“La civilización y la barbarie no son tipos distintos de sociedad. Se encuentran -entrelazados- siempre que se juntan seres humanos” (John Gray, 2015, El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre la libertad del ser humano, ensayosextopiso, México, p. 75).
En medio de la densa incertidumbre que inquieta a la sufrida humanidad, la gasolina al incendio la obsequian las amenazas del subnormal al planeta y, en particular, a México. El día de ayer, en apoyo a sus valedores, desreguló la emisión de seis tipos de gases perniciosos para la salud que, desde 2009, se encontraban sometidos a regulación, durante el primer gobierno de Barak Obama. El clásico tipo de fracaso del mercado, del que se ocupó el profesor Pigou, y que ocurre cuando una empresa produce un mal suplementario a la sociedad -al planeta, en este caso- sin que a nadie se señale como responsable del daño producido.
Para nuestro caso, se ofrece un torbellino de pasiones en el que, de un lado, la presidenta mexicana es una mujer fantástica e inteligente y, de otro, le teme tanto al crimen organizado (el del narcotráfico es, tan solo, una parte del abultado <<portafolios>> de servicios) que les permite a sus integrantes gobernar al país. Las manos, tintas en sangre en Gaza, en El Caribe y en Venezuela, del señor Trump obligan a no tomar a la ligera las amenazas de cometer algún tipo de agresión a alguna de las múltiples regiones gobernadas por los peores. Los malos gobiernan el resto.
El escenario se muestra propicio para, al menos, intentar el ejercicio de alguna suerte de diálogo entre la muy diversa pluralidad de la sociedad mexicana para, por ejemplo y en su caso, revisar a profundidad las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Me hago cargo de la anémica fuerza de la oposición a la 4T y de la más anémica calidad de nuestra vida parlamentaria, donde un día sí y otro también se celebran escándalos impresentables; pero no podemos perder de vista que la diversidad y riqueza de la pluralidad nacional no está contenida en esos recintos.
Se ha planteado una necesidad ficticia en materia político-electoral, que habría de resolverse con una reforma política; la enormidad de poder concentrado en el Ejecutivo no justifica el acontecimiento. En el debilitado bando opuesto, se ha creado otra ficción: que siempre que se construye una reforma política, es promovida por la oposición; se olvida que una de las más luminosas reformas, en 1977, fue promovida desde el gobierno, concretamente por el inmenso Licenciado Jesús Reyes Heroles (cuando el PRI tenía ideólogos), en el ánimo de cerrarle el paso a la violencia política y otorgarle representación, voz y voto a las minorías, sin la menor intención de que dejaran de serlo. Una ayuda de memoria: en 1977 Ronald Reagan no había llegado a la presidencia en los Estados Unidos; cuando llegó, vaya que le apretó las tuercas al gobierno mexicano, con énfasis amenazante al de Miguel de la Madrid.
Comparado con el actual, aquel presidente gringo hasta parecía estadista. No es momento adecuado para echar a andar a los nuevos polkos, que los hay, sino de darle un sentido práctico y no retórico a nuestra soberanía. Esto es:
TOLERANCIA CERO A LA MENOR AGRESIÓN AL TERRITORIO NACIONAL. Si ahí “La civilización y la barbarie no son tipos distintos de sociedad. Se encuentran -entrelazados- siempre que se juntan seres humanos” (John Gray, 2015, El alma de las marionetas. Un breve estudio sobre la libertad del ser humano, ensayosextopiso, México, p. 75).
En medio de la densa incertidumbre que inquieta a la sufrida humanidad, la gasolina al incendio la obsequian las amenazas del subnormal al planeta y, en particular, a México. El día de ayer, en apoyo a sus valedores, desreguló la emisión de seis tipos de gases perniciosos para la salud que, desde 2009, se encontraban sometidos a regulación, durante el primer gobierno de Barak Obama. El clásico tipo de fracaso del mercado, del que se ocupó el profesor Pigou, y que ocurre cuando una empresa produce un mal suplementario a la sociedad -al planeta, en este caso- sin que a nadie se señale como responsable del daño producido.
Para nuestro caso, se ofrece un torbellino de pasiones en el que, de un lado, la presidenta mexicana es una mujer fantástica e inteligente y, de otro, le teme tanto al crimen organizado (el del narcotráfico es, tan solo, una parte del abultado <<portafolios>> de servicios) que les permite a sus integrantes gobernar al país. Las manos, tintas en sangre en Gaza, en El Caribe y en Venezuela, del señor Trump obligan a no tomar a la ligera las amenazas de cometer algún tipo de agresión a alguna de las múltiples regiones gobernadas por los peores. Los malos gobiernan el resto.
El escenario se muestra propicio para, al menos, intentar el ejercicio de alguna suerte de diálogo entre la muy diversa pluralidad de la sociedad mexicana para, por ejemplo y en su caso, revisar a profundidad las relaciones diplomáticas entre ambos países.
Me hago cargo de la anémica fuerza de la oposición a la 4T y de la más anémica calidad de nuestra vida parlamentaria, donde un día sí y otro también se celebran escándalos impresentables; pero no podemos perder de vista que la diversidad y riqueza de la pluralidad nacional no está contenida en esos recintos.
Se ha planteado una necesidad ficticia en materia político-electoral, que habría de resolverse con una reforma política; la enormidad de poder concentrado en el Ejecutivo no justifica el acontecimiento. En el debilitado bando opuesto, se ha creado otra ficción: que siempre que se construye una reforma política, es promovida por la oposición; se olvida que una de las más luminosas reformas, en 1977, fue promovida desde el gobierno, concretamente por el inmenso Licenciado Jesús Reyes Heroles (cuando el PRI tenía ideólogos), en el ánimo de cerrarle el paso a la violencia política y otorgarle representación, voz y voto a las minorías, sin la menor intención de que dejaran de serlo. Una ayuda de memoria: en 1977 Ronald Reagan no había llegado a la presidencia en los Estados Unidos; cuando llegó, vaya que le apretó las tuercas al gobierno mexicano, con énfasis amenazante al de Miguel de la Madrid.
Comparado con el actual, aquel presidente gringo hasta parecía estadista. No es momento adecuado para echar a andar a los nuevos polkos, que los hay, sino de darle un sentido práctico y no retórico a nuestra soberanía. Esto es:
TOLERANCIA CERO A LA MENOR AGRESIÓN AL TERRITORIO NACIONAL. Si ahí hay acuerdo, ¿qué necesidad de reforma política?

