Me encontraba en la cocina esa mañana cuando mi hijo menor, de 13 años, entró con una sonrisa nerviosa. "Mamá, creo que necesito aprender a rasurarme", dijo mientras se tocaba su incipiente bigote. Su papá falleció hace unos años, así que les pedí a sus hermanos mayores que le enseñaran esta y muchas otras cosas. Quería que esos aprendizajes fueran un momento de hombres, un espacio donde él pudiera sentirse acompañado y guiado sin que yo tuviera que intervenir.

Siempre he cuidado que cada uno en la familia tenga su lugar; sin embargo, cuando perdieron a su padre, mi hijo mayor intentó asumir ese rol, pero lo detuve. Él no era el papá de nadie en ese momento, sino el hermano, y debía seguir siéndolo.

Entendí este juego de roles porque yo lo viví. Cuando mis padres se divorciaron, mi madre quedó devastada. Sin darme cuenta, me convertí en su sostén emocional, en su confidente, en su refugio. Me volví su madre cuando ella debía ser la mía. Años después, comprendí cómo esa dinámica me afectó: en mis relaciones de pareja, asumía el rol de cuidadora, mientras ellos adoptaban el de hijos. Para mí, amar era dar, y recibir se volvió un reto en el que aún sigo trabajando.

Los roles confundidos en las familias son más comunes de lo que imaginamos. Estudios indican que la segunda causa más frecuente de divorcio, después de los problemas económicos, son los conflictos entre miembros de la familia, especialmente cuando los límites no están claros. Por ejemplo, cuando una madre interfiere demasiado en el matrimonio de su hijo o un padre se convierte en el mejor amigo de su hija, las relaciones se erosionan.

En muchas familias, las dinámicas de poder parecen un "Juego de Tronos Familiar", donde cada quien pelea por un lugar que no le corresponde, generando tensión y desorden emocional.

Freud, a través del complejo de Edipo, explicó cómo los hijos pueden desarrollar una relación simbiótica con sus padres, generando conflictos en la familia. Si no aprendemos a diferenciar el rol que a cada uno le toca, arrastramos estos vicios de comportamiento hacia nuestras relaciones de pareja y con nuestros hijos. Un esposo no puede ocupar el rol de padre de su esposa; un hijo no debe ser la pareja emocional de su madre porque esto le va a impedir desarrollarse con autonomía. Por eso, cada quien debe ocupar su lugar.

En cambio, cuando respetamos los roles naturales dentro de la familia, nuestras relaciones fluyen de manera saludable. De esta forma, una pareja que entiende que su esposo o esposa es un compañero de vida, y no un hijo a quien educar, construye vínculos sólidos y equilibrados.

Buscamos el equilibrio sin darnos cuenta de que lo rompemos. Queremos amor sin asfixia, cuidado sin invasión, protección sin control… pero, ¿cómo lograrlo si no sabemos quién es quién en nuestra historia?

Cuando los roles se mezclan, el amor se vuelve confusión. Y en esa confusión, terminamos cargando lo que no nos corresponde, perdiéndonos en relaciones que nos desgastan. No se trata de luchar por un puesto ni de reclamar poder sobre los demás. El verdadero INGRIDiente secreto para no caer en un juego de tronos familiar, es construir vínculos sanos, donde el amor fluya… sin tener que ser la mamá o el papá de tu pareja.

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IG: @Ingridcoronadomx / www.mujeron.tv

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