En 1973, su presidencia agonizante, Richard Nixon tuvo un penoso arrebato público. Acosado por la prensa, empujó en un evento a su vocero, Ronald Ziegler. Lo tomó por la solapa y le gritó:

—¡No quiero a ninguno de ellos aquí!— y lo empujó hacia el enjambre de reporteros.

Los exabruptos públicos de una persona de poder no son anécdotas: son una radiografía. De su estado de ánimo, su control y templanza.

En México, cada semana parece un viacrucis.

La pasada comenzó con las camionetas de lujo de la Suprema Corte de Justicia. Concluyó con una costosa cena de la presidenta de Morena en un restaurante de lujo en Acapulco. La austeridad es un llamado a misa.

Entretanto, el crimen ejecutó en Colima a dos familiares cercanos al Secretario de Educación Pública y aspirante a gobernar ese estado. En Sinaloa atentaron contra dos diputados de MC. En Hidalgo secuestraron a miembros de la Guardia Nacional y ejecutaron a su comandante.

Hacia adentro, Morena se tensa y desgarra: a Salomón Jara le votan 40% para que se le revoque el mandato y el PT, su aliado, lo acusa de inflar urnas para impedirlo. En Campeche, Layda Sansores pierde el control del Congreso: 4 de sus diputados se unen a MC para impedir la contratación de una deuda de 100 millones de pesos. En San Luis, su gobernador, Ricardo Gallardo, declara que la reforma electoral nació mal y habrá que meterle mano. Ojo: es otro aliado. Este del Verde.

La tensión es tal que tuvieron, ni modo, que correr a Adán Augusto de su liderazgo en el Senado: imposible seguir cargando su peso no sólo de corrupción, sino de plausible complicidad con criminales.

Las noticias económicas fueron funestas: un crecimiento raquítico, pero se registra una disminución del PIB per Cápita de 1.1% con respecto al 2018.

Pero al sancocho le faltaba el pollo.

Y fue este: tras la llamada con Trump el jueves, la postura de México fue que nada se tocó del envío de petróleo a Cuba. Trump dijo que sí: pidió su suspensión y le fue concedida (para variar). A las horas, el presidente norteamericano decretó un bloqueo, este sí de a de veras, de petróleo y derivados a la isla.

A México no le quedó más que dar su brazo a torcer y, para tapar el ojo al macho, decir que mandaríamos alimentos por razones humanitarias, sin importar que haya 34 millones de mexicanos en inseguridad alimentaria severa y moderada: con hambre, pues.

En medio de estos dimes y diretes se exponen excesos lamentables de la exembajadora en Reino Unido, Josefa González Blanco, y del todavía cónsul en Miami, Rutilio Escandón, ex gobernador de Chiapas y cuñado del defenestrado Adán Augusto.

La licuadora diplomática mexicana no impidió, en medio de todas estas tensiones, que la mismísima jefa del ejecutivo se tomara su tiempo para escribir a una carta al presidente de Corea del Sur para pedirle que el grupo coreano BTS diera más conciertos en México.

Faltaba más. Hay prioridades.

Pero la semana cerraría en San Quintín, municipio del estado gobernado por Marina del Pilar Ávila, a dos de caer por presiones de Estados Unidos. Ahí, la gente reclamó a la presidenta todo: desatención, violencia, enfermedad. Al llegar al mitin posterior, la jefa del ejecutivo regañó, altisonante y con gestos airados, a un grupo de locales.

No fue un arrebato. Fue la radiografía de un gobierno al que rebasan los problemas.

Fue la expresión del desespero.

De la impotencia.

Un golpe de mano es la única solución.

Y urge.

@fvazquezrig

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