El término sofisma viene desde la antigua Grecia. Esa escuela tuvo su mayor desarrollo durante el esplendor de la democracia ateniense. Sus exponentes buscaban convencer con razones o argumentos falsos o capciosos, con el propósito de persuadir, sin interesar la verdad.

Actualmente quienes lo usan son personas inteligentes, a diferencia de una falacia o una mentira simple que puede incluso ser involuntaria porque quien la dice, ignora su falta de veracidad. En cambio, el sofisma es producido con la inteligencia sobresaliente de quien lo pronuncia porque expone argumentos o razones que no son ciertos y lo sabe, pero lo que busca es persuadir.

Así, nos encontramos con muchos sofismas que ha expuesto nuestra Presidenta, como haber dicho a propósito de su primera reforma electoral no aprobada, que no la consideraba como una derrota. Lo que no puede aceptarse como cierto. Si la presentó, fue para que hubiera sido ley; no solo lo hizo como un ensayo doctrinario, salvo que esa reforma se haya hecho cumpliendo instrucciones de López Obrador. Su expresión fue como una afirmación, a su correcta decisión, según ella.

Otro sofisma de nuestra Presidenta fue decir que el pueblo le había pedido la reforma electoral desde su campaña, pero la verdad no se lo pidió, ella lo ofreció por ser su deseo para consolidar a su partido, minimizando a la oposición o por instrucciones de López Obrador.

Un sofisma más fue decir que la cancelación del permiso otorgado a algunas organizaciones civiles para no ser donatarias había sido una decisión solo del SAT, por razones técnicas y no políticas, porque ella no intervenía en esos temas. Tratándose de agrupaciones que abordan temas que le preocupan al gobierno, es obvio que debió de haber sido enterada por la Secretaría de Gobernación o de Hacienda, y que dio la anuencia para esa cancelación, o ella misma fue quien lo ordenó.

Puede también considerarse un sofisma el que afirme que la realización de la llamada revocación de mandato es un instrumento democrático para conocer la voluntad popular, y no para que ella hiciera campaña en favor de su partido. La realidad es que ella no necesita ser ratificada cuando tiene altos índices de aprobación y simpatía; al contrario, ella quería utilizar esa aceptación popular para darle fuerza a su partido que no está viviendo sus mejores tiempos por el proceder corrupto de muchos de sus más destacados dirigentes y que se ha hecho público como la falta de una unión sólida entre sus militantes, e incluso la dicotomía en el mando entre Palacio Nacional y Palenque.

Tampoco es exacto y sí un sofisma decir que la reducción de legisladores locales es para generar ahorros económicos, pero lo que realmente se busca es tener menos diputados en los estados para aprobar más fácilmente las decisiones de Morena en reformas constitucionales o en la aprobación de leyes de sus estados.

La afirmación evidente de otro sofisma, es la celeridad con la que se le dio el permiso de ser donataria a la sociedad inventada por López Obrador, para apoyar a su amigo el dictador cubano, cuando ha dicho que ella no interviene en las decisiones del SAT. Con las anteriores menciones —y hay más que podemos exponer—, nuestra súplica respetuosa a nuestra Presidenta para que se olvide de usar sofismas.

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