El fin de semana pasado, fuimos testigos —aunque apenas estamos en febrero— de lo que probablemente terminará siendo una de las historias del año en el mundo del golf: después de 12 años marcados por excesos, problemas personales y una ausencia total, el estadounidense Anthony Kim volvió a ganar un torneo frente a un público masivo, en el grupo final y enfrentando nada menos que a dos de las máximas figuras de LIV Golf: Jon Rahm y Bryson DeChambeau, dos de los jugadores más influyentes en el último lustro.
A principios de este milenio, AK apuntaba a ser el heredero natural de Tiger Woods. Su golf agresivo, combinado con un carisma poco común, lo perfilaban como uno de los grandes referentes de la nueva generación. Sin embargo, las lesiones y una decisión —tan repentina como enigmática— de desaparecer del ojo público, transformaron a Kim en mito.
En 2024, el estadounidense de origen coreano reapareció en LIV Golf, en medio de la polémica. Su regreso fue tan impactante como desconcertante: Una imagen física muy distinta y resultados iniciales decepcionantes. Pero el talento no desaparece. Con trabajo, paciencia y determinación, Kim volvió a levantar un trofeo profesional. Para muchos, el regreso más impactante en la historia reciente del golf. Sin embargo, existe al menos un retorno que podría colocarse por encima.
En febrero de 1949, Ben Hogan, una de las grandes figuras de su época, sufrió un brutal accidente automovilístico. El Cadillac en el que viajaba junto a su esposa fue embestido por un autobús de más de nueve toneladas. Estuvo al borde de la muerte.
Menos de un año después, en enero de 1950, terminó segundo en el Abierto de Los Ángeles, en Riviera. En abril, fue cuarto en el Masters de Augusta. En mayo, consiguió su primera victoria tras el accidente, en el Greenbrier Pro-Am. Pero la verdadera hazaña llegaría en junio, en lo que pasaría a la historia como el Milagro de Merion.
El US Open se disputaba, entonces, a 72 hoyos, pero con un formato más exigente: dos rondas el último día. Hogan inició la jornada final a dos golpes del liderato. En el hoyo 18, ejecutó uno de los golpes más famosos en la historia del golf, un hierro 1 que forzó el desempate. Al día siguiente, jugó otros 18 hoyos. En total, 54 en dos días, para un cuerpo que apenas 16 meses antes estaba destrozado. Necesitaba comenzar su rutina cinco horas antes de cada salida, sumergirse en baños de hielo y vendarse.
Con 90 hoyos disputados en cuatro días, Hogan ganó su segundo US Open. Un año más tarde, conquistó el primero de sus dos Masters y, en 1953, su único Abierto Británico. Se retiró con nueve Majors, seis posteriores al accidente. Si lo de Anthony Kim es una historia extraordinaria de redención, lo de Ben Hogan es una epopeya.


