digna, perdón, precariedad, violencia, ternura, memoria familiar… hablar de lo que en verdad importa.

No todo debe ser monólogo. Pueden existir preguntas breves a la asamblea, momentos de silencio guiado, lecturas compartidas, breves testimonios (curados, no improvisados…espacios donde el auditorio deja de ser espectadora y se vuelve co-creador.

Es momento de abandonar las palabras huecas y recuperar la dimensión simbólica y ritual. La palabra debe vivificarse.

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