Cuando el presidente o la presidenta de una nación se mantiene, día tras día, en el epicentro de la conversación pública, es porque algo grave ocurre en el país. No es una ley escrita, pero rara vez falla; el grado de dificultad suele ser proporcional al porcentaje de menciones en medios impresos, digitales o redes sociales. En otras palabras, cuando la agenda política y mediática gira obsesivamente en torno a una sola figura, no se trata de liderazgo, sino de un signo inequívoco de crisis.

En el caso de Claudia Sheinbaum, la fotografía de este momento es inequívoca. A la presión interna —cada vez más visible— se le suma un factor que ningún presidente de México ha sabido manejar sin pagar un alto precio: la presión directa de Estados Unidos; y no cualquier presión, sino la de un Donald Trump que ya no necesita disimular sus métodos ni sus intenciones.

El catálogo de vulnerabilidades es amplio. Por un lado, surgen actos de rebeldía y señales de fractura entre cuadros importantes de Morena: viajes de lujo, exhibición de fortunas difíciles de explicar; por otro, se multiplican los reportes —y no solo en columnas, rumores o redes— de que agencias estadounidenses están armando expedientes contra políticos y altos mandos ligados al partido en el poder, apuntando específicamente a sus conexiones con el crimen organizado.

Sheinbaum ha optado por la resistencia. Ha declarado que no permitirá la entrada de fuerzas armadas de Estados Unidos a territorio nacional. Es una postura correcta en términos de soberanía, pero cuyo costo debilita sus márgenes de maniobra frente a un Trump que sabe negociar desde la asfixia y mantener las manos en el pescuezo de quien muestra debilidad.

A este guion se añade un elemento explosivo: la eventual aparición de pruebas irrefutables de corrupción entre liderazgos de Morena. No simples acusaciones, sino evidencia capaz de romper la cohesión interna y destrozar lo poco que queda de su prestigio. Cuando esa línea se cruce —y más de uno piensa que será pronto—, Sheinbaum quedará frente a la disyuntiva letal de seguir protegiendo una red de políticos y criminales, o sacrificar piezas clave para intentar salvar su propio gobierno y asegurar un doble acuerdo con Washington, donde el acuerdo comercial y el respeto al territorio no tengan que volverse interdependientes.

El dilema no es menor. Proteger a los suyos implica sostener la narrativa de unidad, pero también mantener intactas las razones por las que Trump considera que México tiene «una alianza intolerable con las organizaciones mexicanas de narcotráfico». Romper esa cadena, en cambio, podría darle aire político y diplomático, pero a costa de detonar una implosión en Morena de la que difícilmente se repondría (analizo este tema en mi anterior columna: ).

¿Cuánto más puede resistir la presidenta defendiendo simultáneamente a su mentor López Obrador, a los deleznables políticos que le heredó y a los criminales que presuntamente financiaron su campaña política? ¿Cuánto tardará en admitir que ese río «ya se salió de madre»?

La posibilidad de aminorar la presión existe, pero está condicionada a un acto de alto impacto: la entrega a Estados Unidos de líderes visibles del narcotráfico y de políticos de su propio partido, en trueque por un paquete comercial favorable que preserve exportaciones, empleos y estabilidad cambiaria. El problema es que esa divisa, una vez usada, pierde valor: Trump no la aceptará una sola vez, sino que la exigirá cada vez que necesite un empujón mediático, debilitando consecuentemente a Morena.

En política, como en el ajedrez, hay movimientos que resuelven la jugada inmediata pero que comprometen el final de la partida. Sheinbaum sabe que Trump la tiene atrapada en un juego que domina, con piezas de sobra para presionar, sacrificar, distraer y castigar.

Su única salida digna sería romper su compromiso con el maxiamlato, deshacerse de las herencias políticas que la atan al pasado, redefinir las reglas, fortalecer frentes internos y demostrarle al presidente naranja y al pueblo de México que aún puede marcar la agenda en lugar de reaccionar a ella.

En otras palabras: tomar —ahora sí— posesión como presidenta de México.

Pero el reloj corre. Si cede demasiado pronto, será vista como una jefa de Estado que entregó a los suyos para comprar tranquilidad temporal. Si no cede y aguanta, la presión económica y mediática podría asfixiarla antes de que pueda consolidar su proyecto. Entre una y otra opción, busca distractores corrosivos que buscan atrapar la atención de la ciudadanía, como la reforma electoral, la daga en el cogote de nuestra moribunda democracia.

En ese tablero, lo que está en juego no es solo la relación bilateral ni la estabilidad de un gobierno: es el futuro del partido que llegó al poder con la promesa de transformar al país, y que hoy corre el riesgo de convertirse en su propio verdugo. Claudia Sheinbaum pudo haberse revalorado y detenido la inundación antes de ahogarse en su propia indefinición. Hoy, con el agua en el cuello, debe decidir si hunde a su movimiento o al país.

X: ferdebuen

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