No se menciona en los oficios perdidos, porque siempre se reinventa. Es el “mal necesario” en distintas sociedades, siempre emblemático y prodigioso, con una suerte de vigencia a prueba de todos los contextos y modos.
En la antigüedad se le adjudicó el controvertido papel del diablo, fue brujo y sabio en el medievo, alcanzó las cofradías de los más encumbrados durante el Renacimiento. En nuestra era, ahora, aparece como embaucador o populista.
No importa si es de izquierda o derecha. Aprovecha las leyendas y mitos. Se cubre de gloria y atrapa miradas y anhelos, siempre entre los más crédulos y necesitados, de los que más ansias tienen de creer y le entregan su fe a cualquiera que manifieste redimirlos.
El embaucador emplea seis armas para arrimarse adeptos: un nebuloso pasado que llena de gloria, tropiezas o ambos: Convierte en nostalgia lo que fue o le adjudica todos los errores del presente y porvenir. El pasado se convierte entonces en lo mejor que pudo ocurrirnos, nos convertimos en predestinados de un glorioso pasado.
Paradójicamente lo que fue el populista lo llena de errores y nubarrones, Cualquier error lo atribuye a los de “antes”, eufemismo de corruptela, oprobios, maldad. Ahí, en ese “no lugar” aparecen los enemigos a los que se les adjudican epítetos variados como traicioneros, conservadores, fifís…
Pero el pasado sólo es escenario. Para el embaucador las instituciones y división de poderes son lacerantes para sueños prodigiosos y de grandeza. Representan los obstáculos, la presencia infame de quienes niegan democracia y avance. El equilibrio del poder es el emblema de la inequidad, el socavón a mejores oportunidades de conformar una gran nación. El nacionalismo es un argumento que esgrimen los demonios de antaño, los actuales políticos o los descarados vendedores de espejitos de colores de antaño.
Todo debe aparecer envuelto en oropeles, en brillos inusitados y relumbrantes acciones. Emerge entonces la estridencia en el lenguaje. Todo el imaginario se inclina a los nuevos dioses que generarán riqueza y progreso. Cualquier hipérbole es opaca ante la imaginación del embaucador.
Domina la ocurrencia, al sentido común se oponen acciones no imaginables y dichos jamás aventurados ni en las comedias más intrincadas. A la realidad la mata el vodevil más obtuso. Entonces a los medios tradicionales de comunicación se les desprecia, azorados ante un circo de múltiples pistas donde priva el absurdo. El embaucador es la estrella impuesta.
El embaucador no estará en la lista de oficios perdidos, como el organillero, buhonero o gambusino… él aparecerá con distintos nombres y geografías. En la baraja juega el rol del loco, el ocurrente, un mítico vendedor de milagros a los que ya nos acostumbramos con la fatídica derrota que se teje entre todos los populistas del mundo actual.
Engrosan la lista de embaucadores Jair Bolsonaro de Brasil, Viktor Orbán de Hungría, el turco
Recep Tayyip Erdoğan, el salvadoreño Nayib Bukele, Marine Le Pen de Francia y a la cabeza Donald Trump…