Las obras que solemos llamar artísticas y que no son mera retórica superficial sostenida en alguna clase de lenguaje o conceptos superficiales, carecen en esencia de un mensaje preciso: no son didácticas ni un manual en donde se explique el significado de la obra. Recuerdo aquella vez que charlando con la crítica Raquel Tibol ella se expresaba de manera vehemente y firme acerca de la obra de ciertos artistas. Hubo opiniones con las que no estuve de acuerdo, pero tenía frente a mí a una de las más notables críticas de arte y su solo juicio contenía una gravedad que no podía ser ignorada. Buena parte de la discusión versó sobre la artista mexicana Teresa Margolles y sus dudas acerca de algunos aspectos del trabajo de la sinaloense me llevaron a profundizar más en su quehacer (escribí para dos de sus tantas exposiciones; una vez en Leipzig y otra en Roma). Hoy la sigo considerando una artista fundamental en el arte contemporáneo. Por otra parte, Tibol auguró también firmemente que yo me suicidaría, y aunque esta es una anécdota secundaria su vaticinio me inspiró cierto desasosiego, temor y desazón. Hasta los días presentes sus sospechas al respecto no han sido ratificadas.

Vayamos al joven artista del que me quiero ocupar en esta columna. Los escenarios creados por Christian Aguilera (Avantgardo), carecen de una orientación trivial, reconocible y se aproximan continuamente al juego transgresor. Es evidente que el juego no es explícito ni la transgresión es ordinaria porque en sus piezas no existe una realidad que deba ser imaginada como un hecho definitivo, ni tampoco como una política que represente a dicha realidad. El juego, consecuencia de la observación sagaz, el temperamento irónico y la puesta en marcha de un cinismo icónico, aparece en las piezas de este artista que no busca la crítica moral, aunque sí la burla o el escarnio mordaz y constante de este tumulto heterogéneo colmado de seres éticamente lamentables que en general nombramos sociedad. La primera obra que miré de este artista fue una biblioteca colmada de libros de unicel. Lo envidié, pues comparados con la ligereza de su librero, el peso de mis volúmenes reales representa una tumba de la que ya no podré escapar.

La exposición Once Upon a Time in Chapultepec Heights, que recién acaba de exponer, es una muestra de mis palabras recientes: en esta obra Avantgardo alude a una mujer adinerada que esquía en algún lugar del mundo mientras se angustia, obsesionada a causa de la posibilidad de que su sirvienta hurte su mansión en Las Lomas (el decadente y oneroso residencial que se ha convertido en símbolo permanente y enraizado en la imaginación colectiva de la Ciudad de México). Existe en la actualidad, entre algunas vecinas de este residencial, el rumor de que una banda de sirvientas se dedica a vaciar las mansiones cuando los dueños de estas vacacionan. Una vez saqueada una casa, dejan como firma de su poder un bloque de jabón Zote que muestra una llave incrustada en su superficie. El ludismo propio de la obra de Avantgardo, se inclina más hacia la idea del juego que nos proponía Georges Bataille como transgresión, erotismo y derroche, que a la de Roger Caillois, por ejemplo, más antropológica y humana. No obstante, en sus obras el artista da una vuelta de tuerca inesperada y crea la paradoja que nos pregunta: ¿Cómo puede ser transgredido lo que ya en sí es ridículo y extremo en su propia existencia? ¿Aquello que se destruye para exhibirse? Christian sabe siempre encontrar la obsesión primitiva que se anida en el ego de los más diversos especímenes humanos. Hace de la exhibición obscena un bodegón contemporáneo. Es un artista cuya perspicacia suele ser emocionante e incluso adictiva. La ironía de su lenguaje es compleja, crítica, cínica y se encuentra lejos de enviarnos un mensaje descifrable o retórico. Resulta peligroso y estimulante aproximarse a la obra de Avantgardo; yo lo he intentado.

*(Una mirada a la obra de Christian Aguilera; Avantgardo)

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