La iniciativa de reforma electoral “claudista” derrotada ayer nos heredó un glosario de claves, de “tics” obradoristas. El redactor Gómez y la firmante Sheinbaum autoidentificados de “izquierda” de la UNAM, tanto en 1968 como 1986, cada uno en sus luchas acompañadas y enfrentadas por los mejores rectores de la UNAM de la época moderna, Javier Barros y Jorge Carpizo, respectivamente; exigían la fortaleza de la educación pública, y se rasgaron las vestiduras con la satánica privatización. Pues esa iniciativa era privatizar y censurar el debate electoral. Privatizar porque intentó regresarle tiempos de radio y televisión del Estado a sus concesionarios. Si los spot o anuncios de tele enfadan y enojan al ciudadano, ¿por qué no prohibirlos, y usar esos tiempos oficiales en debates nacionales para exhibir miserias y fortalezas de cada partido? Además, estaban dispuestos a censurar las plataformas digitales. No le interesa a Morena la retórica, ni argumentar, ni convencer, esos no son sus verbos; los suyos son acarrear, movilizar, someter. Su músculo es el territorio, los desnuda el auditorio. Tienen dinero, despensas, dádivas para repartir, no tienen ideas por exhibir. Su dizque humanismo es falsario. ¿La prueba? La llamada “exposición de motivos” de la iniciativa que la mandataria envió al Congreso. Y fracasó.
Ese “querer presidencial” para reformar la Constitución, esas “razones” (es un decir) que firmó la presidenta Sheinbaum, son el cúmulo de disparates obradoristas que venimos escuchando desde hace un sexenio.
Arrancó con los famosos “Sentimientos de la Nación” del michoacano Morelos. Bien. Ese documento habla de “división” de poderes que no existe en México. La Corte perdona deudas fiscales millonarias por instrucciones de Palacio Nacional para contentar a Trump y rogarle firmar el Tratado Comercial. También Morelos exigió alejar a los mexicanos de la rapiña. Pemex es víctima de una rapiña insolente. La opulenta fiesta de quince años que organizó el contratista Juan Carlos Guerrero Rojas no es lo que “siente la Nación”.
El documento dice con facilismo histórico que el espíritu democrático “permaneció negado durante tres siglos de dominación colonial”. Jajajaja. Los mexicas prehispánicos que gobernaban en un sistema de castas, donde un nepotismo criminal decidía al tlatoani en turno, sediento de la sangre de sus vecinos, ¿eso era “espíritu democrático”’. Entonces ¿la pedrada a Moctezuma es revocación del mandato?
La citada Acta de Independencia de México del 28 de septiembre de 1821, que funda la Nación mexicana —como dice la Presidenta—, la escribió y firmó el michoacano Agustín de Iturbide, primer jefe del Ejército Trigarante (verde, blanco y rojo de nuestra bandera) y, por cierto, también firmó esa Acta, Matías de Monteagudo, el mismo que declaró a Morelos “hereje” y perturbador de la paz. La historia tiene contradicciones. No todo es blanco y puro donde se acomoda Morena, ni negro donde pretende arrinconar a sus adversarios.
Por último, una de las razones más trágicas, sino risibles, de la iniciativa es advertir del “escandaloso” fraude electoral de 1988. (Ya sabemos la cantaleta del fracaso obradorista de 2006, cuyas “pruebas” llevaron la propia Claudia y Noroña en ¡cajas vacías!, no a la autoridad porque no tenían nada, sino a las oficinas de Felipe Calderón, jajajajaja).
Es un avance del escrito sugerir por su oficio al artífice del fraude electoral de 1988, Manuel Bartlett Díaz: ¡ladrón de votos! Ese espíritu de Bartlett movió la pluma de Pablo Gómez o de Jesús Ramírez Cuevas, el primero asesino de la democracia moderna, los segundos, ¡eso!, segundones, simples ineficientes. Ojalá les encarguen el Plan B.
Diputado federal
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