¡Tu cuerpo ya está hablando de ti aunque no hayas abierto la boca! Y ojo: el público —tu jefe, tus clientes, tu cita— lo entiende mejor de lo que crees, porque estamos comunicando todo el tiempo sin darnos cuenta.

Esta semana publiqué en mi podcast llamado En Blanco y Negro” la plática que tuve con Bárbara Tijerina y quiero compartirles algunas de las cosas interesantes que me dijo para ser más efectivo al conectar y comunicarnos con los demás. Pueden verla completa en:

Ahora mira tu propio espejo: la ropa también habla. Un saco demasiado grande dice “me escondo”, unos tenis sucios dicen “me da igual”, una camisa planchada grita “me preparé” o “me importa”. El peinado, los accesorios y hasta lo que decides no ponerte también son frases. ¿Qué mensajes trae tu outfit hoy? ¿Qué prioridades se notan en cómo inviertes tu tiempo, tu energía y tu atención? Si tu discurso va por un lado y tu presencia por otro, el receptor nota la incongruencia y la rechaza.

Luego están las microexpresiones: pequeños chispazos de emoción que se escapan en milésimas, exponen lo que intentas ocultar y no es fácil evitarlas.

Nos platicó Bárbara que, apenas nos ven y nos juzgan en automático: ¿eres amigo o enemigo?, ¿ganador o perdedor?, ¿aliado o contrario? Es tan rápido que alcanza con un pestañeo: hay estudios que muestran que con sólo 100 milisegundos mirando un rostro ya emitimos juicios de confianza, competencia o simpatía, muy parecidos a los que haríamos con tiempo ilimitado. Así de salvaje es nuestro sistema de “detección rápida”.

Por eso, aunque suene poético decir “en los primeros tres minutos decides si habrá química”, la ciencia más dura sugiere algo todavía más brutal: muchas decisiones se cocinan en segundos, incluso en menos de uno. Aun así, en contextos como el cortejo o una entrevista, esos primeros minutos sí consolidan la impresión que arrancó en el primer vistazo.

¿Te ha pasado que alguien dice “estoy súper entusiasmado” con cara de “ya me quiero ir”? Tu radar lo capta al instante, dice Bárbara. El cuerpo grita lo que la boca calla. Aquí es donde la autenticidad no es una pose bonita: es eficiencia pura. La gente conecta con quien se siente genuino, congruente y transparente. La disonancia —decir A y mostrar B— nos incomoda porque el cerebro detecta peligro: “algo no cuadra”.

Bárbara explica que, nos guste o no, tendemos a juntarnos con quien parece ganador. Como en la manada, buscamos al que nos baja la ansiedad, al que entendemos capaz de sacarnos del apuro. Eso explica hallazgos polémicos pero reales: a partir de una foto, personas ajenas a una elección predijeron resultados solo por “ver” competencia en la cara de los candidatos; y preferimos, en promedio, voces más graves cuando elegimos líderes. Así es como la evolución nos creó.

Aquí entra un tip práctico: hazle fácil al cerebro del otro confiar en ti. Empieza por lo obvio: postura erguida sin rigidez, hombros sueltos, manos visibles. Las manos son titulares, no pies de foto: si las escondes, escondes intenciones; si las mueves con propósito, sumas credibilidad y orden a tus ideas (“tres puntos”, y enumeras). Conectar con la mirada el 60–70% del tiempo; demasiado fija en los ojos del otro intimida, demasiado errática desconecta. La voz, con variaciones; el tono monocorde arrulla… pero a dormir.

También vale el sentido común emocional, leer la energía del otro y ajustar tu mensaje. ¿Llega la gente cansada? Empieza más lento. ¿Hay enojo? Valídalo antes de argumentar. ¿Están listos para actuar? Cierra con un “qué, quién y cuándo”. La evidencia en liderazgo es consistente: la capacidad de sintonizar y responder a estados emocionales mejora la efectividad y la cooperación.

Cierro con un reto sencillo y poderoso para tu próxima reunión, venta o cita: llega un minuto antes y respira profundo; cuida tu postura; deja las manos libres y visibles; mira con curiosidad, no con prisa; escucha de verdad los primeros treinta segundos; luego habla claro, corto y con intención. Si te late, pide retroalimentación sobre cómo te vieron, no solo sobre qué dijiste. Porque sí: todos queremos persuadir, vender, convencer… pero la ruta más corta sigue siendo la congruencia. Y esa se nota a primera vista.

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