Tiranía es el nombre de la primera caricatura política de la historia de México. Fue publicada en 1826 en El Iris. Periódico crítico y literario del cubano José María Heredia y los italianos Claudio Linati y Florencio Galli. En ella, un monarca con patas de cabra sostiene en una mano un cráneo con el nombre de Europa y en la otra un cetro de hierro. Un monje y un demonio parecen aconsejarlo, sobre todo el religioso, quien casi le habla al oído. Mientras que en la parte inferior izquierda, afuera del edificio de la Inquisición en que puede verse como se tortura a un infeliz, otro diablo quema periódicos, siendo uno de ellos La Águila Mexicana. Atrás hay ahorcados y debajo de la imagen un verso dice:
Entre superstición y fanatismo
La feroz tiranía mira sentada
Y con terror y mercenaria espada
De quien siembra la muerte el despotismo
Con esta imagen comenzó una larga e importante historia, ya que la caricatura política ha estado presente en nuestro país de forma ininterrumpida. Publicaciones como El Padre Cobos, El Ahuizote, La Orquesta, El hijo del Ahuizote, El Jicote y El Chamuco, junto a moneros como Constantino Escalante, José María Villasana, Alejandro Casarín, José
Guadalupe Posadas, Abel Quezada, Naranjo, Helioflores, Rius, el Fisgón, Helguera, Patricio, Antonio Garci y Hernández –por mencionar solo a algunos– han ejercido una crítica cotidiana y certera gracias a que:
Las imágenes pueden ser una poderosa arma política que atacan a cualquier persona o institución sin distinción de clase o de ideología. Así sea impugnación o fuerza de reforma social, la caricatura encierra dentro de su lógica satírica un arma de doble filo, ya que puede ser utilizada políticamente tanto por tendencias progresistas como reaccionarias. No olvidemos que una imagen, que exagera o deforma los rasgos característicos de su víctima, provoca risa, burla y escarnio, haciendo mella en aquel o aquello que se ataca.
Aunque hoy en día internet y los avances tecnológicos han democratizado el acceso a la información, hace dos centurias las cosas eran muy diferentes. Para el historiador Vicente Quirarte los periódicos constituían: “el mejor instrumento para tomarle el pulso a una sociedad”, además de que la letra impresa “que modifica acciones, orienta y forma opinión [también] construye su propia historia”.
Por otra parte, es importante recordar que a mediados del Siglo XIX más del 80 por ciento de la población era analfabeta y “la lectura era un ejercicio colectivo: el privilegiado capaz de descifrar los signos escritos o impresos en papel se dirigía a la multitud y daba a conocer la información contenida”. Así fue que, pasando por el papel impreso y la voz de múltiples lectores, los versos satíricos que Guillermo Prieto escribió en 1855 se popularizaron y convirtieron en un canto de guerra para los liberales.
Cangrejos, al combate cangrejos, a compás;
un paso pa’ delante, doscientos para atrás.
Casacas y sotanas dominan donde quiera,
los sabios de montera felices nos harán.
¡Zuz, ziz, zaz! ¡Viva la Libertad!
¿Quieres Inquisición? ¡Ja-ja-ja-ja-ja-ja!
Vendrá “Pancho membrillo”i y los azotará.
Los cangrejos ridiculizaba a los miembros del clero y el ejército que apoyaron al partido reaccionario. Maximiliano, quien era conocido por estos últimos como el Empeorador por sus ideas liberales, solía pedir que la interpretaran. Seguramente le gustaba o para marcar distancia de sus forzados aliados.
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Otra composición de este tipo fue Adiós mamá Carlota, de Vicente Riva Palacio, hombre ilustrado que empuñó las armas y la pluma contra el imperio de Maximiliano; por ello, al enterarse del viaje de la emperatriz Carlota a Europa en pos de ayuda para su tambaleante imperio, escribió una melodía que empieza con música melancólica, pero pronto se vuelve festiva mientras su letra dice:
Alegre el marinero con voz pausada canta,
y el ancla ya levanta con extraño rumor.
La nave va en los mares, botando cual pelota:
adiós mamá Carlota, adiós mi tierno amor.
De la remota playa te mira con tristeza
la estúpida nobleza del mocho y del traidor.
En lo hondo de su pecho ya sienten su derrota:
adiós, mamá Carlota adiós, mi tierno amor.
Acábanse en Palacio tertulias, juegos, bailes;
agítanse los frailes en fuerza de dolor.
La chusma de las cruces gritando se alborota;
adiós, mamá Carlota, adiós, mi tierno amor.
Los versos de Riva Palacio, como pasó antes con Los cangrejos, se convirtieron en un himno que los republicanos interpretaron en sus campamentos y al marchar al combate. Fue, sin duda, el tema musical que marcó el fin del imperio.
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Comenzaba la Intervención francesa cuando otro liberal destacado, Ignacio Ramírez el Nigromante, le preguntó varias cosas a Dios en estos bellos y aparentemente inocentes versos:
Tú, señor, que a mi patria has revestido
de hermosura y riqueza el doble encanto,
¿Por qué, dime señor, has producido
el incendio, la peste la tormenta?
¿Por qué diste a la mar horrendos peces
a la flor el veneno,
al cielo el rayo, el trueno?
¿Por qué diste a mi patria los franceses?
A diferencia de Prieto y Riva Palacio, el Nigromante fue detenido por el imperio, encerrado en la inhumana cárcel de San Juan de Ulúa y luego enviado a Yucatán, donde enfermó de fiebre amarilla. Pero sobrevivió y regresó a la ciudad de México, donde celebró el triunfo de la república en 1867.
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Nota.- Este texto forma parte de El que no espera vencer ya está vencido, libro que se ocupa de personajes y acontecimientos importantes y poco conocidos de la historia de nuestro país.
i Referencia a la vara con la que se castigaba a los niños.
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