Este año, en el Foro Económico Mundial de Davos, nos decretó una sentencia atroz. El orden global basado en el respeto (cuando menos), entre iguales y desarrollado mediante la cooperación, ha llegado a su fin. El tono de franqueza y la fortaleza de una posición estoica estuvo a cargo del señor Carney. Básicamente, acusó que el orden internacional basado en normas estaba siendo quebrado (uso intencionalmente esta palabra para señalar el carácter artero de dicho ataque). No se trata de una transición donde los acuerdos están sometidos a nuevas dinámicas. En ese caso, el cambio es producto del diálogo y de la interacción. Más bien, se trata de afectar las relaciones internacionales a partir del reconocimiento de la asimetría en el poder. El más fuerte hace valer su voluntad más allá de razones. Ni siquiera existe el espacio para la hipocresía. Se afirma la ventaja y el mayor peso como la condición central para hacer valer los intereses del más poderoso. Es una posición que raya en el cinismo y que no reconoce (de manera suicida) las consecuencias de su arrogancia.
En un juego de palabras, el canciller alemán Friedrich Merz señala que los nuevos tiempos al poder de los valores hay que matizarlo con el valor del poder. Esto quiere decir que quien se asuma más poderoso, comienza con este argumento la justificación de sus pretensiones. Ya no hay un principio de igualdad en las relaciones internacionales y toda relación con el poderoso conlleva un riesgo de sumisión. La dignidad nacional se torna en estorbo y en argumento insuficiente.
Otras voces como la de Macron o la de Ursula von der Leyen, con menos sutileza que otras veces, acusan a la necesidad de la Unión Europea como una estrategia de agregación de poder que se pueda hacer valer ante la hegemonía norteamericana, el imperialismo ruso y el expansionismo chino. Los países solos están a la merced de las grandes potencias. Se tenga antipatía o simpatía por Maduro es secundario en estos términos, el hecho es que su territorio fue ocupado impunemente y aunque luego se retiraron las tropas quedaron planteadas las bases para tomar ventaja sobre sus recursos.
Es cierto que todavía de algo sirve el prestigio internacional. Aquellos países que plantean una tradición democrática, hoy tienen mejores oportunidades de no ser arrasados que aquéllos que están dirigidos por dictaduras. Es más, la fragilidad de algunas dictaduras pasa por aparecer contraria a los intereses norteamericanos y europeos, y a su vez, a tener apoyos muy matizados por parte de rusos y chinos. En caso de ataque se ve difícil que cualquiera de estos dos tome riesgos altos en su defensa.
Qué hacer en este panorama incierto, es una tarea harto compleja para quien se sostiene en el poder en base a la corrupción y a la violencia social. Hoy, el gobierno mexicano se ve sometido a las mayores presiones para modificar su base de sustentación. Las alianzas con las organizaciones criminales y la impunidad de la corrupción, son condiciones que atentan contra la soberanía y seguridad nacional. Corrupción y violencia no son idiosincráticas, son cáncer que carcome las entrañas de un régimen político.
Debemos recordar que un límite natural al poder norteamericano (por lo menos hasta ahora), son los procedimientos electorales que definen la asignación y distribución del poder en ese país. En este sentido, la sensibilidad política de las mayorías es manipulada y asumida por los factores de poder más importantes de los Estados Unidos. Los resultados electorales son fuente de poder y por ello, límites del poder mismo. Cada vez más se nota en el país del norte un fortalecimiento del aislacionismo y con ello, un freno a la clase política para involucrarse en aventuras militares fuera del país.
Los americanos son renuentes a poner vidas y dinero en conflictos internacionales. Esta es una de las vulnerabilidades de los ucranianos frente a los rusos. Sin embargo, esto no está tan claro tratándose de temas que suceden en la frontera y que generan efectos territoriales dentro de los Estados Unidos. La migración, el narcotráfico y la extorsión a la inversión, ya sea por corruptos o por criminales, son temas que afectan al electorado norteamericano. Así lo entiende el pragmatismo de Trump. El temor a lo extraño, el riesgo de que el extranjero se apropie del país y el temor de que los cuerpos policiacos de la frontera queden sometidos a organizaciones criminales, son argumentos que constantemente aparecen en el discurso presidencial.
Por el bien de México, es momento de patriotismo, de unión en torno a tareas comunes, de que temas como la seguridad y la corrupción no sean partidistas y que se recupere la sobriedad y el respeto mutuo. Maduro se enteró muy tarde de su propia debilidad y hoy, él y su grupo son marionetas del Imperialismo. Esta es la lección.

