Los duros vientos que enfrenta la República sólo pueden ser sorteados bajo una visión de estado que privilegie el interés público.
Nada puede estar por encima de ello.
De otra forma, se arriesga la soberanía, la integridad territorial, la dignidad.
Cuando se han antepuesto intereses, lealtades o ideologías a esta visión, las consecuencias han sido terribles: guerra civil, invasión, amputación territorial.
Minimizar el riesgo sería un error de cálculo fatal.
Pero hay salida.
La jefa del ejecutivo debe entender que no debe quedar bien con nadie, salvo con el pueblo de México.
Bajo esa visión, no hay exigencias externas que atender; no hay lealtades internas que valgan. No hay ideologías que pervivan a la independencia nacional.
Es tentador abrazar el discurso nacionalista. Históricamente, todo gobernante sabe que, cuando cruje el sistema por dentro, se debe recurrir al fantasma de la amenaza externa.
Pero eso es un paliativo. No cura: mitiga.
Quien gobierna para la veleidosa veleta de la opinión pública, termina por no gobernar.
La soberanía se pierde cuando se obliga a la gente a pagar extorsión. Cuando es imposible transitar autopistas. Cuando hay territorios sin estado, aunque sí con autoridad ilegal.
Hablar de una patria libre bajo ese yugo es un eufemismo.
México tiene que recuperar su influencia y liderazgo en el continente. Debe hacer valer sus lazos económicos y culturales con nuestros socios. Debe articular un frente amplio para salvar el TMEC. Debe cumplir y hacer cumplir la ley. Debe encarcelar a quien haya traicionado a la gente. Debe la presidenta erigirse como la defensora —firme, independiente y digna— del interés nacional.
Debe liberarse del chantaje: del de afuera y del de adentro.
Cárdenas respondió a la insolencia de John Walker, representante de la empresa petrolera el Águila, quien cuestionó su autoridad en una reunión, expropiando la industria.
Guerrero se deslindó de su padre rechazando el perdón que le ofrecía en nombre del Virrey con la famosa frase: “la patria es primero”.
Carranza rechazó la amenaza de Manuel Pelayo —jefe de las guardias blancas de las empresas petroleras de la Huasteca Veracruzana, que había secuestrado a su hermano Jesús y amenazaba matarlo si no se retiraba el artículo 27 constitucional— con una frase lapidaria, que le costaría la vida:
—El presidente de México no tiene hermanos.
No, no los tiene.
Ni padrinos. Ni mecenas. Ni socios.
Tampoco partido.
La visión de estado demanda grandeza, objetividad, pragmatismo.
Hoy se requiere una estadista al frente de la nación.
Todo lo demás es politiquería.
Y esa es siempre muy costosa.
Llegó el momento de decidir.
@fvazquezrig

