Hace unos días publiqué un artículo en donde me propuse desmontar los argumentos del profesor Luigi Ferrajoli en torno a la elección judicial mexicana. Sostuve que la opinión del jurisconsulto italiano proviene en alguna medida del desconocimiento de la nueva democracia mexicana (“Ferrajoli también es humano”, El Heraldo, 03.02.2026). Expliqué por qué la reforma judicial no necesariamente destruye el Estado de Derecho ni la separación de poderes, como afirma Ferrajoli. Sostuve que el célebre jurista no analizó la carrera judicial vigente hasta 2025 ni reparó en que, en general, todo el Poder Judicial de la Federación carecía de suficiente legitimidad ante la sociedad mexicana.
En reacción a mi texto, el profesor español Juan Antonio García Amado escribió un post en la red social X en donde criticó mi texto y dijo “asombrarse” de su título. Escribió que “no debería perderme el respeto a mí mismo” además de incurrir en críticas “ad hominem” y comparaciones hilarantes e, incluso, indecorosas.
El profesor García Amado se olvidó de ofrecer argumentos relativos a los problemas planteados. En lugar de ello, tristemente, realizó comentarios jocosos e hizo descalificaciones subjetivas, irónicas y gratuitas.
Quiero dejar en claro que no contestaré las falacias “ad hominem”, las cuales, además de impropias, son realmente infructuosas para el debate que nos exige el delicado tema de la reforma judicial.
En primer lugar, una lectura desapasionada de mi artículo habría dejado evidente que yo nunca puse en duda la estatura de Luigi Ferrajoli como jurista: se trata de uno de los más influyentes filósofos del derecho en el mundo occidental.
Lo que expuse es que Ferrajoli, siendo un jurista de alta alcurnia, es una persona humana y que, en cuanto tal, puede equivocarse respecto de particulares escenarios y contextos.
En segundo lugar, en su reacción, García Amado, no elabora argumentos que permitan entablar una conversación dialógica. No rebate mis argumentos y tampoco da respuesta a los interrogantes y dudas que planteé sobre la eficacia del sistema indirecto de designación de jueces o la inexistente relación causal entre ese método de designación y la realización efectiva de la independencia judicial.
En tercer lugar, de nueva cuenta expreso que yo no estoy ni estuve a favor de la reforma judicial mexicana. En múltiples ocasiones, en conferencias y por escrito, he afirmado que la elección popular de los jueces era una mala idea.
Lo que sí sostengo es que la carrera judicial establecida en 1994 que, en el papel, traería como consecuencia los mejores perfiles judiciales, fracasó con el paso de los años porque fue objeto de perversión y se convirtió en un sistema corrupto.
Si se elabora una opinión en abstracto y exclusivamente desde la teoría se incurrirá en el desatino de concluir en las bondades y ventajas de la carrera judicial. Desde luego, nadie en su sano juicio podría poner en entredicho que es mejor un sistema virtuoso e ideal de carrera judicial que una simple elección popular sin un examen o curso previo de conocimientos.
Sin embargo, opinar sobre ese tema prescindiendo absolutamente de la experiencia concreta, de los episodios probados de corrupción y de los abusos ímprobos que existieron en la carrera judicial nos llevará a conclusiones descontextualizadas y necesariamente equivocadas sobre el caso mexicano.
Desconocer el caso mexicano y defender la carrera judicial sin los problemas reales que padeció es un despropósito porque significaría apoyar el mal funcionamiento del sistema de formación judicial y apoyar un modelo carente de garantías para la independencia de los jueces.
Lo que afirmo es que la reforma judicial mexicana merece una oportunidad de desarrollo, una aplicación concreta, una experiencia, al mismo tiempo que atiende el problema de la aberrante ajenidad que ha tenido la sociedad con la impartición de justicia que, en México, era particularmente alarmante.
García Amado prefirió incurrir en caricaturizaciones y expresiones chuscas, irónicas y burlescas que no parecen propias de su perfil intelectual, referencial en la teoría del derecho y que había construido a lo largo de su carrera académica.
En lo personal, le tengo en alta estima, respeto y admiración. Estoy seguro que ese pensamiento y profesionalismo que le eran propios, podrían aportar mucho más a nuestro país en tiempos de transformaciones jurídicas que, justamente, tanto necesitan de sabidurías jurídicas sólidas e informadas.
Magistrado Electoral del TEPJF

