La semana pasada declaré mi admiración al Marxiano favorito Arriaga por ser el único militante de la 4T que realmente le creyó todo a El Supremo, a quien emula en serio. El Marxiano ha convertido a la turbia Secretaría de Educación Pública, que está en manos de otro tonto, en una versión cómica de la batalla de las Termópilas y, atrincherado en su oficina, grita que “por la reivindicación del magisterio doy la vida. Vengan por ella. No me encontrarán arrodillado, sino trabajando”, como bramó alguna vez en un tuit soliviantado.
(Escribo sin conocer el desenlace de esta épica batalla, pero supongo que va a ser divertida para todos, menos para los educandos mexicanos.)
Marxiano siempre declaró obrar en acatamiento a las órdenes de El Supremo, quien le pidió que la educación en México tuviera “una función social que sirva para la transformación del sujeto”. Forrado de presupuesto, Marxiano decretó también su lealtad a Bakunin y ordenó “buscar lo imposible” con “espíritu indomable y revolucionario”. Y así pasaron cinco años...
El poder de Marxiano, en el largo plazo (pues no se trata de jugar al trenecito sino de formar generaciones), fue muy superior al de los demás tetraideólogos, esa nómina de mandarines mediocres y peleles de YouTube al servicio de un jesusito con cananas. Su poder actuó sobre millones de educandos y docentes a quienes ordenó “pensar, repensar y construir sus propias didácticas en el marco de la reivindicación del sur global para transgredir el paradigma de imposición epistémica occidental de la sociedad globalizada actual.” Ahí nomás.
¿Quién, aparte de El Supremo tutor, podía ponerse como meta la “formación de un nuevo mexicano y una nueva mexicanidad”, así desde cero? Sólo el Marxiano.
Es un poder superior inclusive al del Supremo, pues su ideología marcará para siempre a los niños y jóvenes que vivirán en la “sociedad del futuro” en la que no habrá matemáticas ni lengua nacional. Si el poder de El Supremo fue sexenal y explotó el interés de la tercera edad, el poder del Marxiano reclutó a la primera, la que votará en el futuro, si es que logra leer su boleta.
Cuando los adultos calculan la conveniencia de ser tetratransformados, los niños ya lo han sido por decreto del Marxiano y su SEP y sus “cloacas”, como él las llama.
Cuando en 2035 el nombre de El Supremo ya sea sólo nombre de calle, los “sujetos desoccidentalizados y dialógicos” del sabio Marxiano estarán buscando empleo con su diploma en “Ecología de saberes”.
El Marxiano y su Supremo revivieron la fantasía del Narciso Bassols cuando, al frente de la SEP en 1933, decretó “la educación socialista”, es decir, que la educación nacional se subordinase a una ideología particular. Bassols y el entonces Supremo Cárdenas, como resumió Jorge Cuesta, se adhirieron “a la idea de que la finalidad de la escuela no está en que sea escuela, sino en que sirva para lograr la transformación política del país, es decir, que la escuela sea un partido político”.
La SEP y El Supremo y su Marxiano favorito hicieron lo mismo. Aún la actual presidenta Sheinbaum parece estar de acuerdo y reivindicó los libros de texto porque hacen “cuestionamiento crítico y comunitario”. Lástima que no dijese nada sobre el rechazo de esos libros a “la idea de que el único saber riguroso es el saber científico” que, según su Marxiano, es una idea “imperialista”.
En fin. Al parecer, bastará con meter a algunas “heroínas” (que no sean sor Juana) a los libros de texto. Y que nuestro Marxiano favorito se vaya como consejero comercial a la embajada de México en Nicaragua y aprenda saberes comunitarios con Rosario Murillo, para que todo regrese a la normalidad.

