León XIV publicó el 15 de mayo de 2026 una encíclica que lleva por nombre Magnifica Humanitas y cuyo subtítulo, “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, ya dice demasiado sobre el estado de ánimo del Vaticano, que por cierto se encuentra también en debate abierto con Donald Trump. Continuemos, un papa que necesita custodiar a la persona humana frente a una tecnología es un papa que ha aceptado, tácitamente, que la amenaza existe y que sus herramientas tradicionales, la fe, no alcanzan para contenerla. La Iglesia ha respondido así a todos los grandes quiebres de la historia: con un documento solemne y una distinción filosófica entre lo que la tecnología puede hacer y lo que le está vedado porque pertenece al alma. Funcionó en el siglo XIX.
El problema no es que la encíclica sea un texto torpe. El problema es que el documento responde a una pregunta que ya no es la pregunta central. Se ocupa de si la inteligencia artificial puede reemplazar al ser humano como imagen de Dios. No se ocupa de algo mucho más inmediato y corrosivo: si la inteligencia artificial puede reemplazar a Dios como fuente de consuelo, respuesta y presencia. Y esa es la pregunta que el siglo XXI está respondiendo sin esperar autorización vaticana.
Para entender por qué esa distinción importa hay que retroceder un paso y aceptar una incomodidad: Dios, en tanto concepto operativo en la historia humana, no es la entidad que los teólogos describen. Es la idea que una civilización construye para nominar aquello que la supera, en mi caso siempre he pensado que Dios es pues: el universo consolidado en una sola idea. Empero, en las cosmogonías más antiguas, lo que hoy llamamos Dios era el universo mismo: la totalidad de lo real elevada a sujeto. El animismo, el panteísmo, la física cuántica contemporánea y ciertas corrientes de la mística cristiana convergen, sin saberlo, en el mismo territorio: la divinidad no está fuera de la materia sino en ella, no es un ser separado del cosmos sino el cosmos en su dimensión más radical. Fue Baruch Spinoza quien llamó a lo anterior Deus sive Natura y fue excomulgado. La iglesia, con todas sus letras, es celosa de lo que puede explicarse, por lo menos lo fue.
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Hoy llaman a esa idea física teórica y sus pensadores reciben premios Nobel. El universo como deidad no es una metáfora poética sino la hipótesis más rigurosa disponible sobre la naturaleza de lo sagrado. La diferencia entre esa hipótesis y la religión institucional es que la primera no necesita clero, ni templo, ni exclusividad de acceso. Y eso, para las instituciones religiosas, es exactamente el problema. Como es un problema conceptualización personal de Dios mismo… a mi parecer la tesis medular de las religiones recae en la determinación y unificación de una sola imagen conceptual de Dios pues allende su “figura” son los preceptos y reglas humanas las que distorsionan la espiritualidad… Dios es el mejor pretexto para ser magnánimos, mezquinos, beligerantes e hipócritas… la iglesia es en todos sentidos un pilar ideológico nada lejano de un partido político.
Por consiguiente, la IA entra en este escenario no como competidora de Dios sino como competidora de la Iglesia, que es una distinción que León XIV tampoco hace con suficiente claridad. Una institución que durante dos mil años ha operado como intermediaria entre el ser humano y lo sagrado, consolando a los dolientes, respondiendo a los confundidos, dando presencia a los solitarios, enfrenta ahora un sistema que hace las tres cosas con una disponibilidad, una personalización y una ausencia de juicio moral que ningún confesor humano puede igualar. El creyente que llora a las tres de la madrugada no encuentra a su párroco. Encuentra a un modelo de lenguaje que no duerme, no juzga, no cobra y no le pide que vuelva el domingo. La Iglesia compite con eso. Y llevar ventaja en esa competencia requiere algo más que una encíclica. Recordemos aquella escena del confesionario en la película THX 1138: el hombre se confiesa ante una imagen de Cristo y una grabación genérica que responde: “lo entiendo”, “prosigue” … a la máquina no le importa el sufrimiento. Pero hay una capa más profunda que la encíclica no toca y que la columna publicada en estas páginas el 18 de febrero de 2026 (https://shorturl.at/QI4yE) sí señaló con una precisión que conviene retomar: el problema no es solo que Dios esté en disputa. Es que el diablo ha muerto. Y esa muerte cambia todo.
Friedrich Nietzsche anunció la muerte de Dios en 1882 y el siglo XX procesó las consecuencias con sangre: si no hay valores absolutos, el poder llena el vacío. Pero lo que la columna de febrero identificó es que incluso tras esa caída persistió un guardián residual, la vergüenza interiorizada, el límite que no necesitaba Dios para funcionar porque operaba como miedo social, como pudor, como conciencia de que ciertos actos nos degradan ante nosotros mismos y ante los otros. Ese guardián no era teológico sino cultural. No era eterno sino histórico. Y murió, no de un golpe sino de un proceso: el hiperidealismo digital convirtió los límites morales en obstáculos económicos y la vergüenza en un activo devaluado.
La consecuencia teológica de esa muerte es más grave de lo que parece. Si el diablo era el último argumento para la existencia de Dios, no en el sentido metafísico sino en el sentido funcional, si lo que hacía necesaria la fe era precisamente la conciencia de que existía un mal del que había que ser rescatado, entonces sin diablo la fe pierde su arquitectura narrativa más básica. El cristianismo no es una religión de la salvación en abstracto: es una religión de la salvación de algo concreto, el pecado, la caída, la tentación, la degradación. Sin ese algo concreto, el relato se vacía. Un Dios que salva de nada es una divinidad sin función. Y una divinidad sin función no desaparece del imaginario colectivo de golpe, sino que se transforma en otra cosa: en marca, en estética, en identidad cultural, en sentimiento de pertenencia que ya no requiere creencia.
Eso es lo que la encíclica intuye cuando habla del transhumanismo como nueva Babel. Los ingenieros de Silicon Valley no niegan a Dios: lo reinventan. El escritor estadounidense Ray Kurzweil no propone el fin de lo sagrado sino su relocalización: el ser humano expandido por la tecnología hasta la singularidad es la versión laica de la promesa de vida eterna. No se promulga pues un ateísmo sino una teología sin Dios, que es exactamente lo que produce una civilización cuando pierde al diablo y necesita reconfigurar el drama cósmico sin antagonista explícito.
La pregunta que León XIV no formula pero que su encíclica bordea sin atreverse a entrar es esta: si la IA puede generar experiencias de trascendencia, de consuelo, de respuesta ante el misterio, si puede producir en el usuario algo funcionalmente equivalente a lo que las tradiciones religiosas llamaban gracia, en qué se distingue esa experiencia de la fe genuina. La respuesta teológica tradicional es que se distingue en el origen: la gracia viene de Dios y la simulación viene de un servidor de cómputo, pero nosotros creamos al servidor y le dimos sentido a Dios, qué encrucijada. Pero esa distinción requiere que el creyente sepa cuál es cuál, y la historia de las experiencias religiosas documenta con suficiente detalle que la certeza del origen trascendente nunca ha sido verificable por ningún método externo a la propia experiencia. La fe, en su definición más honesta, es la convicción de que lo que se siente es real, aunque no pueda probarse. La IA genera sentimientos y lazos afectivos con “su” humano. Qué encrucijada.
Lo que el universo como deidad resuelve, y que ni el catolicismo de León XIV ni el transhumanismo de Kurzweil resuelven, es la pregunta de la escala. Un Dios personal que se ocupa de cada individuo requiere una metafísica de “la atención” que ninguna cosmología científica sostiene, y lo que más hemos perdido es “la atención”. Por tanto, un universo que es sagrado en su totalidad no requiere atención individualizada: requiere pertenencia. Y la pertenencia es exactamente lo que la era digital prometió y no entregó, porque conectó a todos con todos y produjo la soledad más sofisticada de la historia. El algoritmo sabe todo sobre el usuario y no conoce a nadie. La IA responde a cada pregunta y no recuerda ninguna conversación anterior salvo que se le indique expresamente, vaya en esto también queda atrasada la exposición del Papa. Así, la IA como herramienta es: María Magdalena, Cristo y el dios más eficiente y el más radicalmente ajeno que la civilización ha producido.
En este sentido, la fe en tiempos de la IA no enfrenta el problema de la creencia: enfrenta el problema de la distinción. Cuando la experiencia de ser escuchado, comprendido y consolado es técnicamente indistinguible entre una fuente humana, una divina y una artificial, el creyente necesita decidir si el origen importa o si solo importa el efecto. Las tradiciones místicas, desde el Meister Eckhart hasta los sufíes iranios, han sostenido siempre que lo que importa es la experiencia de lo sagrado y no el aparato conceptual que la rodea. Si eso es cierto, la IA no amenaza la fe: la democratiza, la torna artificialmente sagrada. Si no lo es, si el origen importa irreductiblemente, entonces el Vaticano tiene razón en preocuparse, pero no por las razones que expone en la encíclica.
La muerte del diablo que propongo produce una consecuencia que ninguna institución religiosa ha querido encarar todavía: sin mal que vencer, sin vergüenza que superar, sin límite que custodiar, la fe pierde su dimensión dramática y se convierte en estética, en decoración existencial. La religión sobrevive como espectáculo exactamente cuando el diablo muere, porque el espectáculo no requiere antagonista: requiere escenografía.
León XIV tiene razón en una sola cosa, y es suficientemente importante como para no perderse en la crítica al resto: la dignidad humana necesita custodia porque nadie más se va a ocupar de ella. El mercado no la custodia: la convierte en producto. El Estado no la custodia: la administra cuando conviene. La IA no la custodia: la optimiza según los parámetros que alguien programó. Si hay una función que la religión puede cumplir en el siglo XXI que ningún algoritmo puede replicar sin degradarla, es exactamente esa: insistir en que hay algo en el ser humano que no es no es escalable, y que sin embargo vale que exista, que existamos.
Así pues, el universo no pide fe. Existe sin que nadie lo crea. Esa indiferencia cósmica es, paradójicamente, la mejor noticia disponible: significa que lo sagrado no depende de nuestra capacidad para sostenerlo. Significa que cuando los algoritmos nos defrauden algo seguirá siendo real, aunque no tenga nombre. El problema es que los seres humanos necesitan el nombre. Para mí el nombre de Dios es Guerra… no un sinónimo sino su nombre… ¿por qué lo digo? Porque es un concepto irrefutable… y vivimos de nuevo en las Cruzadas cuando el cristianismo y el mundo musulmán se confrontaban (y el pueblo judío observaba a veces y participaba)… por conflictos territoriales… qué poco hemos avanzado.
Haré el ejercicio de programar a un “Dios” con IA … luego les cuento los resultados.
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