La cámara del elevador que lo llevó al departamento en el que iba a perpetrar la monstruosidad que había planeado, y que ayer sacudió como pocos con su extrema crudeza, muestra a Diego Sebastián Rosen Ferlini con lentes oscuros, una gorra, una chamarra negra y una mochila en la espalda.

Dentro de esta llevaba cinta industrial plateada, cinchos negros, unos guantes, un desarmador plano y otro de cruz.

Eran las 17:24 del 1º de septiembre.

A esa hora, dentro del elevador, Rosen volteó a observar la cámara de seguridad. No le importó dejar esa evidencia.

Días antes le había ordenado a un cómplice, Gerardo Cisneros Bejarano, que fuera a una tienda a adquirir la cinta, los cinchos y los desarmadores. Según Cisneros, le había dicho que iba a cobrar un dinero que le iban a pagar en criptomonedas y que al cambiarlas “le daría una lana”.

Cisneros lo recogió ese día en su casa de la colonia del Valle y lo llevó al fraccionamiento Grand Viure, en el Bosque Esmeralda de Atizapán. El chofer conducía un sedan gris plata. Al registrarse en la entrada entregó su licencia de conducir, que registraba un domicilio en Tecámac, Estado de México.

Diego Sebastián Rosen se bajó del auto y le pidió que lo esperara.

En esta primera parte de la historia aparecen los primeros detalles oscuros que la fiscalía del Edomex tendrá que esclarecer.

La fiscalía cree que Rosen había visitado aquel lugar varias veces y que se valió de la confianza del o los vigilantes para tener acceso al edificio al que el tecladista y fundador de la banda mexicana Camilo Séptimo, Jonathan “Honas” Meléndez, se acababa de mudar en compañía de su esposa, Ana Paola, y sus dos hijos, una niña de tres años y un niño de seis.

Según las investigaciones, el músico y Rosen eran socios en distintos negocios de Airbnb: rentaban casas en Valle de Bravo, Acapulco, Cuernavaca y Tepoztlán (más de 40) y se habían asociado para construir también un grupo de cabañas que serían rentadas por medio de la plataforma.

Pero algo había salido mal. Los socios comenzaron a tener desacuerdos financieros. Además, Diego Sebastián tenía denuncias por fraude en la renta de algunos inmuebles.

Esto se sabe porque, al llegar al edificio hacia las 6:30 de aquella tarde, el tecladista fue informado de que su amigo Sebastián lo estaba esperando en su departamento. Una fuente cercana a la investigación indica que Jonathan había llegado en compañía de un amigo, y que al saber que el otro estaba arriba le confesó: “Es mi socio, pero tengo problemas con él. Espérate, y si en 15 minutos no te hablo, llama a la policía”.

El testigo dice que al cumplirse aquel plazo envió un mensaje para preguntar si todo estaba bien. Que le contestaron “todo bien”.

De acuerdo con el testigo, casi una hora más tarde el vigilante le dijo que el coche del socio “ya se está yendo”. Le llamó a “Honas” pero este ya no respondió.

Arriba estaba una de las escenas más impactantes que es posible imaginar. “Para ponerse a llorar”, dijo uno de los investigadores.

Hasta donde se sabe, al no recibir respuesta el amigo de Jonathan llamó a la policía. Llegaron la municipal de Atizapán y algunos elementos de la Guardia Nacional.

Luego hay otro momento de oscuridad, porque la fiscalía del Edomex recibió el reporte de lo ocurrido hasta las 11 de la noche.

Los investigadores hallaron a Jonathan y a Ana Paola atados, amordazados con la cinta industrial, y con un disparo en la cabeza. La niña de tres años también había sido asesinada, así como la joven empleada doméstica, de 21 años, que recibió un tiro en la espalda.

En el baño del departamento, con el hocico envuelto con cinta, estaba el cadáver de la mascota de la familia.

El otro hijo de la pareja, de solo seis años, salvó la vida porque logró esconderse bajo unas cobijas.

Aunque hasta anoche se seguía interrogando a los vecinos, no hay indicios de que hayan escuchado nada.

Tras el multihomicidio, el chofer llevó a Diego Sebastián a su casa de la del Valle y luego se fue a su casa.

En esos mismos sitios fueron detenidos, de manera simultánea, por células operativas de la policía: la Secretaría de Seguridad Pública de la CDMX había hecho un seguimiento desde las cámaras.

Agentes que llevan la investigación revelan que Rosen Ferlini sabía que su amigo guardaba una fuerte cantidad de dinero en dólares --y que pidió los desarmadores por si diera el caso de tener que desatornillar alguna caja de seguridad.

No queda claro qué se llevó. Por qué no le importó que su imagen quedara registrada en una cámara, ni que el o los vigilantes del edificio lo vieran. Por qué después de asesinar a cuatro personas y una mascota, sencillamente regresó a su casa. Por qué su cómplice entregó en la puerta una licencia a su nombre. Por qué se avisó a la fiscalía con tanto retraso.

No queda claro, sobre todo, en qué orden se dieron las cosas: qué fue lo que sucedió exactamente allá arriba.

Uno de los investigadores asegura que Rosen Ferlini ofreció un millón y medio de pesos para que lo dejaran ir.

En un país sacudido por el crimen, hay crímenes que no dejan de cimbrar. En este, cada detalle es peor y más horrible que el anterior.

Sacudió de tal modo, que cada uno de los puntos oscuros debe ser aclarado y explicado, hasta que no haya duda.

¿Qué pasó en el Grand Viure?

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