El hombre es parte de la naturaleza y su guerra contra la naturaleza es, inevitablemente, una guerra contra sí mismo. Así lo advirtió Rachel Carson en Primavera Silenciosa en 1962.[1] Más de seis décadas después, esas palabras resuenan con urgencia feroz. El cambio climático no es una amenaza lejana, es una crisis presente que está reconfigurando nuestras sociedades y, sobre todo, nuestras vidas.
La justicia climática es justicia social. No es una consigna vacía, es una verdad ineludible. Cada decisión que tomamos respecto al medio ambiente impacta directamente en el bienestar de las personas, especialmente en las más vulnerables. Cuando se destruyen ecosistemas, se contamina el agua y se degrada el aire, las primeras víctimas son las comunidades marginadas. No es solo un problema ambiental, es un problema de derechos humanos.
Los datos son demoledores. Según la agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), el 84% de las personas refugiadas y solicitantes de asilo en 2022 huyeron de países altamente vulnerables al cambio climático. En 2019, cerca del 95% de los desplazamientos causados por desastres fueron provocados por fenómenos climáticos extremos, principalmente tormentas e inundaciones. En apenas una década, el desplazamiento forzado en el mundo se duplicó de 41 millones en 2010 a 82.4 millones en 2020.[2] ¿Cuántos millones más serán necesarios para que reaccionemos?
México no es ajeno a esta crisis. Para 2050, entre 1.7 y 3.1 millones de personas podrían verse obligadas a abandonar sus hogares debido a las afectaciones ambientales, de acuerdo con el informe Desplazamiento interno por megaproyectos, cambios en procesos productivos, afectaciones ambientales y cambio climático en México.[3] Municipios enteros están en riesgo. La comunidad El Bosque, en Tabasco, fue la primera del mundo en desaparecer por el calentamiento global. No será la última.
Ante este panorama, la inacción es complicidad. No basta con reconocer el problema, es urgente actuar. Se necesitan campañas de educación ambiental, voluntad política para hacer cumplir las leyes y, sobre todo, un involucramiento real de las empresas y la sociedad en la mitigación de los efectos del cambio climático.
La educación es clave. Organismos internacionales insisten en que formar a las nuevas generaciones en temas ambientales es una de las herramientas más poderosas para combatir la crisis climática. Un estudio de UNICEF reveló que uno de cada tres jóvenes activistas considera que la educación ambiental debería estar integrada en las políticas y planes climáticos de los gobiernos.[4] Es un llamado de atención que no podemos ignorar.
En México, las leyes ambientales existen, pero su cumplimiento es laxo. El sector inmobiliario es un claro ejemplo: según el estudio El punto de inflexión climático de la consultora JLL, más del 50% de las poblaciones y áreas construidas en el país están expuestas a ciclones tropicales extremos.[5] Además, cada año se producen informalmente 550,000 viviendas, sin planificación ni infraestructura adecuada, dejando a cientos de miles de familias en situación de vulnerabilidad ante la escasez de agua y energía, y expuestas a desastres naturales. La Ciudad de México, de hecho, está entre las 12 ciudades más vulnerables al riesgo climático en el mundo.
El 2024 ha sido el año más caluroso registrado en la historia. ¿Cuántos récords más vamos a romper antes de reaccionar? ¿Cuántas comunidades más deben desaparecer? ¿Cuántos millones de desplazados serán suficientes para aceptar que esta crisis nos afecta a todos?
El cambio climático no es un problema abstracto ni lejano. No es un tema de ecologistas o de científicos. Es una crisis que golpea nuestras casas, nuestras ciudades y nuestras economías. Exige políticas públicas robustas, mayores presupuestos para mitigar sus efectos y un compromiso empresarial real. Pero, sobre todo, demanda un cambio de mentalidad en cada uno de nosotros.
Estamos perdiendo la guerra contra el calentamiento global y, lo peor, es que es una guerra que libramos contra nosotros mismos. No hay escapatoria, solo hay acción o resignación. La diferencia entre ambas definirá el futuro de la humanidad.
[1] https://www.scielo.cl/pdf/arq/n103/0717-6996-arq-103-50.pdf
[2] https://www.acnur.org/media/direcciones-estrategicas-del-acnur-2022-2026
[3] https://www.eleconomista.com.mx/politica/Por-cambio-climatico-hasta-3.1-millones-de-desplazados-20240216-0006.html#:~:text=3%3A00%20min-,Por%20cambio%20clim%C3%A1tico%2C%20hasta%203.1%20millones%20de%20desplazados,clim%C3%A1tico%20y%20la%20protecci%C3%B3n%20civil.
[4] https://www.unicef.org/lac/media/29261/file/U-Report-esfuercense-mas.pdf
[5] https://www.jll.com.mx/es/trends-and-insights/research/el-punto-de-inflexion-climatico#:~:text=A%20medida%20que%20el%20mundo,y%20cada%20vez%20m%C3%A1s%20urgentes.