Nuestra Universidad, la Universidad de la Nación, como bien la definió el muy buen Rector que fue Enrique Graue, ha sido siempre la institución más importante de cultura del país y formadora de destacados profesionistas que desde distintos lugares han servido a México, como también enriquecido investigaciones y avances científicos en todos los órdenes de la vida nacional.

Por eso, contemplamos con preocupación y desagrado que tuviera que repetirse el examen de admisión para ingresar a cursar la educación superior que aquí se brinda. Fue resultado, por supuesto, del comportamiento nada ético de quienes copiaron de manera fraudulenta las respuestas, pero la causa de origen fue la decisión nada acertada y además muy onerosa de practicar el examen en línea, y no como se hacía tradicionalmente a través de un examen presencial, instituido por el destacado cardiólogo y gran Rector que fue el doctor Ignacio Chávez.

Según la información conocida por los medios, el costo cobrado por la empresa que instrumentó esa desafortunada prueba fue de cien millones de pesos (sic), respetabilísima cantidad que ignoro de verdad para que se erogó, cuando el costo de los exámenes presenciales debe ser mucho menor. Se gastó sin ningún resultado, una respetabilísima cantidad que podría haber servido para muchas otras acciones en bien de la Universidad, y que además de ese gasto, ha de considerarse lo que se haya tenido que sufragar para la realización del nuevo examen.

Dentro de ese episodio obscuro, hemos de señalar que también en la Universidad de la Nación hay luces que nos deben mantener optimistas dentro de un ambiente nacional con problemas y pendientes por resolver. Destaco el logro de la Directora de la Facultad de Derecho, la doctora Sonia Venegas Álvarez, de rescatar un salón del edificio principal de esa escuela que desde hace años estaba ocupado por quienes lo dedicaban a actividades diferentes a las docentes. Enhorabuena que se pudo hacer, debemos reconocer su realización a la actual Directora.

Esperemos que las autoridades universitarias logren el desalojo del auditorio Justo Sierra, que fue desocupado el seis de febrero del 2000, y entregado días después al entonces Abogado General de la Universidad, el doctor Fernando Serrano Migallón. Estos hechos me constan personalmente porque cumpliendo las instrucciones de quien entonces era Procurador General de la República, Jorge Madrazo Cuéllar, universitario de trayectoria relevante, me tocó estar presente tanto en el desalojo del Auditorio Justo Sierra, como entregarle al Abogado General las instalaciones de la UNAM, totalmente desocupados todos los espacios que estaban en posesión de los huelguistas desde abril del año anterior.

Sin embargo, inexplicablemente, al menos para mí, el entonces rector Juan Ramón de la Fuente permitió de nuevo la ocupación de ese auditorio y desde entonces hasta la fecha, ese recinto en el que se desarrollaban actos importantes de la vida universitaria, por 27 años sigue en la ilegal posesión de quienes no tienen ningún derecho para ocuparlo. Complacencia censurable por no haber emprendido las acciones legales que de sobra proceden para rescatar ese inmueble, por los delitos cometidos. Ojalá el actual Rector dé una luz procediendo en ese sentido.

Otra luz que podemos mencionar es la reciente publicación, en la colección de Poemas y Ensayos de la UNAM, del libro “Poemas Rescatados”, del poeta chiapaneco Jaime Sabines Gutiérrez, que en este año se celebra el centenario de su nacimiento.

Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM

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