La vergonzosa guerrita de declaraciones, seguida por el pleito en plena oficina oval entre Trump y Zelensky, está marcando un punto de quiebre en las relaciones entre América y Europa y alimentando la incertidumbre ante lo que parece un capricho vil del presidente Trump.

¿Qué está pasando? Hay 3 opciones

La primera es que Trump es un malo malísimo que le quiere regalar Europa a su compa Vladimir Putin, para esparcir la miseria y el dolor por el mundo entero. Suena a guion de caricatura mediocre, pero la han repetido por miles en la prensa global, y quizá algo de cierto tenga.

La segunda es que el viraje de Trump sea consecuencia de un mero enfoque en reducir el gasto gubernamental, a partir de una visión parroquial y aislacionista; un simple “el mundo queda muy lejos”.

La tercera, que vale la pena analizar más a fondo, es que -solo quizá- hay una buena razón detrás del delirio de Trump. Quizá, detrás de la negociación para alcanzar la paz en Ucrania, lo que realmente está en juego no es solo la soberanía de la propia Ucrania, sino la sobrevivencia de Rusia. No descartemos que La Casa Blanca ha llegado a la conclusión de que mantener a Rusia en una pieza está en el mejor interés de la Seguridad Nacional de los Estados Unidos.

Suena raro, pero paciencia, ahora me explico:

La Federación de Rusia no es un país viable a mediano y largo plazo. Está condenado a la extinción, y el caos resultante es un peligro, no solo para los rusos, sino para el mundo entero.

Vamos desde el inicio:

“Rusia” no es solo una república tradicional, es una federación, con casi un centenar de integrantes, incluyendo 24 repúblicas. Aunque, durante siglos, los gobiernos han impuesto la “rusificación” de sus súbditos, estos siguen siendo muy diversos, no solo en términos étnicos, sino religiosos, de lenguaje y hasta de intereses regionales. Algunas repúblicas se separaron durante la caída del comunismo; otras (como Chechenia) lo han intentado violentamente en los años posteriores. La unidad rusa se construyó al filo de una bayoneta, y así se ha mantenido hasta ahora.

La Federación de Rusia es un país con apenas 140 millones de personas y una economía de tamaño similar a la de México, pero esparcida en un territorio 8 veces mayor, con una industria y políticas absolutamente corruptas y ancladas en la explotación de materias primas, de forma que es incapaz de competir en el mundo moderno; y su atraso se vuelve más evidente conforme Estados Unidos y China avanzan en las nuevas revoluciones tecnológicas.

La Federación de Rusia vive una letal crisis demográfica. La población topó en aproximadamente 145 millones de habitantes y ya se está reduciendo, mientras que la edad promedio sube sin remedio, superando (en 2023) los 40 años de edad.

La tasa de fertilidad se ubica apenas en 1.4 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reemplazo (2.1), a pesar de la propaganda y hasta los sobornos gubernamentales de hasta 100 mil rublos para que las mujeres jóvenes se embaracen. La población ha envejecido y las dinámicas sociales se han degradado hasta el punto de que el problema no es el que hayan dejado de tener hijos; es que ya no pueden tenerlos.

El tren demográfico ya se les fue de la estación. Rusia está condenada irremediablemente a perder por lo menos a la mitad de sus habitantes en los próximos 70 años y, si conservar la estabilidad regional territorial es casi un milagro ahora -con 140 millones de personas- conservarla con apenas 70 millones va a ser básicamente imposible.

Conquistar Ucrania, el último capricho

Rusia no tiene futuro viable. Antes de 20 o 25 años, la Federación rusa se habrá dividido; por eso a Putin y sus cómplices les urgía invadir Ucrania. Para la tiranía de Moscú, Ucrania representa mucho más que un trofeo publicitario, es un elemento clave de su seguridad geopolítica. Si no controlan Ucrania, los rusos quedan irremediablemente vulnerables.

¿Por qué se lanzaron a invadirla en 2022? Porque los asesores de Putin sabían que esa era la última oportunidad que tenía Rusia para lanzar una gran guerra. La última gran generación de jóvenes rusos se apostó en Ucrania y la echaron a perder.

Putin y compañía esperaban que el gobierno ucraniano colapsara en cuestión de horas; la valentía de Zelensky, de su gobierno y de su pueblo, los tomó completamente desprevenidos. Con el colapso de la invasión inicial a Kiev se desplomó la estrategia rusa, reemplazada por un retorno visceral y casi instintivo a las viejas mañas de pelear aventando soldados al mayoreo.

¿Por qué? porque los rusos se han vuelto tan profundamente corruptos, que la tranza y la incompetencia han quedado impresas en el núcleo de su forma de gobierno. Aun siendo conscientes de que lo que están desperdiciando en la criminal invasión a Ucrania era la última generación de jóvenes rusos, optaron por tirarlos al matadero a cambio de un capricho y una oportunidad para quedarse con más presupuesto.

La “operación especial” contra Ucrania, que se suponía para un par de semanas, ya lleva 3 años y Rusia no tiene prácticamente nada que mostrar en cuanto a resultados, más allá de un puñado de victorias pírricas.

En territorio Ucraniano, la Federación de Rusia ha perdido -dependiendo a quién le quiera usted creer- a entre 700,000 y 800,000 mil soldados (incluyendo muertos y heridos). No solo es que Rusia se haya quedado sin su ejército (que eso de por sí es grave); es que perdió quizá a la mejor parte de su última gran generación de jóvenes, lo que profundiza el desequilibrio y la crisis demográfica.

No solo es el costo de los muertos, sino los cientos de miles de personas que, de regreso en territorio ruso, ya no podrán trabajar, producir, casarse ni reproducirse plenamente; cargarán durante toda su vida las secuelas físicas, mentales y espirituales de la guerra.

Rusia se acabó a su ejército profesional; tiene que lanzar reclutas cada vez menos preparados -y por lo tanto cada vez menos efectivos. Además, ya consumió buena parte de sus arsenales; todo lo que le había quedado de la Guerra Fría: sus tanques, blindados, y municiones, desperdiciados a cambio de un puñado de tierra ucraniana.

Resumiendo: No tienen una economía capaz de competir en el mundo moderno, no tienen población, y ya no tienen ejército, lo que les queda no les alcanza ni para cuidar bien sus fronteras. No tienen, para acabar pronto, futuro como país.

Y aquí entra Trump

La federación rusa, inevitablemente condenada, se mantiene unida un poco más, a través de una mezcla de intereses creados, inercias políticas y la habilidad maquiavélica/criminal de Vladimir Putin. En esas circunstancias, los Estados Unidos (y Occidente en general) tienen de dos sopas.

La primera (y la más emocionalmente satisfactoria) es dejar que el gobierno ruso se ahorque en el nudo que ellos solitos se pudieron al cuello, que el país colapse, que Putin se enfrente con las consecuencias de sus crímenes e incompetencia y que acabe en una celda de la corte internacional como Milosevic o Karadzic, mientras las regiones y repúblicas rusas siguen su propio camino.

¿Cuál es el problema? Hay dos posibilidades muy preocupantes de esa “sopa”

Que caiga todo y que, en ese proceso, la “pedacera” resultante quede en manos de grupos étnicos radicales y/o directamente de China. De por sí, las circunstancias han orientado a Rusia a convertirse en algo muy parecido a un súbdito de Pekín; si la ruta sigue como va y Rusia colapsa, China va a quedarse con la mayor parte del botín.

La otra es el caos nuclear. Rusia sigue teniendo el arsenal de bombas atómicas más grande del mundo. La inevitable ruptura de la federación (especialmente en un escenario de colapso rápido) implica que ese arsenal nuclear se va a fraccionar. En lugar de que estén en un par de manos, las bombas quedarán repartidas quizá en 10 o 15 gobiernos, inevitablemente más ineptos y corruptos que el actual, lo que aumenta exponencialmente el riesgo de una guerra; entre más gente tenga acceso al “botón nuclear” es más probable que alguien esté lo suficientemente loco o sea lo suficientemente idiota como para provocarla.

Eso nos lleva a la sopa número 2, que -creo- es la que ha elegido la administración Trump:

Rusia es una bomba de tiempo.

¿Qué haces con una bomba de tiempo? La desactivas.

¿Y cómo desactivas, una bomba de tiempo? Cortas los cables, con cuidado, en el orden correcto.

Así que, o a Trump se le zafó un tornillo, o es villano de caricatura …o lo que quiere es desactivar la bomba rusa, y para ello necesita la “paz” en Ucrania, por más incómoda e injusta que ella resulte para los propios ucranianos.

¿Cómo podría verse esa desactivación?

El primer punto es alejar -aunque sea parcialmente- a Rusia de la órbita de China y regresarla a la órbita occidental, considerando que Europa (con sus “energías verdes” y el pánico de países como Alemania hacia la energía nuclear) seguirá dependiendo del gas ruso. Si ese gas cae en manos chinas, entonces la hebra de la dependencia se extendería desde Berlín hacia Pekín, y eso no sería bueno.

Al mismo tiempo, a Rusia muy probablemente le URGE que occidente le aviente un hilito. Necesitan, sí o sí, el apoyo de un bloque internacional y – a pesar de todo lo pasado- Estados Unidos es mucho más agradable como patrón que China.

El segundo objetivo es darle a Putin el margen de maniobra política que le permita mantenerse en el poder unos años más y comprar tiempo para definir un plan de sucesión.

Vladimir Putin no se está volviendo más joven; y por más que emocionalmente quisiéramos arrastrarlo por las calles y darle una zurra al estilo Gadafi o Sadam, basta regresar la mirada unos años atrás para ver que eso resulta en caos. El relajo que se armó en Irak y en Libia con la caída de sus autócratas consumió cientos de miles de vidas y destruyó a sus países. Imagínense el tamaño que tendría esa caja de Pandora en un gigante como Rusia. Entonces, Estados Unidos no puede dejar que Putin caiga sin que haya un plan en marcha.

El tercer objetivo, es llevar a cabo una demolición controlada de la Federación de Rusia, garantizando en el proceso que el arsenal nuclear no termine en malas manos; o, mejor dicho, en manos impredecibles. Rusia va a colapsar. ¿Qué hacer? Una demolición controlada.

Llegar a un acuerdo respecto a Ucrania abre el margen para que Estados Unidos pueda influir/acompañar una demolición controlada de Rusia, en lugar de que la federación colapse de un momento a otro en un proceso caótico… o, por lo menos, esa es la esperanza.

Esta demolición también buscaría evitar que, en el camino a su inevitable final, Rusia se sienta acorralada y recurra a su arsenal nuclear.

Esto es especialmente importante ahora, porque Rusia ya perdió a su primer gran disuasor, que era el prestigio de sus fuerzas armadas y la enorme cantidad de maquinaria bélica heredada de la guerra fría. Perdieron el respeto, y los tanques, y los blindados, y buena parte de todo lo demás.

Esto significa que, de ahora en adelante, las armas nucleares son el único disuasor que le queda a Rusia (poniéndola en una situación similar -y mil veces más peligrosa) que la de Corea del Norte. Los rusos se van a poner malacopa y lidiar con ellos requerirá la astuta prudencia de un buen cantinero, para que se vayan a dormir la borrachera antes de incendiar el local.

Por supuesto, hay riesgos

Ahora bien, el éxito de esta estrategia no es 100% seguro. Cuando intentas desactivar una bomba también enfrentas la posibilidad de que esta acabe explotando y te mate en el proceso. Quizá te funcione, pero también puede estallarte en la cara. ¿Cuáles son los principales riesgos?

Primero. Es una traición a Ucrania. Hay que decirlo con sus palabras completas: abandonar la guerra en este punto es abandonar a Ucrania a mitad del camino y echar de lado en el sacrificio de los cientos de miles de ucranianos que han dado vida y salud en el campo de batalla; y lo han hecho no solo por su país, sino por la protección de todo occidente.

Esa traición implica un dolor enorme en millones de personas concretas, con hombre y apellido; y además envía una señal de debilitamiento para la alianza occidental.

Segundo. Implica el riesgo de que la relación entre Estados Unidos y Europa se rompa -o, por lo menos, se enfríe, reduciendo su efectividad en el plano global. Kiev no es Las Vegas; lo que pase en Ucrania no se quedará en Ucrania, tendrá efectos en todos los espacios de colaboración entre Washington y las capitales europeas.

Tercero. Rusia podría “envalentonarse” e intentar nuevas operaciones contra otros países europeos, particularmente aquellos donde exista una minoría étnicamente rusa o rusófila, a la que Moscú pueda recurrir en un intento más o menos desesperado por elevar población.

Dicho lo anterior, tomando en cuenta las ventajas y riesgos posibles, la duda permanece ¿es el camino correcto?

De entrada a la luz de las declaraciones caprichosas y las vergüenzas de estas semanas, pareciera que la Casa Blanca está encaminada al fracaso, pero ya nos ha pasado varias veces que pensamos que Trump va a meter la pata y acaba dándole la vuelta a la situación, así que solo el tiempo nos dirá sí detrás del dramático viraje en la relación con Ucrania se esconde un mero entreguismo en favor de Putin, una visión parroquial de aislarse del mundo y ahorrar centavos, o una estrategia más profunda para prevenir el colapso de Rusia, que es quizá el mayor riesgo a la sobrevivencia de la raza humana en la que resta de nuestro siglo. Ya lo veremos …o no.

Doctor en Derecho, profesor, escritor y consultor político. Su nuevo libro es "La forma del futuro: del metaverso y los macrodatos, a la civilización de la soledad y las nuevas lealtades".

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