Fue patente ayer la dimensión de la amargura de la Patria en el momento en que al secretario de la Defensa Nacional, general Ricardo Trevilla, se le quebró la voz y se le humedecieron los ojos al referirse a los soldados que murieron el domingo en combate contra el criminal ese.

Es una amargura hecha de dolor y de ira pero, también, de la vergüenza colectiva (en el sentido que le dio Karl Marx en la famosa carta de 1843 a Arnold Ruge): “La vergüenza es una especie de cólera hacia adentro, contra uno mismo, y una nación avergonzada de sí misma es como un león que se prepara para atacar”. Estaba avergonzado de su país, “Alemania está hundida en el lodo y se hundirá más aún”, escribe, mientras aumenta nuestra vergüenza ante “la vacuidad de nuestro patriotismo y la disfuncionalidad del Estado”.

En 1968, Octavio Paz evocó esa carta de Marx ante la ira y la vergüenza de lo ocurrido en Tlatelolco. ¿Amerita ser evocada ahora, ya no por lo que hizo el ejército entonces, sino por lo que los criminales le hicieron al ejército en Jalisco? Es en efecto un drama intenso, uno que se disolvió en el llanto de Trevilla. No es extraño que un general llore en solidaridad por los caídos en combate. Y tampoco lo es que de inmediato el gesto se divida, en su iracundia, entre las ideas inevitablemente utilitarias del honor o la cobardía.

Las historias de generales apesadumbrados ante el campo de batalla son inumerables, como la muy famosa del altivo general Patton llorando ante el cadáver de su joven ayudante: “No puedo explicarme por qué mueren tantos jóvenes cuando hay tantas batallas que dar”, dijo y se le quebró la voz y no pudo continuar: “Me estoy portando como un tonto”, dijo, apenado, el más cabrón de los soldados, secándose las lágrimas con un pañuelo kaki.

Es localizable en línea un erudito ensayo de Sarah Rey, profesora francesa que estudia historia de los sentimientos. Se titula “Las lágrimas romanas” y describe predicamentos como el que pasó Trevilla. En la antigüedad, llorar era “parte integral de la vida social y política”, explica, lo mismo entre los reyes que entre los soldados. No había vergüenza en ello. ¿Cómo iba a haberla si el modelo era Aquiles, que llora a su amado Patroclo y cuya cólera se convierte en lágrimas junto al rey Príamo, a cuyo hijo, Héctor, el mismo Aquiles había matado y arrastrado alrededor de Troya?

Cuando los generales lloran, explica Rey, citando a los muchos que lo hacen en las Vidas paralelas, de Plutarco, lo hacen con pasión y compasión, ahogándose en llanto pasional o estoico ante las veleidades de la fortuna impredecible, pero sin miedo a la humillación. Si Trevilla se humilló o no, será lamentablemente, motivo de polémica. Trevilla lloró, pero inevitablemente lloramos con él todos: su llanto es el de todo un país cansado por una guerra particularmente idiota. Ojalá que no sea debilidad, sino humanidad.

Ya hay quienes ululan ese estúpido mantra nacional “la vida no vale nada”, condensado filosófico de la “Grandeza” del mejor pueblo del mundo (por decreto). Habrá quienes le reclamen haber sido “débil” y aquellos para quienes las lágrimas son señal de debilidad pues, como pensó Séneca, las lágrimas no significan nada frente a la vida que trae el sufrimiento incluido, algo que los soldados deben ser los primeros en saber.

Me pregunto si hay en el llanto de Trevilla un ingrediente similar al de Julio César cuando llora frente a la cabeza de Pompeyo: el presentimiento de que la victoria y el castigo causado al enemigo no va a impedir que se cierna la tragedia sobre Roma…

¿Será esa una de las razones del llanto de Trevilla? ¿El león que se prepara para saltar será más fuerte que nuestra vergüenza?

Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios