Anoche, Bad Bunny le dio al mundo mucho más que un espectáculo de medio tiempo. Durante el Super Bowl, el evento deportivo más importante de Estados Unidos, Benito utilizó esos 13 minutos para transmitir un mensaje de representación, unidad y paz, en un momento en el que el mundo parece avanzar entre la polarización, el miedo y la violencia.

Cualquier persona latinoamericana pudo reconocer de inmediato los elementos que aparecieron sobre el escenario: el puesto de tacos, el carrito de raspados, un grupo de señores de la tercera edad jugando dominó, el local de uñas artificiales y un niño dormido entre sillas plegables. Más que adornos, eran la representación de escenas cotidianas que condensan la experiencia de toda una región que, a lo largo de los años, ha padecido dictaduras, pobreza, violencia y desplazamiento, pero que también ha sabido resistir desde lo común, lo familiar y lo afectivo.

Sin duda, los momentos más poderosos del show fueron, en primer lugar, los bailarines realizando acrobacias en postes de luz, una clara alusión a los apagones que sufre Puerto Rico y a la precarización que enfrentan sus habitantes. En segundo lugar, el instante en el que Bad Bunny se acerca a un niño para entregarle el premio Grammy que ganó hace apenas una semana. La escena fue profundamente conmovedora. Para algunas personas, representaba a Benito entregando el reconocimiento a una versión más joven de sí mismo; para otras, era un homenaje a Liam Conejo Ramos, el niño de cinco años detenido por agentes de ICE y liberado días después por orden judicial. Ambas interpretaciones conviven sin conflicto: son distintas formas de encontrar sentido y esperanza en el arte, especialmente en tiempos marcados por sucesos tan duros como inéditos.

Como era de esperarse, no faltaron las reacciones de rechazo. Algunos sectores estadounidenses mostraron su descontento ante la presencia de un artista latinoamericano en el escenario del Super Bowl. Incluso el presidente Donald Trump se apresuró a publicar un mensaje en el que expresaba su desaprobación, quejándose de los bailes “inapropiados” y de la supuesta falta de representación de los valores estadounidenses. Lo que pasó por alto es que la cultura latinoamericana no es ajena a Estados Unidos: es parte constitutiva de su identidad. Son los inmigrantes, quienes han huido de sus países en busca de mejores condiciones de vida, los que, día a día, dan forma y sentido a ese país en innumerables ámbitos.

Que Bad Bunny nombrara uno a uno a los países de América Latina frente a sus banderas fue un mensaje contundente para el mundo: los latinoamericanos resisten. Resisten la violencia estructural, las políticas migratorias agresivas, el racismo y el odio. Resisten desde la música, la memoria y la comunidad. Hoy, muchos dicen querer ser latinoamericanos, pero “les falta sazón, batería y reguetón”. Y, sobre todo, les falta entender que lo único verdaderamente más poderoso que el odio es el amor.

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