Normalmente evitamos pensar en la muerte, y aunque es el final inevitable de la vida, buscamos postergarla hasta donde sea posible. La muerte de niños y jóvenes es una tragedia que hiere en lo más profundo de las comunidades; y la de los adultos, algo que perturba y genera dolor en familiares y amigos. Quizás la única muerte relativamente bien recibida es la de quienes han vivido una larga vida y han completado un proyecto vital -lo que eso quiera decir-, y aun así deja un vacío que duele. La muerte es tal castigo que hay países que la reservan como la pena máxima; por lo mismo, cuesta pensar en ella como un derecho.
El suicidio duele tanto, porque cambia el curso del destino. Cuando alguien muere por propia mano, sus penas y dolores pasan a segundo plano, y queda solo el desconcierto de los deudos. El suicidio parecería revelar un fracaso, en tanto no se cumple la tarea más básica: mantenernos vivos. Por eso se detiene al hombre que se asoma solitario en un puente, se lleva con urgencia al hospital a quien ha ingerido una dosis letal para que le laven el estómago, y se persuade de no cometer el acto a quien manifiesta la más mínima intención de hacerlo. Para los que miramos desde afuera, los motivos que llevan al desesperanzado a ese impase son siempre menos importantes que el hecho mismo de querer terminar con su propia vida.
La eutanasia, legalizada en una decena de países y con distintos alcances según las legislaciones que la permiten, a diferencia del suicidio, provoca la muerte bajo condiciones legales, con supervisión médica y a petición expresa del paciente. Está reservada únicamente a personas que padecen enfermedades graves, dolorosas y sin perspectiva de mejoría, con el objeto de aliviar sufrimiento extremo. Por eso, el origen griego de la palabra la define como la “buena muerte”, la apacible. Se diferencia de otras formas legalmente reconocidas en más países, como el suicidio asistido, en el que es el propio paciente quien se administra los fármacos que acabarán con su vida, o la muerte digna, donde se rechazan los tratamientos que prolongarán la vida.
En cualquiera de los casos, el análisis del final de la vida no puede plantearse en términos abstractos ni separarse de las condiciones materiales y clínicas concretas en las que se toma la decisión. El 26 de marzo se aplicó en España la eutanasia a Noelia Castillo Ramos, de 25 años. Pasó parte de su infancia y adolescencia bajo tutela institucional, refirió haber sido víctima de agresiones sexuales, intentó suicidarse y sobrevivió, quedando parapléjica y con dolores crónicos.
Cuando en 2024 solicitó acogerse a la Ley de Eutanasia española, inició un proceso de dos años marcado por la oposición de su padre, quien impugnó la autorización alegando que su hija no tenía plena capacidad para decidir. El caso llegó hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que rechazó la suspensión solicitada y dio prevalencia a la voluntad de Noelia.
Su caso, que conmocionó a la sociedad española, abre un debate bioético fundamental sobre cómo se concibe el derecho a decidir sobre la propia vida. Sin embargo, la discusión no puede quedarse ahí: también obliga a mirar todo lo que ocurrió antes. La historia de Noelia trasciende la eutanasia como recurso médico y jurídico, y evidencia fallas profundas de un sistema que no garantizó condiciones de cuidado, protección y reparación oportunas, llevando una persona que pudo haber tenido una vida plena a desear su propia muerte.
La eutanasia es una opción legítima para decidir sobre la propia vida y poner fin al sufrimiento en condiciones dignas. Pero reconocer ese derecho exige, necesariamente, complejizar el análisis. En lugar de posicionarnos frente al hecho, ya sea desde un progresismo irreflexivo o desde el rechazo absoluto de raíz moral o religiosa, es preciso hablar sobre la salud mental, y recordar que fueron muchas las vulneraciones que atravesaron la vida de Noelia antes de que tuviera que luchar por reivindicar esa última voluntad, como las agresiones sexuales que sufrió y un entorno familiar disfuncional. De lo contrario, corremos el riesgo de presentar la decisión de morir como una salida válida frente a fallas que debieron prevenirse y atenderse a tiempo.
@EuniceRendon
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