“Simpatizo, por tanto, con aquellos que tenderían a minimizar, antes que con aquellos proclives a maximizar, los lazos económicos entre naciones. Ideas, conocimientos, artes, hospitalidad, viajes… son cosas que por naturaleza deberían ser universales. Sin embargo, que los bienes sean de fabricación casera siempre que sea razonable y convenientemente posible, y -sobre todo- que las finanzas sean primeramente nacionales” (John Maynard Keynes, 1933, National Self-Suffiency, en Yale Review # 26, p. 758).
Me permito llamar la atención de mis amables lectoras y lectores sobre el año de publicación del artículo arriba citado; el mismo en el que Adolfo Hitler llega al poder. El artículo fue traducido, inicial y rápidamente, al alemán.
Tras 23 años de globalización, entendida -como nos recuerda Branco Milanovic- como un intercambio de empleos manufactureros adecuadamente remunerados en el capitalismo maduro, por mercancías abundantes, baratas y de calidad, provenientes del capitalismo emergente, principal pero no exclusivamente asiático; un intercambio adverso para el trabajo, perdedor favorito del más amplio ambiente neoliberal, la ilusión de una eficientísima magia del mercado (Reagan dixit) -a los efectos de la asignación de recursos y a los efectos, también, de la distribución del producto alcanzado- explotó como una burbuja de las que se especializó en producir.
La dolorosa lección es muy sencilla: si la economía es global, la política es nacional, al menos en sus momentos electorales. La trayectoria cíclica de los paradigmas políticos en los Estados Unidos desde el siglo XX, tan bien descrita por Gary Gerstle (Auge y caída del orden neoliberal. La historia del mundo en la era del libre mercado, Península, Barcelona, 602 pp.) comienza con una crisis, como casi todos los cambios de paradigma: la Gran Depresión y la muy acertada gestión, hasta 1937, de Frankiln D. Roosevelt para establecer el orden del New Deal (la alianza del gobierno con la clase trabajadora) hasta 1980, con la emergencia del orden neoliberal que se comienza a marchitar en 2017 para alcanzar un nauseabundo estado de putrefacción en este 2025.
Todo presente carga con resabios del pasado y con anuncios del porvenir. En la actualidad, estos últimos son borrosos y poco precisos; se adelantan algunas caracterizaciones, como Tecnofeudalismo, Iliberalismo, Neomercantilismo y apresuradas entonaciones de cantos fúnebres por una supuesta muerte del capitalismo. Parece necesaria una ayuda de memoria sobre las enormes capacidades de adaptación de ese modo de producción frente a incontables, cada vez más frecuentes y complicadas, crisis desde su propio surgimiento.
Bautizar al jueves 3 de abril como Día de la Liberación, es solo una muestra de la calenturienta imaginación trumpiana, que igual rebautiza al Golfo de México, al Canadá o a Groenlandia; sin embargo, ese día tomará su sitio en la historia por representar un punto de inflexión en la marcha de una economía internacional montada en el libre comercio. Solo el sólido impacto inflacionario del reparto mundial de aranceles, en la propia economía estadounidense, y la eventualidad de una severa recesión ahí mismo, quizá pudieran significar un vigoroso llamado a la cordura.
En las palabras y en los hechos, el gobierno de la mayor potencia mundial, se encamina a la consagración del nacionalismo económico con más fuerza que en el pasado, aunque es un asunto de gradación. Recordemos con Ha-Joon Chang que los Estados Unidos han sido, desde su fundación, un país proteccionista y que esa práctica, en diversidad de formas y momentos ha adornado a todas las llamadas potencias económicas modernas.