Porfirio Díaz fundió unos viejos cañones para transformarlos en vías férreas. Se lo contó con orgullo a Jesús E. Valenzuela. El poeta le respondió: “Pero no se olvide, señor Presidente, de que pueden volver a convertirse en cañones”.
En su libro Amor de ciudad grande Vicente Quirarte rescató este diálogo y agregó que la metáfora de Valenzuela había sido exacta: “las vías férreas que Porfirio Díaz trazó para dar paso a la modernidad, conducirían a los ejércitos de la Revolución”.
Con una guía telefónica de 1891, Quirarte ubicó alguna vez los sitios que Manuel Gutiérrez Nájera enumera en su famoso poema “La Duquesa Job”, y supo así que la duquesita del poeta habría recorrido exactamente 825 pasos entre La Sorpresa y el Jockey Club.
Era imposible caminar una calle del centro al lado de Quirarte sin que aparecieran anécdotas, historias, libros, datos, autores, revelaciones. A pocos escritores la ciudad se les ha entregado tan sencillamente tibia. Quirarte le quitó los velos, la desnudó, la convirtió en su musa, su escenario, se diría que su amante. “Leer la ciudad es defenderla”, escribió.
Nació en la esquina de Allende y Perú en 1954, cuando lo “muy lejos” no existía. Creció entre los olores del mercado de las especias y las voces de los árabes y los judíos de La Lagunilla. Luego recordó que durante cosa de 15 años asistió todos los días a los grandes cines del rumbo: el Máximo, el Coloso, el Maya. Eran, según dijo, navíos de segunda que cada tarde se lo llevaban de viaje. De ahí su pasión por directores como Alejandro Galindo, Juan Bustillo Oro e Ismael Rodríguez, algunos de los grandes retratistas de la ciudad que entonces se llamaba Distrito Federal.
La otra pasión fueron las historietas que un señor alquilaba por unos cuantos centavos en un zaguán cercano a Garibaldi. En una de estas, hallaría retratada su vecindad: “La Familia Burrón era la casa en la que yo viví”, confesó años después.
En la Universidad, leyendo libros subrayados por estudiantes desconocidos, encontró la poesía y encontró esa ciudad. Las dos cosas están en prácticamente todo lo que escribió, los poemas, las crónicas, los cuentos, las novelas, la narrativa autobiográfica, los ensayos.
La ciudad lo mostró también su lado amargo, el día de 1980 en que su padre, el historiador y catedrático Martín Quirarte, decidió arrojarse de un puente a los 56 años de edad: “La vida que ya no quisiste / con la que no pudiste (…) Habías dejado de ser tú / para ser tu fantasma”.
Martín Quirarte, especialista en el tiempo de Juárez y el imperio de Maximiliano fue una de las influencias más profundas en la vida de Vicente. Desde que se abrió su pasión por el siglo XIX, Quirarte exploró la ciudad como ciudad personaje literario: rastreó la manera en que personajes y libros quedaron reflejados en el asfalto.
Exploró el nacimiento de la crónica en el México independiente, exploró la ciudad del romanticismo; desde distintas perspectivas y distintos lenguajes se acercó a la ciudad de los modernistas, al Ateneo de la Juventud, a los escritores de la Revolución, a los estridentistas y a los Contemporáneos.
Su tesis doctoral, “Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (1850-1992)” se ha convertido ya en un clásico.
¿Qué no está en la obra de Quirarte? Las páginas de sus libros comparten la penetrante lucidez que había en sus conversaciones de café y en sus conferencias dictada en la academia. “Todo en este discurso está cifrado”, escribía Bernardo de Balbuena en el primer gran poema dedicado a la ciudad de México. El gran estudio sobre la capital que son los libros de Quirarte también parece contenerlo todo. Humboldt, López Velarde, Guillermo Prieto, Martín Luis Guzmán, Salvador Novo, Manuel Payno, Casimiro Castro, Hesiquio Hiriarte, José T. Cuéllar, José Joaquín Fernández de Lizardi, Francisco Zarco, Claudio Linati, Xavier Villaurrutia, Constantino Escalante, Elena Poniatowska, Octavio Paz, Efraín Huerta, Ignacio Cumplido.
Y al frente y detrás de todo, la ciudad, los autobuses urbanos, el peatón como asunto de la lluvia, las sacerdotisas del café con leche, la noche abierta al sexo, la capital que se destruye y se rehace cada día, el amanecer y las noches, la odisea de padecerla y recorrerla, de atestiguar sus milagros y de sufrir sus injurias. Sus sendas, sus bordes, sus nodos, sus hitos.
Vas a hacernos falta, Vicente. La conversación seguirá por medio de tus libros.
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