No sé si ustedes se han peleado a golpes en algún momento. Supongo que sí, ya que se trata de enfrentamientos inevitables. Si tienes cinco, treinta años o los que sean, un día te encuentras repentinamente involucrado en una pelea, más allá del género sexual que presumas. Yo dejé esas andanzas atrás, debido a que soy una persona mayor y cultivo otras formas de entendimiento, aunque hace unos días hice el recuento de mis pasados episodios pugilistas y casi llegan a sumar veinte. Hoy poseo un gran olfato el cual me previene de acontecimientos violentos desagradables, a pesar de que, como les cuento, me he visto envuelto en varias reyertas: Hoy sólo quisiera contarles acerca de una de ellas: mi segunda pelea. Tenía once años y mi figura delgada y desangelada no infundía ningún tipo de respeto a nadie. Mi padre —lo he narrado en un par de novelas— no perdía su tiempo en diplomacias o gentilezas anodinas: cuando había que agarrarse a puñetazos no lo pensaba más de una vez. Él sabía que algunos asuntos sólo se resuelven por la vía de los golpes y que ningún buen argumento florece en la mente de un atarantado. Lo vi guerrear tantas veces y lanzar los más floridos y fecundos guamazos, lo observé, intimidado y lleno de miedo, enfrentarse a la más variada clase de contrincantes y, sin embargo, parecía ser que yo no había aprendido nada de aquellas escaramuzas. Sobra decir que jamás lo vi rendirse ni caer; muy al contrario, es posible que, quizás, la presencia de su hijo lo llenara de ánimos marciales y deseos de exhibición guerrera. Mas ahora quiero hablarles de mi segunda pelea, como escribí líneas atrás. La primera la perdí en buena lid, como se dice, y no me avergüenza. Quien gana su primera pelea se halla condenado a un triste futuro. Esa primera vez sucedió en quinto año de primaria cuando me cerraron el ojo izquierdo con un certero derechazo. Nada qué añadir, sino lágrimas y mocos.

Un par de años después mi padre me recluyó en una escuela militarizada y en primero de secundaria tuvo lugar mi segundo combate. El jefe de grupo, quien se apellidaba Garcini, aprovechaba la ausencia del profesor de alguna materia para que dos de los cadetes del grupo nos agarráramos a trancazos. Él sólo mencionaba, sentado en la silla del profesor ausente, dos números, el 24 y el 13 por ejemplo. Y los números nombrados tenían que levantarse y boxear a puño limpio frente a todos los demás. Fue casi hasta el final del curso cuando el jefe de grupo mencionó mi número: ¡53! y otro más, de manera que tuve que cumplir con el malvado ritual que divertía y estimulaba al resto de los estudiantes cuyos números no habían sido cantados en alta voz. Mi oponente me dio un par de golpes y caí derrotado, humillado, fuera de la mirada de mi padre, obviamente, quien me habría reprobado con su mirada tirana y altanera. Pasamos, aquellos cadetes primerizos, a segundo de secundaria y el niño o adolescente que me había exhibido un

año antes intentó, en un rincón del patio de la escuela, amedrentarme o tomarme de bufón, y entonces, me apena escribirlo, le puse una buena felpa, tan duro lo ablandé que me respetó hasta la preparatoria y si aún sigue vivo seguro me seguirá teniendo temor. Fue entonces, en esa revancha, por llamarla de algún modo, cuando me di cuenta de que la causa de mi primera derrota en el salón de clases había sido el público, mis compañeros, las miradas morbosas. Mi timidez mostrada en el escenario me había apabullado; no los golpes de aquel botarate. Después de los acontecimientos referidos aprendí a no hacer alardes arrogantes y también a alejarme del público si me hallaba en un ring improvisado y espontáneo. Siempre he sido un hombre tímido cuando se trata de meterme en una pelea. Mas como he escrito aquí, me he retirado de esas faramallas, aunque conservo la discreción y la mesura. Creo que de todas mis experiencias gladiadoras, esta que acabo de describir es la única que merece ser contada. El resto es asunto mío y olvidado.

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