El arte de Hayao Miyazaki y Studio Ghibli es sinónimo de paciencia, de una dedicación casi artesanal donde cada fotograma es una obra dibujada a mano, imbuida de vida tras años de minucioso trabajo. Películas como "Mi Vecino Totoro" o "El Viaje de Chihiro" no son solo entretenimiento; son testimonios de un proceso creativo que valora el tiempo y el toque humano. Sin embargo, la tecnología, siempre disruptiva, nos presenta ahora una paradoja: la capacidad de replicar ese estilo icónico en cuestión de segundos.

La reciente actualización de ChatGPT por parte de OpenAI, que mejora drásticamente su capacidad de generación de imágenes, desató una fiebre viral. De repente, las redes sociales se inundaron de versiones "ghiblificadas" de todo imaginable: desde selfies y fotos familiares hasta memes e incluso representaciones de eventos históricos sombríos como el 11-S o la trágica muerte de George Floyd y, el pasado 27 de marzo, una imagen con tintes antiinmigrante desde una cuenta de la Casa Blanca. La facilidad con la que cualquier imagen podía ser transformada en un facsímil del universo Ghibli resultó irresistible para muchos. El propio CEO de OpenAI, Sam Altman, se sumó a la tendencia, adoptando un avatar ghiblificado.

Y es que la "ghiblificación" instantánea no ha sido universalmente celebrada. Resurgió con fuerza en redes un fragmento de un documental de 2016 donde el propio Miyazaki calificaba a la inteligencia artificial como "un insulto a la vida misma". Esta declaración resuena profundamente en un momento en que artistas, escritores, actores y músicos ven con creciente alarma cómo las IA se entrenan utilizando sus obras, a menudo sin permiso ni compensación.

La tensión es palpable. Más de 10.000 creativos firmaron una carta abierta denunciando el uso no licenciado de sus trabajos para entrenar modelos de IA, y demandas contra OpenAI evidencian la batalla legal y ética en curso. OpenAI, por su parte, defiende su enfoque, afirmando que buscan dar "libertad creativa" a los usuarios, permitiendo estilos de estudio amplios (como el de Ghibli) mientras restringen la generación al estilo de artistas vivos específicos.

La escultora Emily Berganza, en entrevista para el NYT, encapsula la ambivalencia de muchos: impresionada por la precisión de la IA, pero preocupada por su impacto en el futuro del trabajo creativo, viéndola como una "amenaza", reconoce, sin embargo, la necesidad de entender y adaptarse a cómo esta tecnología se integrará en nuestra sociedad.

Nos encontramos, pues, en una encrucijada cultural. La IA nos ofrece herramientas poderosas y seductoras, capaces de emular la magia de grandes creadores en un instante. Pero esta facilidad plantea preguntas fundamentales sobre la autoría, la originalidad, el valor del proceso creativo humano y el respeto al legado artístico. ¿Es la "ghiblificación" vía ChatGPT un homenaje democratizador o una trivialización que erosiona el significado del arte que imita? La respuesta, compleja y aún en construcción, definirá una parte importante del futuro de la creatividad.

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