Hace unos días, a los 96 años, murió Jürgen Habermas. Cuando muere un filósofo que ha estimulado tu pensamiento, de súbito te encuentras sumido en una ambigua sensación; por una parte él dejará de pensar y ya no escribirá más libros que expandan su saber; por otro lado, su vida física ya no formará parte de la humanidad viviente. Se transformará en una ausencia flagrante e injusta. Creo que uno tendría que vivir lo suficiente para darse cuenta de que ha acertado en algunos juicios, se ha equivocado y todavía goza de la posibilidad de comparar sus ideas con el progreso moral, económico y en general social de los tiempos que corren. Yo leí al pensador germano desde que fui integrante del CEU y ello modificó mi manera de enfrentarme a la autoridad y a las nociones éticas que se me presentaban como inaceptables y contrarias a nuestra idea —la del movimiento estudiantil— a propósito del bien social que procurábamos lograr. Sugerí el libro, El discurso filosófico de la modernidad, a mis compañeros de lucha en la Facultad de Ingeniería, sin poseer entonces una conciencia completa de que, para leer a Habermas, tendríamos que ser dueños de un mínimo conocimiento filosófico y de ese modo comprender la dirección de su crítica.
Habermas, como el último de los filósofos modernos de gran envergadura del siglo XX, fue parte de la Escuela de Fráncfort y a lo largo de sus ensayos y libros siguió el impulso de la escuela también llamada Teoría crítica. En pocas palabras, siguiendo su impulso, había que tomar lo mejor de Marx, retomar el impulso de la ilustración, e insuflarlo de un una sustancia más estética, menos rígida y más cercana a las ideas disruptivas del siglo XX (Freud y Bataille, por ejemplo) como lo describió claramente en su obra, Herbert Marcuse y sus cómplices intelectuales.
Dos años después del movimiento estudiantil viajé a Cuba en compañía de Yolanda e hice amistad con artistas, editores y cualquiera que pudiera discutir las premisas de una revolución social. Había renunciado a formar, en México, parte del MAS (movimiento al socialismo) y había comenzado una especie de rebelión contra cualquier idea del bien impuesta por un pequeño grupo que se arrogara la gravedad y la tiranía de una razón trascendental. Todavía no caía el Muro de Berlín. En Cuba me encontré —sobre todo en el seno de la naciente clase urbana— ante una burocracia autoritaria y fui testigo de un miedo extendido en la atmósfera de La Habana que, por cierto, ha sido una de las ciudades más bellas que he conocido; aún recuerdo las noches en el malecón, el olor a sal entrometido en la piedra de sus edificios y en la seductora personalidad de los cubanos comunes o de la calle; su generosidad y gracia. Las experiencias de mi viaje las esbozo en mi breve libro El billar de los suizos. Hoy que ha sucedido un considerable tiempo desde mis primeras experiencias progresistas, la pregunta que se me impone es: ¿Acaso no hubo ninguna Revolución? ¿No se construía un mundo en el que la justicia tuviera preeminencia, se erradicara el cinismo comercial y explotador y se expulsaran a los acumuladores obscenos de bienes económicos y a quienes veían en la isla un centro de negocios y una ciudad turística? El bloqueo comercial de USA era inevitable —no somos ingenuos— y cualquier cambio extremo de ideología requiere de una estrategia y de una nueva concepción del trabajo y la riqueza de acuerdo al temperamento y cultura de la población. La burocracia tuvo éxito, y pese a los bienes mayúsculos que se llevaron a cabo, hoy ese horizonte utópico que nos plantearon los revolucionarios insignes (Camilo Cienfuegos, Ernesto Guevara, Fidel Castro y muchos más) se desvaneció y hoy su terrible condición física y social requiere de cambios sociales desde el interior y la aceptación de una inversión regulada y benigna por parte de las naciones amigas (inteligencia —no sólo filantropía— para oponerse a las baladronadas del peligroso payaso de la Casa Blanca). No se puede vivir de la ayuda exterior todo el tiempo, ni tampoco continuar representando el símbolo de cambio social a ojos de algunas generaciones que todavía encarnan aquel furor revolucionario del pasado.
Por ello, Habermas planteó en filosofía, nuevas aristas para llevar a cabo la crítica de la idea del bien impuesta por ideologías rígidas. Pensar y actuar representan una buena manera de habitar el mundo, mas ahora que la globalización se olvida de la historia, se entrega a la noción de un futuro fantasioso y oneroso, y además se extiende solo al mundo presente, tecnológico y comercial. Que en paz descanse Jürgen Habermas; gracias por alejarnos del poder y del espejismo de una revolución que requería de otra clase de estructuras éticas, económicas y bastante más complejas. Las burocracias políticas y los militares sin control, supuestamente protectores del sendero revolucionario, lo pudren todo y solo ven por su propio interés, auxiliados por los fanáticos que ven en la isla un reducto del simbolismo justiciero. Aquí, hoy, los resultados están a la vista. Todavía, cuando escucho a la sonora Matancera, me acerco a las playas cubanas, a su encanto y su hermosa ciudad mayor.

