Carlos Marx es para nosotros maestro de vida espiritual y moral, no pastor con báculo. Es estimulador de las perezas mentales, es el que despierta las buenas energías dormidas que hay que despertar para la buena batalla. Es un ejemplo de trabajo intenso y tenaz para conseguir la clara honradez de las ideas, la sólida cultura necesaria para no hablar vacuamente de abstracciones […] que construye silogismos de hierro que aferran la realidad en su esencia y dominan, que penetran en los cerebros, disuelven las sedimentaciones del prejuicio y la idea fija y robustecen el carácter moral” (Antonio Gramsci, 1918, Nuestro Marx, en Antonio Gramsci. Antología (Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán), 1970, Siglo XXI, México, p. 41).

Mientras nos acostumbramos a percibir, en los cuadros más visibles de MORENA, una serie de repeticiones de la abultada lista de taras -y prácticamente ninguna de las escasas virtudes- de la cultura política priista, resulta que un joven bolchevique, representante de alguna <<amplia base>> presumiblemente aposentada en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), preparaba la continuación del asalto al cielo que, según su dicho, comenzó en 2018 y está siendo interrumpido -diría A. Gilly- nada más y nada menos que por la 4T.2.

Una necesaria ayuda de memoria informa que, tanto el afortunadamente extinto Partido de la Revolución Democrática (PRD) cuanto el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), fueron creaturas de antiguos priistas que, ya encarrerados en la metamorfosis izquierdista, se convirtieron en muy autoritarios caudillos, con las notables excepciones de la Maestra Ifigenia Martínez Hernández y del muy brillante, y más ecléctico, Licenciado Porfirio Muñoz Ledo (ambos, ahora sí, descansan en paz).

La pregunta pertinente, ante la reunión de cotidianos descubrimientos de pecadillos, pecados y pecadotes perpetrados por, entre otros, relucientes corcholatas de ayer, con la noticia de las extrañas hazañas de Don Marx (sí, leyó Usted bien) Arriaga Navarro, empeñado en apropiarse de las conciencias de niños y adolescentes, mediante la muy mentada Nueva Escuela Mexicana, es una pregunta muy simple: ¿qué es MORENA?

No es, en el sentido clásico liberal, un partido político; parece, más bien, un amasijo informe en el que un muy errado proyecto político se disfraza de proyecto educativo; en el que la enorme dominancia económica de la informalidad no recibe ninguna atención gubernamental; en el que, paradójicamente, la concentración de poder en el Ejecutivo favorece el poder criminal -y descentralizado- en el resto del país; en el que, en fin, la sombra del caudillo, creador de la franquicia, designador de la mayor parte del gabinete actual y espontáneo -al tiempo que amenazante- defensor potencial de la democracia y de la presidenta, no en ese orden, cubre la mayor parte del escenario.

La rebeldía del joven Marx, no el crítico de la hegeliana Filosofía del Derecho, sino el pintorescamente bautizado a la caribeña, con un apellido en el lugar del nombre, pinta de cuerpo entero a un instituto político que parece más un Colegio Montessori, donde las lealtades se reparten entre el pasado, el presente y la incertidumbre. Un posible, eventualmente deseable, y pequeño triunfo de tan reincidente marciano pudiera ser que el otro ínclito, Mario Delgado Carrillo, le acompañe hacia afuera de la Secretaría de Educación Pública, de la que ambos se creían dueños sin que ninguno la mereciera. Hay que tomarse en serio la maldición de los viernes 13, para los que no parece haber atrincheramiento que valga.

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