Ante la marcha que un hato de tontitos realizó frente a la sinagoga de Polanco, convocando al pueblo a expulsar judíos, fue inevitable recordar los episodios de antisemitismo mexicano del vecino siglo XX.
La referencia inmediata es, claro, los “Camisas doradas” que agrupaban a la “Asociación Revolucionaria Mexicanista” y al “Comité Pro Raza” que urgían proteger al Pueblo de las “razas degradadas” como la judía, y que organizaron un pequeño pogrom en el que destruyeron comercios y negocios de judíos en la capital del país por 1936.
La historia debe leerse en Camisas, escudos y desfiles militares. Los dorados y el antisemitismo en México (1934-1940), investigación canónica de Alicia Gojman de Backal que publicó el (entonces) Fondo de Cultura Económica en 2000 y es legible en archive.org pero, ¡cuidado!: es un libro escrito por una judía y prologado por Friedrich Katz, otro judío (ya sabe cómo son).
Claro, los nazis “publicaban propaganda xenofóbica y antisemita” en Alemania, dice Katz, pero pocos saben que en México también “imperaban grupos fascistas que atacaban a los judíos y a sus comercios, gozando de la tolerancia y posiblemente del apoyo de algunos presidentes del maximato”. Ese antisemitismo a la mexicana se resumía en un panfleto que decía: “Sangre judía, sangre judía y cada día más sangre judía debe de correr si deseamos salvar a nuestra amada patria, y por esta razón deben llevarse a cabo campañas de exterminio en contra de los treinta mil judíos de México.”
Desde 1933, la Secretaría de Gobernación advirtió que “la inmigración judía, debido a sus características morales y psicológicas y al tipo de actividades a las que se dedica, es indeseable”, si bien (a diferencia de “las razas negra y amarilla”) su “identificación física es difícil, a pesar de sus características raciales, ya que viven por todo el mundo”. No obstante, en caso de ser detectados “deberán ser detenidos” y se notificará al gobierno. Lázaro Cárdenas acabó con todo eso en 1938 cuando “tuvo que elegir entre la emigración española y la judía –conjetura Katz— pues no contaba con la fuerza política suficiente para admitir a ambos grupos.”
Al iniciar su libro, la Dra. Gujman de Backal rememora la golpiza con que los “Camisas doradas” casi matan a Jacobo Glantz, un judío ucraniano que traducía y estudiaba literatura yiddish mientras atendía su pequeño comercio en el centro de la ciudad. Su historia la narra su hija, Margo Glantz, en su precioso libro Genealogías (1981). A sus casi cien años de edad, Margo sigue siendo mi amiga y mi maestra.
La casualidad consiste en que décadas después del atentado contra Jacobo Glantz, el odio vaya ahora contra Margo. Un gordito sulfúrico llamado Christian Nader, que vive de “analizar” entre toses y sofocos al “inmundo ente colonial genocida sionista” de Israel, y de ladrar insultos a los mexicanos “sionistas” que osen tener apellidos judíos, espectora iracundo mientras muestra su foto: “Ahí está esta mujer que es de las cosas más repulsivas, esta Margo Glantz que fue premiada con el premio Alfonso Reyes cuando es una de las sionistas más empedernidas del contexto nacional”.
Todo esto quedaría en el rango de lo insignificante de no ser porque ese programa de TV (se llama “Retrovisor”) es producido y difundido por “Chamuco Media”, una empresa privada de comunicación al servicio de la 4T que recibe patrocinio oficial del gobierno. Nuestros impuestos como pogrom progre.
Yo me resigno, pero acato la lección que dice a diario mi presidentA: “un pueblo sin memoria es un pueblo sin brújula…”
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