Parto con esta cita: «Nuestras mentiras revelan tanto sobre nosotros como nuestras verdades» J.M. Coetzee… El comportamiento de algunos políticos, cuando caen en el ridículo y lo absurdo, tiene un impacto profundo y a menudo devastador en las instituciones democráticas. Me refiero a las campañas para elegir magistrados del poder judicial. SIN DUDA EL TEMA DEL MOMENTO. Estos personajes, al actuar de manera extravagante, incoherente o simplemente fuera de lugar, desvían la atención de los procesos serios que sostienen la democracia, un ejercicio que debería basarse en la reflexión, el conocimiento profundo y un compromiso genuino con el bienestar colectivo del país. Sin embargo, lo que vemos de estas figuras es que convierten lo que debería ser un debate trascendental en un espectáculo que degrada no solo su propia imagen, sino también la de las instituciones que dicen representar.

Las campañas para magistrados del poder judicial, deberían ser un espacio donde se evalúen méritos concretos: trayectoria, integridad, capacidad jurídica y un entendimiento claro de las leyes que rigen la vida en sociedad. Pero cuando el foco se desplaza hacia el histrionismo, estas discusiones fundamentales quedan opacadas por el circo mediático que ellos mismos alimentan. El resultado es una ciudadanía desorientada, incapaz de distinguir entre el ruido y la sustancia, entre el entretenimiento barato y las decisiones que realmente afectan su futuro.

A decir de Max Weber, en El político y el científico, analizó la vocación política y la necesidad de una ética de la responsabilidad, y justo el ridículo en los políticos podría verse como una traición a esta ética, donde la falta de seriedad del “deber” deslegitima no solo al individuo, sino al sistema que lo sostiene, incluyendo al poder judicial.

La democracia, después de todo, no es solo un conjunto de reglas y procedimientos; es también una cuestión de fe colectiva, de creer que quienes ocupan posiciones de poder lo hacen con un mínimo de dignidad y responsabilidad. Cuando los políticos se convierten en bufones, esa fe se tambalea. La gente comienza a preguntarse si vale la pena participar, si sus votos o sus opiniones importan en un juego que parece dominado por el absurdo. En este contexto, las campañas de los magistrados se ven arrastradas al mismo lodo, transformándose en un terreno donde el espectáculo importa más que la capacidad. A votar por: “El ministro chicharrón” o “Dora la transformadora” … o el perreo… Alán Barragán Rubio, Arístides Rodrigo y Dora Alicia Martínez… no hay mucho más que sumar…

Pero el daño no termina ahí. El ridículo de estos personajes también afecta de manera directa el amor por la patria, ese sentimiento que, aunque a veces se exagera o se manipula, sigue siendo un pilar para la cohesión social. ¿Cómo puede la ciudadanía sentirse inspirada a defender los valores de su nación cuando quienes los representan actúan como caricaturas? El amor por la patria no es algo que florezca en el vacío; requiere ejemplos, símbolos, actos que lo refuercen. La patria deja de ser un ideal para convertirse en el telón de fondo de un mal chiste.

En muchos países, estas elecciones o designaciones son momentos clave para fortalecer la independencia y la legitimidad de la justicia. Los magistrados, al final, son los guardianes de la ley, los encargados de garantizar que la democracia no se desvíe hacia la arbitrariedad o el abuso de poder.

El absurdo, entonces, no es solo un entretenimiento pasajero. Es una fuerza destructiva que corroe los cimientos de la vida en común. Cuando los políticos se vuelven ridículos, no solo se burlan de sí mismos. Y mientras más se normaliza este comportamiento, más difícil se hace recuperar el terreno perdido. La ciudadanía, cansada de tanta bufonada, puede caer en el cinismo o la apatía, dejando el campo libre para que el poder se concentre en manos de quienes no necesitan ridiculizarse porque ya han aprendido a manipular desde las sombras. Y luego se preguntan por qué la baja participación ciudadana. El desafío está en no dejar que el circo se convierta en la norma, en exigir que el servicio público recupere su peso y su sentido, antes de que el ridículo lo arrastre todo al abismo.

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