Mateo Crossa
Han transcurrido dos décadas desde el comienzo de la mal llamada "Guerra contra el Narcotráfico" en México. Veinte años en los que el país ha sido convertido en uno de los epicentros globales de la guerra contra la vida. Una guerra cuyo objetivo no es la eliminación de un enemigo (por más faramalla que se haga sobre capturas de capos de la droga), sino la instauración de una maquinaria de poder que busca imponer disciplina y someter territorios y comunidades mediante el terror de fuerzas armadas regulares e irregulares que han convertido al país en un vasto territorio de sacrificio, donde la muerte y la desaparición han dejado de ser acontecimientos excepcionales para convertirse en presencias permanentes, sombras que acechan y desgarran la vida cotidiana.
Este desgarro social no es motivo de atención para la clase política, los partidos políticos y los consejos empresariales. Desde ahí el orden del día está en garantizar la apertura de los territorios y la mano de obra al mercado mundial, en procurar garantizarle a los capitales trasnacionales las mejores y óptimas condiciones para las inversiones extranjeras (y después llamarle a esto Plan México). Lo que no se dice en este escenario de narrativas ilusorias es que la 'seguridad para las inversiones extranjeras' (es decir, la certeza para que el capital pueda apropiarse de de territorios, recursos y fuerza de trabajo barata) se garantiza allí donde la disciplina social y el control coercitivo formen parte del paisaje cotidiano. Es decir, territorios donde la violencia del terror, lejos de ser anomalía, opere sin freno como dispositivo de sometimiento y como silencioso garante de la acumulación. De ello depende cada vez más la posibilidad de que México pueda llamarse "región competitiva el mercado mundial", o que se bien visto por el gobierno de Estados Unidos.
De ahí la profunda paradoja que atraviesa al México de hoy: en las narrativas del poder, el país aparece como una economía dinámica, competitiva y cada vez más integrada a los circuitos del mercado mundial, exhibiendo cifras récord de exportaciones, una amplia planta manufacturera y maquiladora y un interés inaudito por defender el TLCAN-TMEC a toda cosa. Pero debajo de esos indicadores de supuesta prosperidad económica, en los cimientos del supuesto desarrollo económico, se extiende otra realidad: territorios y comunidades donde la vida cotidiana está atravesada por la inmensidad del dolor, por las muertes y las desapariciones. Es decir, mientras las estadísticas económicas celebran el crecimiento (aunque este sea paupérrimo), otros recuentos narran la devastación y la conversión de un país en una enorme fosa clandestina, tapada por la impunidad, los discursos del desarrollo y el siniestro electorerismo. El anhelo de presentar ante el mundo la imagen de un país democrático, progresista y de izquierda se sostiene, paradójicamente, sobre el silenciamiento jurídico, político y mediático de quienes recorren cada rincón del territorio en busca de sus seres desaparecidos.
Sin embargo, en medio de la persistente oscuridad atrapada entre las telarañas de la impunidad, perdura (a pesar de todo y contra todo) una mirada que el poder no ha conseguido ni conseguirá silenciar: la de las familias buscadoras, esas presencias incómodas que irrumpen allí donde el discurso oficial pretende cerrar el relato. Enfrentadas a una maquinaria de silencios y olvidos, a un calendario de modas políticas y 'trending topics' pautados cada mañana desde palacio nacional, las familias siguen buscando. Cavan con sus propias manos, recorren montes, caminos y ciudades, nombran a quienes el poder pretende convertir en cifras efímeras y mantienen abierta la herida de un país que, desde arriba, quisiera presentarse como democrático mientras convive con miles de ausencias. Y es precisamente desde esa persistencia, desde esa obstinación por encontrar y devolver nombre, rostro y dignidad a quienes han sido desaparecidos, que las familias buscadoras de México y Centroamérica se han convertido en un epicentro global de la lucha por la vida, contra el olvido y contra todas las formas de poder que pretenden administrar la ausencia y la muerte.
Mientras el discurso y las plataformas del poder buscan acallar, minimizar o relegar la voz de las familias buscadoras, abajo, en los pueblos, esa voz encuentra escucha, reconocimiento y abrazo. Allí donde el poder intenta imponer el silencio con discursos de desarrollo, se tejen otras formas de solidaridad y reconocimiento.
En este horizonte se inscribe el reciente anuncio del Ejército Zapatista de Liberación Nacional donde confirma el viaje y estadía de los zapatistas en la CDMX durante el mes de diciembre de este año, cuyo objetivo, entre otros, es reunirse con los colectivos y colectivas de buscadoras y buscadores. El 9 de agosto, en el contexto de la realización del Semillero Comandanta Ramona, el subcomandante insurgente Moisés comentó dirigiéndose a las familias buscadoras que el sentido de esta iniciativa es "entregarles abrazo colectivo de los pueblos y comunidades zapatistas. Con ese abrazo tratar de hacerles saber al menos un poco de lo mucho que les admiramos, respetamos y queremos". Seguido de estas palabras, comentó, nos comentó, convocó: "Les invitamos a quienes no se rinden, no se venden, no claudican, a abrazar junto con nosotros los pueblos zapatistas, al movimiento más importante, más grande en dignidad, más heroico y consecuente de estos tiempos en México y Centroamérica. El de todas las personas que con todo en contra no se resignan en la lucha por sus ausentes".
En diciembre de este año, la Ciudad de México y el país entero serán testigos, entre otras cosas, de un hondo abrazo que las comunidades zapatistas darán a las familias que buscan a sus ausentes. Un abrazo tejido con hilos de vida, en lucha por memoria y justicia. Un gesto que, al estrecharse, abrirá una grieta en el muro del silencio para que retumbe el sonido de las miradas, rostros e historia de los desaparecidos en México.
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