Cada año, cuando llega el ritual tecnológico llamado Mobile World Congress, aparece la misma pregunta. ¿No fuiste a Barcelona? Y cada año respondo lo mismo: no soy fan del turismo periodístico. La frase incomoda a algunos colegas pero es mi neta. Si el interés periodístico no aparece, viajar se convierte en un ejercicio de relaciones públicas disfrazado de cobertura tecnológica.

He ido dos veces al MWC y ambas experiencias fueron decepcionantes y educativas. Si no llevas una agenda propia, el ecosistema del evento te absorbe como aspiradora corporativa. Las marcas organizan conferencias, presentaciones, cócteles y recorridos diseñados para mantenerte dentro de su narrativa. Y claro, cuando el viaje lo paga alguien, también esperan algo a cambio. Muchas coberturas nacen condicionadas por la hospitalidad.

A algunos colegas los llevan de la mano de conferencia en conferencia, como si fueran turistas con gafete de prensa. Yo prefiero otro método. Si no tengo libertad y la historia se puede contar desde la Ciudad de México, no veo la necesidad de atravesar el Atlántico para escuchar el mismo discurso que luego llegará por streaming.

Tal vez por eso hace años dejaron de invitarme. No soy particularmente dócil y tampoco escribo lo que esperan. No es un problema personal, es una cuestión profesional. Las marcas dan atenciones esperando reciprocidad mediática. Yo aplico una regla simple. A las empresas les doy exactamente el mismo trato que ellas me dan. Ni más, ni menos.

Pero incluso desde la distancia el MWC sirve para observar tendencias. Y este año tuvo una interesante. El congreso que alguna vez giró alrededor de teléfonos móviles cada vez habla menos de móviles. El protagonista emergente es la Inteligencia Artificial (IA). No me refiero a la fascinación mediática por la IA generativa que dominan titulares, me refiero a algo menos vistoso, pero mucho más relevante, la integración de la IA con la infraestructura de redes.

Ahí está uno de los negocios que se están cocinando lejos del espectáculo de los smartphones. Cuando las redes fijas y móviles empiezan a operar con IA aparecen conceptos que hasta hace poco parecían futuristas como las redes autodirigidas. Se trata de sistemas de red capaces de gestionarse solos, anticipar fallas y optimizar tráfico sin intervención humana. Si bien hablamos de redes empresariales, podría ser el comienzo de una nueva manera de administrar redes de servicios, como las de telecomunicaciones.

Esa idea lleva meses circulando en el discurso de Hewlett Packard Enterprise (HPE). Tras la compra de Juniper Networks y la integración de la tecnología de Mist con el portafolio de Aruba, la empresa intenta posicionarse como los creadores de las primeras redes autodirigidas de la industria. Un sistema autónomo similar a los vehículos autónomos o aviones de aterrizaje automático.

Las redes actuales funcionan con configuraciones manuales, scripts y una cantidad considerable de intervención humana. La propuesta es otra pues la infraestructura aprende del tráfico, identifica anomalías y se repara sola.

La semana pasada, en la Ciudad de México, Gustavo Gómez, presidente y director general de HPE México, y Max Santiago, director de HPE Networking México defendieron esa narrativa. Según su planteamiento, el futuro de las redes pasa inevitablemente por la IA porque reduce costos operativos, acelera la innovación y mejora la experiencia del usuario.

La arquitectura incluye herramientas como Marvis AI, un asistente conversacional que analiza datos de red y propone acciones correctivas. También está HPE Aruba Networking Central, la plataforma de gestión en la nube que centraliza automatización, monitoreo y seguridad. A eso se suman agentes de IA diseñados para colaborar entre sí y ejecutar acciones dentro de la infraestructura.

Suena complejo, pero la lógica es pasar de redes administradas por humanos a redes administradas por algoritmos.

Esto va más allá del discurso de una empresa. La automatización de infraestructura se está convirtiendo en un campo de batalla tecnológico. Bancos, operadores de telecomunicaciones y cadenas minoristas dependen cada vez más de sistemas que procesan millones de eventos por segundo. Administrar esa complejidad con herramientas tradicionales empieza a ser inviable.

Ahí aparece otra capa del debate, usar o limitar a la IA. Patricio Pérez Colmegna, vicepresidente para América Latina de BMC Helix, lo plantea con la metáfora de la ola tecnológica que genera resistencia. Ocurrió con ITIL, ocurrió con la gestión de servicios empresariales y ocurrió con la computación en la nube. La inteligencia artificial no es la excepción.

Cuando una empresa introduce agentes de IA que automatizan tareas antes realizadas por personas, la reacción natural es la desconfianza. No porque la tecnología sea peligrosa, sino porque implica reorganizar procesos, roles y responsabilidades.

Paradójicamente, mientras el debate público se concentra en si la IA escribirá artículos o diseñará imágenes, el cambio más profundo ocurre en los sistemas invisibles que sostienen la economía digital. Herramientas de monitoreo como las de BMC Helix, capaces de conectar métricas técnicas con impacto en negocio, con algoritmos que anticipan fallas antes de que un usuario note el problema y plataformas que automatizan procesos operativos, hacen una gran diferencia. El objetivo es pasar de la predictibilidad a la prescripción, no solo se trata de detectar problemas, sino prevenirlos.

Muchas organizaciones saben que la inteligencia artificial transformará su operación, pero todavía no saben exactamente cómo implementarla.

Quizá por eso el MWC sigue siendo útil. No por los lanzamientos de teléfonos ni por el espectáculo de los stands, sino porque permite observar hacia dónde se mueve la infraestructura que sostiene el mundo digital.

Detrás de cada dispositivo conectado existe una red compleja que transporta datos, gestiona tráfico y mantiene funcionando aplicaciones, bancos y servicios públicos. Y en ese nivel invisible es donde la IA empieza a reescribir las reglas.

No suena tan glamoroso como un nuevo teléfono plegable. Pero ahí está el verdadero negocio.

De Pantallas a pantallas

Por cierto, hablando de gadgets, seguramente has participado en esos debates sobre si el hecho de tener pantalla en el aula equivale a modernidad educativa. Tableta en mano, alumno feliz y maestro convertido en guía digital. La realidad, como suele pasar con la tecnología, resultó un poco más complicada.

Álvaro Sánchez, director general de Cedros International School, pone el dedo en la pantalla correcta, pues no todas son iguales. Existen las pantallas inmersivas, diseñadas para capturar la atención a toda velocidad. Videojuegos intensos, realidad virtual o plataformas como TikTok, Instagram o YouTube Shorts viven de mantener al usuario atrapado en un scroll infinito que alimenta circuitos dopaminérgicos y hábitos difíciles de soltar.

En el otro extremo están las pantallas no inmersivas. Lectura en tabletas, plataformas educativas estructuradas o herramientas de investigación que permiten pausas, reflexión y control del tiempo.

El problema no es la tecnología, es confundir entretenimiento adictivo con aprendizaje. La escuela no necesita más estímulos digitales. Necesita mejores decisiones sobre cuándo usarlos. El equilibrio, curiosamente, sigue siendo la innovación más difícil. ¿Estás de acuerdo?

Columnista y comentarista

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