La calle enfrente de las canchas de futbol. Esa es la referencia que siempre doy de mi casa. En Iztapalapa no mencionábamos parques, pero sí llanos y terrenos baldíos en los que se jugaba futbol los fines de semana. Para muchas personas, el futbol es un juego más; para la gran mayoría del país, es el juego que nos creó espacios públicos. En lugar de parques, muchas personas tuvimos tan sólo terrenos que se apropiaban para la comunidad.

La emoción de ayer al ver jugar a nuestra Selección no me deja. Y tampoco me deja la tristeza. El grito cada vez que se acercaba el balón a la portería convive con el recuerdo de los años de descuido de las colonias en las que crecí. Una oportunidad de anotar que permanecía continuamente lejana. Pero con un deseo detrás que se desvanecía ante la realidad que no se concretaba. Esto resonaba con la imagen de miles de familiares de personas desaparecidas a los que no se les permitía llegar para gritar en conjunto.

Este Mundial de Futbol representa para la mayoría de los mexicanos la división social y económica en la que vivimos. Solo una mínima parte de personas, en su gran mayoría extranjeras, pudo acceder a las gradas mexicanas; el resto vivió la inauguración de este Mundial a expensas de nuestra conexión a internet. Gritando quizás de forma tardía, como el eco mexicano que nació y que aprendimos a escuchar en nuestras colonias, cuando el gol llegaba anticipadamente a la televisión de nuestros vecinos.

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Y sin embargo, a pesar de este desfase permanente, ese grito nos pertenece por igual a todos los mexicanos. Aunque este deporte ha privilegiado históricamente el diseño de los espacios públicos para un juego pensado como varonil, en el que se relega a las mujeres a las orillas como espectadoras y posibles receptaculares de un balonazo, poco a poco vamos recobrando los espacios que nos fueron robados en la cancha. Empezando por el apasionamiento que nos rodea cuando vemos un partido de futbol femenil.

Hoy sentimos un grito en la boca de la garganta con una interpretación doble. Por un lado, emoción por un posible gol, pero sobre todo por un dolor ante la realidad que rodea a este partido. No somos ahora tan sólo las mujeres las que rodeamos esta cancha. Son las madres buscadoras, los maestros y la mayoría de los mexicanos que no pudimos comprar un boleto y que observamos desde la orilla.

Ahí está la grieta. No en el marcador final, sino en la distancia entre lo que somos capaces de sentir y aquello a lo que se lo expresamos. México demostró ayer que sabe movilizarse, que sabe exigir, que sabe gritar en conjunto. Esa energía existe. La pregunta es para qué cancha la guardamos y quién queda en la orilla como espectador.

El llano de la esquina de mi casa no tenía gradas ni luminarias. Pero era de todos.

@itelloarista

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