Aunque no hay tal cosa como que de un día a otro —concretamente, del 31 de diciembre al 1 de enero—, el universo haga un corte de caja y nuestras vidas comiencen nuevamente de cero, sí es verdad que —en nuestras mentes— la primera página del calendario es un libro en blanco donde todo lo que deseemos puede escribirse.

Cada enero es un nuevo disparo de salida con el que buena parte de la humanidad se plantea cumplir con todo tipo de metas: Amorosas, sexuales, financieras, turísticas, intelectuales, estéticas, de salud y, por supuesto, deportivas. Las encuestas y las estadísticas coinciden en que entre cuatro y cinco de cada 10 propósitos de Año Nuevo están relacionados con movernos más, con hacer ejercicio o “ponernos en forma”.

El cuerpo aparece, cada vez más, como ese territorio donde queremos empezar de nuevo.

Apropiarnos de él nos permite sentirnos más dueños de nuestra vida. Someterlo al esfuerzo, extenuarlo y —al final— salir vivo de nuestra propia lucha con una gran respiración, nos da aliento para creernos y sentirnos capaces de lo que sea.

Cuánta gente no siente en estos días el impulso de salir a trotar —o, incluso, a hacer cuestas— antes de que amanezca; a retarse a sí mismo; a cortarse estrafalariamente el cabello y regresar a vaciar su clóset y ordenar sus cajones, porque es ahí, en esos recovecos del alma y los rincones más íntimos, donde nacen las revoluciones y se perpetran los auténticos cambios.

Yo me apunté a un maratón para el próximo diciembre. Es muy simbólico para mí, es recuperarme.

Y —de paso— inscribí a mi esposa. Dice que nunca le pregunto, que siempre impongo mi voluntad y hago lo que me da mi gana en estas cosas, sin consultarla. Y como este año, entre otras cosas, me he propuesto no discutir, le digo: “Sí, es una venganza”.

No es porque yo haya nacido en estas fechas, pero este primer mes del año, con sus cielos tan azules, está lleno de claridad.

Es un espejo que siempre está aquí, a la espera de que volteemos a vernos, para decirnos nuestras verdades.

A pesar de los pesares y de lo convulsionado que arrancó el año, respiro buenas cosas, una sensación que huele a posibilidad en el ambiente y una voz parecida a la mía que, si cierro bien los ojos, silenciosa me reitera que confíe: Retoma el control, el contacto, los sueños y la disciplina.

No hay tal cosa como que —de un día a otro— las cosas sean distintas, simplemente hay amaneceres y los más propicios son los de enero.

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