“La economía política clásica fundada por Adam Smith y sus seguidores no encajaba con el evangelismo victoriano, debido a que no dejaba margen alguno para las motivaciones altruistas. Los críticos exigían el derecho a juzgar las actividades creadoras de riqueza a través de estándares éticos. Las preocupaciones éticas se unieron a las preocupaciones políticas. Los grandes moralistas victorianos, como Carlyle y Ruskin, afirmaban que la política social basada en las enseñanzas de los economistas clásicos produciría, a través de la destrucción de las relaciones sociales existentes, anarquía y revolución. Esto tocaba la fibra sensible del público victoriano” (Robert Skidelsky, 2013, John Maynard Keynes. La biografía definitiva del economista más influyente de nuestro tiempo, RBA, Barcelona, p. 73).

El pasado 6 de marzo se cumplieron 250 años de la primera edición de Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, de Adam Smith (1723-1790), considerado el padre de la economía política clásica. La gran aportación que -en el tiempo- le antecede, la Tabla Económica de François Quesnay (1694-1774), médico de Madame de Pompadour en la corte de Luis XV, es la más brillante expresión, no la única, de los Fisiócratas (los économistes, como solían llamarse a sí mismos y cuyo breve período de dominación abarca desde encuentro entre Quesnay y Mirabeau en julio de 1757 hasta 1777, cuando Turgot, entonces ministro de Hacienda, cayó en desgracia -Alessandro Roncaglia, 2018, La riqueza de las ideas. Una historia del pensamiento económico, Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, p. 138-).

El origen del excedente económico y, muy especialmente, la circulación clasista de él, entre productores agrícolas (clase productiva), terratenientes y productores manufactureros (extrañamente descritos como clase estéril, muy probablemente por solo transformar materias primas en manufacturas, sin -aparentemente- generar ningún tipo de excedente), resultado de la combinación del trabajo con la tierra, es un producto indiscutiblemente fisiocrático, igual que el surgimiento de los trascendentales laissez faire y laissez passer, citados hasta la náusea en el manualismo económico.

A diferencia de Robert Reich, a quien admiro, La riqueza de las naciones, un texto enciclopédico, en mi opinión no es un trabajo revolucionario; además de su carácter ecléctico, tiene como mensaje central la apología de la codicia, del individualismo y de la propiedad (percibida, con Locke, como la única razón de ser del Estado, para protegerla de los envidiosos que no la tienen): “… el gobierno no tiene otra finalidad sino la defensa de la propiedad” (Locke, citado en Smith, 1958, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, FCE, México, p. 633, nota al pie).

Es un texto altamente diferenciado del que escribió en 1759, Teoría de los sentimientos morales, por cuanto el sitio asignado al egoísmo como cualidad, en la riqueza, se le asignó a la autocontención en el publicado primero.

La división del trabajo, la consecuente especialización y la poderosa abstracción de la mano invisible, la que conduce al consumidor de carne, pan y cerveza a beneficiar -sin proponérselo- al carnicero, al panadero y al cervecero (es decir, a la comunidad), con la exclusiva satisfacción de sus apetitos. Esa mano, en realidad, es la metafórica representación de un mercado sin regulaciones; la incorporación, más o menos crítica, de las aportaciones de Bernard Mandevielle al tema estelar de la división del trabajo, ilustrada en la operación de un taller fabricante de alfileres; la elogiosa referencia a los Fisiócratas y la franca descalificación de los mercantilistas, sin el menor compadecimiento a sus importantes aportaciones que, para más mal que bien, llegan hasta el presente. Esto, y la confusa falacia de composición en la que las capacidades de gasto del Estado se pretenden igualar a las de un jefe de familia, son las aportaciones de mayor relevancia de la riqueza, donde el libro V, relativo a los ingresos y gastos del Estado, podría ser una fuente, no de inspiración, sino de educación para los legisladores mexicanos que, primero, aprueban la Ley de Ingresos y, después, “analizan” para qué alcanzan. Exactamente al revés de lo propuesto por Smith, quien coloca en primer sitio la identificación de lo que se requiere para, luego, buscar cómo financiar su adquisición.

Desde el punto de vista histórico, la economía política clásica que, en su homenaje a Marx, Lenin percibe -al lado de la filosofía clásica alemana y del socialismo utópico francés- como fuente y parte integrante del marxismo (Lenin, 1961, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo, Obras escogidas, Tomo I, Editorial Progreso, Moscú, pp. 61-73), me parece que es, claramente, la ricardiana por las notables aportaciones sobre la renta de la tierra, la ley de rendimientos decrecientes, el teorema de las ventajas comparadas y el salario de subsistencia. David Ricardo, y no Adam Smith, retoma el tema central, la disputa por el excedente, iniciado -como circulación de este- por los Fisiócratas y explica claramente la extracción de este excedente mediante la diferencia entre el valor producido por el trabajo y el salario que reproduce a la fuerza de trabajo (la misteriosa plusvalía) sin bautizarla, como sí lo acabará haciendo Carlos Marx: ¡Explotación!

Desde esta entrega, celebro el triunfo de Venezuela sobre los Estados Unidos en la Final del Campeonato Mundial de Beis, en los propios Estados Unidos y durante los festejos por los 250 años de su independencia. Una de cal…

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