En una plaza de Lisboa que durante siglos apenas figuraba en ninguna guía turística, un vecino graba con el celular la fila de maletas con ruedas que no cesa desde el amanecer. La plaza apareció hace unos meses en un video que acumuló millones de reproducciones y, desde entonces, cada mañana llega el mismo desfile. El vecino todavía no sabe que existe una palabra exacta para lo que siente, porque la Real Academia Española acaba de incorporarla al diccionario: turismofobia.

La voz nombra algo que lleva años ocurriendo sin nombre: el resentimiento hacia una industria turística que ya no crece por el boca a boca ni por el folleto de agencia, sino por el algoritmo. Plataformas de hospedaje ajustan el precio de una habitación varias veces al día según la demanda, expulsando a los vecinos de sus propios barrios; aplicaciones de video convierten un rincón anónimo en destino masivo en cuestión de semanas. Venecia lidiaba con multitudes mucho antes de que existiera internet, pero lo hacía a un ritmo humano, de décadas. Ahora cambia sobre todo la velocidad: un lugar puede pasar de silencioso a saturado en el tiempo que tarda un video en volverse tendencia. La palabra turismofobia entró al diccionario junto a otras de la misma actualización, milenial, streaming, okey, todas ellas nombres de una vida ya mediada por plataformas. Y como suele ocurrir con el trabajo de los lexicógrafos, la certificación llegó tarde: el fenómeno llevaba operando, sin nombre oficial, varios veranos.

Ahí asoma la paradoja más interesante. El mismo motor que produce la turismofobia es el que después abandona el lugar que saturó, en cuanto la novedad se agota y el algoritmo recomienda el siguiente rincón sin descubrir. Esa misma actualización del diccionario sumó otra expresión reveladora: juguete roto, usada tradicionalmente para describir a una figura pública destruida por el exceso de exposición. Un barrio querido hasta el agotamiento por millones de videos funciona con la misma lógica que una celebridad consumida por la atención: primero se le exprime, después se le suelta.

Nombrar turismofobia no frena al algoritmo, solo cataloga la herida después de que ocurrió. Mientras tanto, los sistemas de recomendación ya se movieron hacia el próximo rincón sin explotar, uno que dentro de unos años necesitará también su propia palabra. Queda la duda de si el idioma podrá alguna vez nombrar un fenómeno mientras todavía está ocurriendo, o si está condenado a llegar siempre después, como un diagnóstico escrito cuando el paciente ya salió del consultorio.

herles@escueladeescritoresdemexico.com

Cargando comentarios...