Los verdaderos alcances de la tragedia en Venezuela aún están lejos de conocerse. Conforme avanzan las labores de rescate, aparecen más viviendas destruidas, comunidades enteras sepultadas bajo el cascajo y obras de infraestructura que colapsaron con una facilidad alarmante.

Junto con los edificios, también se derrumba el relato político del chavismo que durante años vendió la imagen de un Estado constructor, fuerte y protector del pueblo. Bastó la fuerza de la naturaleza para exhibir que buena parte de aquella obra estaba levantada con la misma precariedad con la que suelen edificarse los proyectos de los gobiernos autoritarios y populistas: materiales de mala calidad, corrupción, propaganda y desprecio por la técnica. La naturaleza tiene una virtud que ningún régimen puede controlar, la de someter la propaganda al juicio irrefutable de los hechos.

Las imágenes de Venezuela recuerdan a México en 1985. Aquella tragedia dejó al descubierto que se habían construido edificios con normas exiguas en una de las regiones sísmicas más activas del planeta, que carecíamos de una auténtica cultura de protección civil y que los mecanismos de reacción resultaron dramáticamente insuficientes frente a la magnitud del desastre. Las ruinas del Hotel Regis, del Multifamiliar Juárez y de tantos otros edificios permanecieron durante años como monumentos involuntarios a la negligencia institucional. Aún hoy, cada 19 de septiembre, la memoria colectiva vuelve a recorrer aquellas calles porque existen heridas que el concreto no consigue sepultar.

Precisamente porque México aprendió con sangre aquella lección, el país construyó instituciones destinadas a enfrentar las emergencias. Protección Civil dejó de ser una idea etérea para convertirse en una política pública permanente y el Fondo de Desastres Naturales se convirtió en uno de los instrumentos de prevención más eficaces que permitía estar preparados antes de que ocurriera la desgracia. Gracias al FONDEN el país disponía de recursos para el rescate, la reconstrucción de infraestructura estratégica, el apoyo inmediato a la población damnificada y la recuperación de comunidades enteras. En conjunto, ambas instituciones formaban parte de una lógica elemental de prevención que complementaba la extraordinaria capacidad operativa del Plan DN-III-E y evitaba que cada desastre dependiera de la improvisación política del momento.

A pesar de ser un instrumento de probada eficacia, la transformación de cuarta decidió desaparecerlo bajo el argumento de combatir la corrupción, pero sin presentar una sola prueba del cacareado mal ni mecanismo alguno equivalente que garantizara la misma capacidad financiera y operativa para responder a las catástrofes. La prevención dejó de ser una prioridad y fue sustituida por el discurso en que el gobierno resolvería las emergencias conforme aparecieran.

Sin embargo, la naturaleza jamás ha compartido el optimismo ideológico de los gobernantes, y los huracanes, terremotos e inundaciones no esperan conferencias matutinas, decretos ni discursos de ocasión.

Lo que ocurrió con Acapulco después del huracán Otis basta para comprender el costo de aquella decisión. Hoy, a 3 años de la tragedia, todavía son miles de familias las que esperan reconstruir su patrimonio o recuperar una normalidad que nunca volvió. O en Poza Rica, donde persisten el lodo, las piedras y los rastros de la destrucción, mientras continúan a la espera de un muro de contención recomendado hace más de una década para evitar el desastre.

Las placas tectónicas desconocen las mayorías legislativas; los huracanes no consultan encuestas de aprobación; los ríos no modifican su cauce para acomodarse a los proyectos ideológicos del gobernante en turno. La naturaleza ignora los discursos y pone a prueba la fortaleza de las instituciones. Cuando éstas han sido debilitadas por el capricho político, la factura termina pagándola la población, nunca quienes tomaron las decisiones desde la comodidad de un despacho.

¿Dónde quedó el dinero que durante años los mexicanos reservamos para protegernos frente a este tipo de desastres con el FONDEN? ¿Se quemó en Dos Bocas? ¿Quedó enterrado entre la selva del Tren Maya?; ¿Se diluyeron en el AIFA o terminaron en los bolsillos de algún contratista consentido? Si el gobierno decidió desaparecer el FONDEN, tiene la obligación política y moral de explicar con absoluta claridad cuál fue el destino de esos recursos y cuál será el mecanismo que sustituya la protección que deliberadamente destruyó.

México necesita recuperar una auténtica política nacional de protección civil, fortalecer las brigadas de emergencia, invertir nuevamente en infraestructura preventiva y garantizar recursos permanentes para enfrentar las catástrofes que inevitablemente volverán a presentarse. La prevención nunca produce aplausos porque su éxito consiste precisamente en evitar que las tragedias ocurran o en disminuir sus consecuencias. Tal vez por eso resulta tan poco atractiva para quienes gobiernan pensando únicamente en la siguiente elección. La sabiduría popular, mucho más sensata que tantos discursos oficiales, resume la lección con una frase que hoy adquiere una vigencia inquietante: cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar.

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