¡Extra! ¡Extra! ¡Extra! Fue robada la cabeza del célebre guerrillero Francisco Villa. Anoche fue profanada la Mansión de los Muertos. Manos criminales exhumaron el cadáver del que fuera Jefe de la División del Norte y le cortaron el cráneo. Se presume que manos mercenarias cometieron esta mutilación para explotar la curiosidad en el extranjero.
Con estos titulares escandalosos el periódico El Correo de Parral abrió las puertas de uno de los mayores misterios de la historia mexicana. Un misterio que el pasado 6 de febrero cumplió un siglo de inquietar a los historiadores.
Trece tiros le dieron a Villa el 20 de julio de 1923. El cuerpo del Centauro del Norte fue sepultado en la fosa 632 del panteón de Parral. Tres años más tarde, una mañana fría de febrero de 1926, el sepulturero Juan Amparán descubrió que el sepulcro había sido profanado, que la tapa del ataúd estaba rota y que al cuerpo momificado de Villa le habían cercenado la cabeza.
“Anoche fue violado el Panteón de esta ciudad y sin que nadie pudiera darse cuenta de lo sucedido, varios hombres, hasta hoy envueltos en el misterio, cavaron la fosa que guarda el cadáver del célebre guerrillero Francisco Villa, sacaron a ras de tierra los despojos mortales le cortaron el cráneo, huyendo después con él y dejando al descubierto su obra”, se leía en El Correo de Parral.
“No se tienen aún noticias exactas de los móviles de este hecho, pero ya la justicia se encarga de hacer las averiguaciones del caso”, agregaba el diario.
Un siglo después siguen las averiguaciones del caso y nadie sabe dónde quedó la cabeza.
Aquella mañana, huellas de botas y huaraches sobre el polvo del cementerio revelaron que los profanadores habían saltado por la barda sur, “cerca de una pila ya destruida”. A un lado del ataúd roto a barretazos había algunos algodones manchados de sangre. Se pensó que algún miembro del grupo se habría cortado la mano a causa “del estado de excitación que es fácil presumir en el sujeto que estaba realizando tan macabra operación”. Había también una botella de tequila que olía a alguna sustancia química.
El Correo de Parral especuló que la cabeza valía más ahora que cuando estaba sobre los hombros del jefe de la División del Norte, “porque hay potentados allende el Bravo que no se fijarían en precio para tener el orgullo de donar a un Museo o a una Sociedad Científica para que la estudie el cráneo de un hombre que, por esas veleidades de la fortuna, tuvo un día en las manos los destinos de México, llamó la admiración del mundo y arrastró multitudes y hasta hombres superiores”.
Era el principio de la leyenda que en sus múltiples versiones ha llegado a nuestros días. Los primeros detenidos, un gringo que el día anterior andaba preguntando por la ubicación de la tumba, y un mexicano con el que lo habían visto, fueron liberados por falta de pruebas cinco días más tarde.
En Parral la gente se negaba a aceptar lo ocurrido y propalaba la versión de que, desde años antes, el cadáver de Villa había sido cambiado de lugar por astutos partidarios: les gustaba pensar que, desde el fondo de la tumba, el Centauro se seguía burlando.
Se tejieron mil historias que llevamos un siglo escuchando: que Álvaro Obregón pidió la cabeza como trofeo para vengarse del brazo que las tropas de Villa le hicieron perder en la batalla de Celaya; que Arnulfo R. Gómez la había vendido en 50 mil pesos a un extravagante coleccionista; que colocada en un frasco de formol, era exhibida en un circo estadounidense.
En 1925 EL UNIVERSAL avisó que “la calavera de Villa” había sido decomisada en la frontera a una mujer que pretendía pasarla al otro lado de la frontera. Se trataba en realidad de un cráneo “con incrustaciones de oro”, que la mujer decía que pertenecía al revolucionario.
Un capitán del 11º Batallón, Elpidio Garcilazo, relató años después que el jefe de la guarnición de Parral, el general Francisco Durazo Ruiz, le había dicho que Obregón quería la cabeza, que varios soldados fueron enviados al panteón y que uno de ellos intentó desprenderla a golpes de barreta. Que un tal Martínez Primero terminó de arrancarla con un cuchillo y se cortó (eran de él “los algodones”: la herida se infectó y murió unos días más tarde), y que le llevaron el trofeo al general Durazo envuelto en una camisa vieja.
Según el relato, el general la guardó bajo su cama hasta que estalló el escándalo. Entonces le ordenó a Garcilazo que se deshiciera de “eso”. La metieron en una caja de municiones y la enterraron en las inmediaciones del Cerro del Huérfano. Cobró fuerza la versión de que Durazo quería cobrar una recompensa de 50 mil dólares, cuyo anuncio había visto en un cartel escrito en inglés.
Algunos historiadores han recogido la versión de que lo que quedó del cuerpo de Villa fue llevado en secreto a otra tumba y que el esqueleto cercenado continúa escondido en aquel lugar secreto: que lo que descansa en el Monumento a la Revolución, y fue traslado con bombo y platillo, son en realidad los restos de una mujer que murió de cáncer de camino a El Paso.
“Eso”, lo que muchos han buscado desde hace un siglo, fue tragado por la niebla del tiempo. El general Francisco Durazo Ruiz, profanador de la tumba de Villa, sería tío de otro "general" nacido en Cumpas en 1918: el siniestro jefe de la policía capitalina con López Portillo, Arturo Durazo Moreno.

