“La primera vez que me llamó el doctor para revisarme el ojo, lo abrí para que viera que podía continuar, pero la segunda vez que me revisó el ojo, ya no lo pude abrir. Me paró la pelea y sentí que el mundo se me venía abajo. Yo quería seguir peleando”.
Éstas son partes de las declaraciones que nos dio Eduardo “Sugar” Núñez a Robert García y a este, su servidor, en el programa de Boxing Scene al Día, mismo que presentamos de lunes a viernes.
Si no han visto la charla con Eduardo Núñez, quiero decirles con mucho agrado que se encuentra completamente recuperado de la exigente e histórica pelea. Su semblante es maravilloso, pero sobre todo, esa actitud generosa y amable. Una sonrisa que derrite montañas de nieve fue lo que me hizo caer en cuenta y entender que el excampeón mundial de las 130 libras, independientemente de la derrota, había ganado. Y había ganado mucho.
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¿Qué ganó Núñez?
Reconocimiento mundial, el cariño de la gente y una ovación sempiterna del público boxístico que se rindió ante su gallardía y valentía. Pero más allá de todo esto, Eduardo Núñez se ganó un lugar entre las grandes estrellas del boxeo mexicano.
Sin duda alguna, Núñez será recordado —generación tras generación— por haberse fajado de tú a tú ante Emanuel “Vaquero” Navarrete y lejos de pensar en claudicar, pensó en seguir peleando, a pesar de estar muy lastimado.
Su garra y bravura raya en leyenda, pues —a pesar de ir muy cuesta arriba— intentó engañar al galeno encargado esa noche con tal de buscar ese golpe milagroso que, si bien no llegó, “El Sugar” nunca dejó de buscar.
Su osadía raya en leyenda, como la de aquellos guerreros que en Termópilas pelearon aún sabiendo que el destino estaba cuesta arriba, según relata Heródoto.
Núñez nos deja una gran enseñanza que bien puede aplicarse en la vida, pues él sabía que, a pesar de estar en aguas profundas, claudicar no era opción.
Su orgullo de guerrero y esa sangre mexicana que le corre por las venas lo arengaron a seguir con todo y contra todo. Su corazón de obsidiana lo impulsaba, pues seguramente sabía que la gloria no se encuentra solamente en la victoria.
Y es que, a pesar de perder, alcanzó la gloria boxística. Dicen —y dicen bien— que hay maneras de perder: el sinaloense perdió con la frente en alto, como un honorable guerrero digno de cualquier historia bélica que haya sido contada.
Navarrete y Núñez se fundieron en un fraterno abrazo, luego de tirarse con todo en una encarnizada batalla a la mexicana, misma que estuvo repleta de orgullo, amor propio, respeto mutuo y un honor interminable que los hizo reconocerse mutuamente.
Cierro diciendo que Eduardo “Sugar” Núñez, con su enorme valentía, nos hizo sentir muy mexicanos. Él allá arriba representó al boxeo azteca y nos demostró que en México nos desayunamos con huevos a la mexicana.
“Sugar”, tu historia apenas empieza.
@ErnestoAmador







