Supongo que cualquier lector perspicaz debe encontrarse harto de los embrollos relativos tanto al delincuente venezolano, como al hombre rosado desconocedor del derecho internacional, las instituciones políticas y la historia, las cuales, por lo demás, no le interesan. Como creo, insisto, deben estar hartos de un tema y un conflicto más que predecibles y ya vislumbrados o sospechados desde lo desgracia venezolana sumada a la arrogancia presidencial estadounidense, les contaré una anécdota personal que viví en Cartagena de Indias, Colombia, hace acaso cerca de veinte años.
A esta ciudad llegué acompañado de mi pareja con el propósito de participar en un festival internacional de literatura, hecho que casi ya no acostumbro repetir si no existe para ello un motivo fuera de lo común. La misantropía no es un juego para dejar al alcance de los niños. No existe un remedio a la altura de una fobia de esta envergadura. Me hospedé en el piso veinte de un hotel frente a ese mar que paseaba cauteloso en la arena sobre cuya piel se recostaban los bañistas.
En cuanto pisamos la habitación del hotel dos virtudes se me hicieron presentes de manera descarada. La primera es que a mi alcance se erguía un destacado y bien pertrechado refrigerador bar; la segunda es que los generosos vitrales ocupaban dos muros enteros y, por lo tanto, mi compañera podía acudir a la playa y realizar sus ejercicios gimnásticos, de manera que yo tuviera oportunidad de estar junto a ella, en vez de tener que acompañarla bajo el estruendoso y vanidoso sol que se cernía entonces sobre la colorida Cartagena. Mi libertad y tranquilidad parecían hallarse aseguradas, por lo menos menos dos o tres horas, contra el asedio del sol que hacía lo posible por mantener tibias y sosegadas las olas del mar en su lento e incansable avanzar y retroceder.
Una vez instalados en nuestra comodidad: yo reposado en un sillón bastante cómodo y mi compañera en las orillas del mar, me dispuse a revisar las hojas que leería al día siguiente en una bella finca, la cual, según recuerdo, hacía también los papeles de biblioteca y de solar capaz de soportar a un auditorio ataviado de lino que, en su porción femenina, alardeaba ladeando abanicos de toda naturaleza. No había revisado las primeras líneas de mi intervención cuando, desde la ventana, observé que un hombre dialogaba con Yolanda mientras ella continuaba llevando a cabo sus ejercicios corporales como suele labrar toda bailarina. El hombre, cubierto solo con unas bermudas, una faltriquera de lana y un tono nogal oscurecido, insistía en su perorata.
Debido a que, desde los tiempos de mi peculiar infancia, he sido celoso, deseaba yo descender hasta la playa y averiguar qué carajos estaba sucediendo veinte pisos abajo en el escenario playero. Cuando me disponía a llevar a cabo mi acción, el masajista —a ese oficio se dedicaba el supuesto acosador— continuó su camino en busca de otra cliente menos indispuesta. Aún así, el reprimido y disimulado coraje que lamía mis entrañas me empujó a acercarme al bar de la habitación y a servirme un trepidante ron acompañado de dos gruesos diamantes, como leí a Norman Mailer nombrar los hielos que acompañan una bebida.
Más tranquilo, terminé de leer mi brevísimo manuscrito, cuando me di cuenta de que otro hombre charlaba con mi pareja en la playa ofreciéndole ejercer su oficio de masajista el cual ella rechazaba. Realicé los cálculos pertinentes y concluí que el tiempo consumido en bajar y llegar a la playa era suficiente para que aquel otro hombre de nogal se marchara tal como lo había hecho su compañero. Acudí de nuevo al bar y esta vez aumenté la cantidad de ron cuya sustancia consumí un poco más de prisa. Acto seguido, me dejé caer en el sillón sopesando un libro en las manos. Varios minutos después me percaté de que otro hombre repetía la acción acosadora y esta vez, verdaderamente molesto, aumenté la cantidad de ron en mi vaso mientras observaba afectado de indefenso detenimiento la escena playera. “A este cabrón lo corro en dos o tres segundos”, me susurraba a mí mismo en tanto me derretía dentro de mi bebida.
Cuando horas después mi pareja llegó a la habitación, me encontró ebrio y tirado en la cama. Me conminó a recatarme y me recordó cuál era el propósito de aquel viaje. Yo apenas si podía hablar. Solo murmuré, injustamente, “playejera”, y sucumbí al sueño, el libro recostado en el piso. Hoy que recuerdo esa breve historia no puedo sino sonreír a costa de aquel pasaje, absurdo por donde se le mire.

